Cuando dejé de volar y los juegos a los que un adulto regresa, sin pedir permiso



Si la frase “siempre es difícil volver a casa”, lo primero que dice Jerónimo, el protagonista de Cuando dejé de volar, abre la puerta a lo que será una tarde de recuerdos y emociones: “Pensé que esta habitación era más grande”.
A partir de ahí, el recorrido que hará este treintañero -que regresa su primer hogar y entra a su cuarto de chico- estará signado por la magia, la poesía y… la realidad.
Jerónimo (Jerónimo Dodds) se encontrará consigo mismo, corporizado en el niño que fue (alternan en las funciones Gonzalo Aguirre y Teo Rotenberg Hirsch), dialogando con él y recordando -el chico que vivió ahí se acuerda de todo, de los juegos, las frustraciones, las alegrías y las cosas que no estuvieron tan bien, y es mejor olvidar- un pasado que evidentemente no añoraba, pero ahora que revive, vaya que es difícil hacerlo a un lado.
La puesta incluye actores y títeres, todos de tamaño “natural”, como un par de juguetes animados, tanto el capitán Roger -al que le falta un brazo, y ya se sabrá por qué-, sentado en la biblioteca, como Eusebio, el dragón, pero el amigo imaginario, Darío, y el perro de la infancia, Francisco, son movilizados por titiriteros que entran en escena.
La combinación de lo lúdico en las canciones y la dramaturgia hace de la obra un cruce cuyo público destinatario no es precisa o solamente el infantil, sino el ya adolescente y adulto. Porque si algunos momentos, situaciones o gags parecen destinados o señalados para chicos, lo son para (re)avivar el recuerdo de los más grandes…
En Cuando dejé de volar Pablo Gorlero, como autor del libro, las letras de las canciones y ejerciendo la dirección general, vuelve sobre temas que ya ha demostrado que le interesan en obras anteriores. Aquí los juegos a los que regresa Jerónimo sin pedir permiso están dispuestos para que ese adulto resuelva sus crisis mezclando alegrías, tristezas y más melancolía que nostalgia.
La realización de los títeres sorprende más que la escenografía de colores vivos y las coreografías, y son un gancho o atractivo para los más chicos en esta obra que busca con la emoción recuperar lo que se tuvo -y se tiene- en algún rincón del corazón.
Musical. Dirección, libro y letras: Pablo Gorlero. Música: Fernando Nazar. Coreografía: Marina Svartzman. Con: Jerónimo Dodds, Mariano Botindari, Diego Ferrari, Gonzalo Aguirre, Teo Rotenberg Hirsch. Sala: Centro Cultural de la Cooperación, Av. Corrientes 1543. Funciones: los sábados, a las 18. Duración: 65 minutos. Entradas: $25.000.



