La nueva historia de Marcelo Birmajer: Luna de nada



Nunca se me hubiera ocurrido convertir una consulta del Consultorio de Vaguedades -que curso por radio Mitre todos los viernes desde las 24 horas-, en uno de mis cuentos para esta sección. Pero el encuentro casual con el coprotagonista de la historia desencadenó esta posibilidad. No hay ley que lo prohíba ni compromiso previo en contra.
“Por ese entonces yo estaba escribiendo una monografía, que quizás más tarde fuera libro, para un programa común entre la UBA y la Sorbone, de Historia Política, sobre la semana del 29 de mayo de 1968, cuando el general De Gaulle se ausentó de Francia, con paradero desconocido, con toda su familia”.
“Selena y yo nos habíamos comprometido hacía seis meses. ¿Por qué estaba dispuesto a casarme? Por su belleza. Los expertos en el rubro aseveran que ese no debe ser un factor de esponsales. Desde tu admirado Maugham hasta la práctica del no menos admirado Bioy; desde Casanova hasta el patriarca Abraham: la esposa, dicen, debe ser primordialmente una compañera. Pero la gente se casa por los motivos menos convenientes.
“Cuando finalmente llega la hora de irte a dormir, uno quiere soñar. Si la vida fuera meramente conveniente, seríamos inmortales. O al menos no nos hubieran expulsado del Paraíso”
“Selena me visitó en mi atendible departamento de soltero -dos ambientes, siempre ordenado, limpio-, 12 horas antes de nuestra boda. No sé si fue el mejor amor que vivimos hasta esa fecha, pero sí que ella se entregó como nunca. Era una mezcla de sabores y texturas, una ingeniería de sensualidad y misterio. Tanto la amaba que no me saciaba nunca. Le estaba agradecido por su generosidad y encanto. Pero en las postrimerías de aquel milagro, sentenció:
-Esta fue la última vez.
-Como novios -me reí-. Mañana nos casamos y será la primera vez como marido y mujer.
-No, no -me besó en el cuello Selena-. No me puedo casar.
“Palidecí. La miré en lo que debían ser sus ojos, pero ya no sabía qué era. Me estaba hablando en serio. En ningún momento dudé.
-¿Qué pasó?
-No me sé casar -dijo Selena-. Pensé que sí. Pero no sirvo para la vida cotidiana. No se me ocurre pasar toda mi vida con el mismo varón, en la misma casa. Pensé algo: no te voy a dejar plantado en el altar. Por eso te lo digo ahora. Finjamos la boda, después cada uno por su lado.
“Las palabras se agolpaban en mi boca. Todas chorradas, como vos dirías. Pero al menos no las emití: ¿Y la luna de miel? ¿Y la casa que señamos? ¿Y a nuestros amigos qué les decimos?
“Acordé mi fusilamiento de civil. Nos verían firmar la libreta, asistiríamos al salón, se bailaría, se bebería. Selena tiraría el ramo hacia atrás. Pero quien lo recogiera, no necesariamente sería dotada por la suerte, porque la novia no era verdadera. Fue la única condición que logré acordar:
-No tires el ramo -le pedí-. Puede traer mala suerte.
Selena asintió.
“Si aquella vez hicimos el amor como nunca antes, en la fiesta bebí como nunca después. Un cosaco se consideraría abstemio en comparación. Me sentía fuera de mí. Vomitaba a escondidas y bebía nuevamente. Un emperador romano sin imperio. Cuando la fiesta terminó, nos marchamos a Aeroparque. Viajamos juntos hasta Bariloche. Selena tomó de allí un avión a Tucumán, yo me quedé en el hotel reservado.
“De algún modo sobreviví. Pero, cuando regresé a Buenos Aires, me aguardaba otra sorpresa.
-Mis padres son muy creyentes -me dijo Selena-.
“Yo lo sabía. Era un recordatorio retórico. Mis suegros eran de misa guardar. Los veíamos poco. De hecho, me había resignado a que post casorio la relación se intensificaría.
“Selena quería ahorrarles a sus padres el deshonor de una boda muleto. No lo había pensado cuando desertó de la boda real, ni cuando fingimos el enlace en el Registro Civil y la fiesta en Palermo. ¿Por qué le dije que sí?”
-Porque la amabas -interrumpí-. Yo escribí un cuento sobre Sansón: también el héroe hebreo se entregó a la filistea. Se supone que por eso desde Maugham hasta Bioy desaconsejan el enamoramiento como factor de estabilidad.
-Creo que lo mío fue menos autodestructivo -siguió Vicente-. Selena me había advertido de su volubilidad, no me dejó plantado frente al altar. Le debía cierta gratitud. Por otra parte, tampoco yo quería aparecer divorciado al día siguiente de mi boda, ni al año. La farsa se mantuvo durante 30 años.
-¿30 años? -me escuché preguntar, como un memo. Me había convertido en uno de esos botarates que repreguntan lo que escucharon perfectamente-.
-Probablemente hubiera algo de conveniente en ese tinglado. No volvimos a casarnos con otras personas. Pasamos nuestras respectivas vidas sentimentales con el paralelismo furtivo de esa posición. Quizás, en el fondo, tampoco yo sabía casarme. Mis suegros de fantasía murieron sin saber la verdad; no fueron los peores suegros de imaginar. Varias de las mujeres con las que establecí relaciones estables y secretas, me depararon, por medio de la queja verbal, suegros terribles. Escucharlas narrar sus tragedias familiares me agotaba más que visitar a los padres de Selena en Navidad y año nuevo, cumpleaños y domingos aleatorios.
-¿Y nunca…? -hice silencio-. ¿Con Selena…?
-¿Cuántos matrimonios viven como Selena y yo? -me preguntó por primera vez Vicente-. Sin haberlo acordado previamente… La vida es mucho más extraña que una noche de bodas.
Me quedé mirándolo a la espera de su respuesta.
-Hace dos años, sucedió -respondió por fin Vicente-. Después de tanto tiempo compartido. Desde hace unos seis meses, Selena me pide que le pongamos nombre a la relación. Me exige definir si somos novios o un matrimonio.
-Se volvió loca -dije-.
-No. No está más loca que el resto de las mujeres que conocí. Ni que un servidor, por dar un caso. Pero le dije que no me interesa definir.
-Lógico -musité-.
-Me puso un ultimátum: o defino la relación, o se termina. Le dije que haga lo que quiera. Yo ya me casé. Eso es una sola vez. Dos veces, lo dijo Bioy, es vicio.



