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Pequeña oda al denostado “delay” mundialista, un problema que se acaba el lunes

Esto es una especie de oda al delay, a ese desperfecto que muchos critican, pero tal vez no sea más que una forma anticipada de alegría, de algo que nunca llega a la categoría de spoiler.

Queremos el gol en el segundo exacto, estamos atrapados en la inmediatez como si los goles en el fútbol moderno pudieran festejarse en el momento. Qué ingenuidad. Típico del argentino que sólo ve fútbol cada cuatro años. Si algo nos está enseñando la tecnología es a tener paciencia. Hoy los goles no se hacen, se confirman. No podemos tener la respuesta antes de terminar de formular la pregunta.

¿Fue gol? “No sé, creo que el egipcio pisó al argentino 80 metros más atrás”. ¿Fue gol? “No sé, parece que el botín del tipo es 43 y hubiera estado habilitado si calzaba dos números menos”.

El gol se hace esperar en el fútbol moderno. Estando en la cancha pasa esto, ¿cómo no va a pasar por televisión? El VAR está tratando de colaborar con nuestra ansiedad y nosotros preocupados por si la jugada llega con cinco segundos de demora.

En la cancha podés llegar a gritar por error. La primera vez sucede de un modo espontáneo y la segunda -si finalmente lo autorizan-, el grito llega distinto, con rabia.

Otro lado positivo del desperfecto técnico es que, evidentemente, confiamos en el poderío ofensivo de la Selección Nacional. Uno sospecha que ese problema de pantallas mal sincronizadas no debió ser un trauma poblacional en Curazao. Ni hablar de la de Panamá.

El delay es un tema recurrente, pero si todos tienen delay, nadie tiene delay. Están los que no pueden escuchar a un relator y lo toleran porque otra transmisión llega después. Están los que literalmente ponen Telefe únicamente por el temita del delay. Y están también los “nenes Champions” que necesitan de Mariano Closs poniendo el grito sagrado casi al día siguiente. Además, se puso de moda la “antena” por el tema del delay en este Mundial.

Hemos experimentado la falla del sistema en carne propia. Ese mini retraso entre lo que de verdad ocurre y lo que luego nos llegará de regalo es como el anticipo de una buena noticia. Lo que en otros tiempos se conocía como “ilusión”. Y que ahora ya no sabemos qué nombre ponerle.

Sería justo dejar de asociar el delay a una simple demora. Mejor pensarlo como una felicidad anticipada y dejar de confundirlo con un spoiler: con delay uno se sube a la ola desde el lugar correcto, es decir, desde la “O” del gol. Salteás la “G” de la bronca y te sumás, plácidamente, a la “Ooooo…” larga y vivencial que hasta nos ahoga la “L” en cada grito.

Aunque el sufrimiento colectivo se termine el lunes, la posibilidad del delay son cinco segundos más de alegría que se pierden los espectadores de la señal precisa. Eso, seguramente, tenga alguna repercusión positiva en la dopamina o alguna de esas hormonas de moda. Llegás al evento cuando se descorchó el champán y te evitás la tensa espera de que algo suceda. Y nunca confundir: el delay no te cuenta el final, sino el principio de lo que por suerte vendrá.

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