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La nueva historia de Marcelo Birmajer: Los platos voladores

La invitación a la fiesta de casamiento de mi antiguo amigo del secundario, Sebastián Krakópulos, me resultó tan extraña que decidí asistir. ¿Por qué se había acordado de mí, después de 45 años? Recordaba que su padre era el dueño de una regalería. También que me desengañaba cuando yo pretendía que me explicara Platón como si fuera su abuelo. Pero sí se rompieron platos en la ceremonia. La esposa era varias décadas menor.

Sebastián se casaba en segundas nupcias. El catering respondía al gourmet mediterráneo: aceitunas negras, musaka, yogurt ácido, baklavas de postre. Cuando nos retirábamos, Casteloni, otro compañero sobreviviente, no sólo del tiempo sino de la cantidad de alcoholes mezclados que acababa de beber, me comentó:

-Mi esposa solía romper platos cada vez que se enojaba.

Como no terminé de entender si había dejado de romper platos, o había dejado de ser su esposa, me lancé a una parrafada patéticamente verborrágica, iluminado por la primera luz del nuevo día:

-En una cantidad incalculable de películas veo que los personajes expresan su furia por medio de la ruptura de electrodomésticos o enseres -comencé-. Televisores, espejos, platos. Nunca en mi vida rompí un objeto para expresar mi ira. No se me pasa por la cabeza. Muchas veces me pregunto, sobre los personajes de cine o TV, por qué no los venden en vez de romperlos. Podrían expresar su furia poniendo un aviso clasificado y vender el televisor, en lugar de destrozarlo. Las cosas finalmente se romperán… ¿por qué acelerar ese ciclo inevitable?

-Es que en un ataque de ira perdés el control, justamente -me explicó Casteloni-. No piensan en lo que hacen. Actúan compulsivamente.

-Pero evidentemente es una convención -retruqué-. Porque todos hacen lo mismo. Un fulano tira un televisor por la ventana, otra rompe un teléfono a martillazos, tu señora masacra los platos contra la bacha de la cocina. Jorge Martínez arrojaba los vasos Durax al piso para demostrar que eran irrompibles, que duraban toda la vida. Esa era una conducta virtuosa, no destructiva. Pero si se popularizó cinematográficamente el hábito de romper objetos para demostrar furia, bien podríamos reconfigurar el comportamiento para que los pongan a la venta. Incluso establecer un local de venta de cosas que se salvaron de ser destrozadas gracias a nuestro emprendimiento: El Bazar de la Furia.

“No creo en las personas descontroladas. El descontrol sólo puede ejercerse cuando no es enfrentado por una fuerza igual o superior. Las personas ejercen la violencia contra la falta de oposición. Pero además, romper utensilios, artefactos, obras de arte, representa un desprecio insigne por el trabajo humano. Una mente privilegiada inventó el televisor, el teléfono. Siglos de imaginación convinieron en ese pequeño plato que finalmente hoy utilizamos para comer una manzana. Quien los rompe, deshonra el esfuerzo, y declara su pereza activa. Es un gesto de mediocridad, de odio por el poder creador de la especie”.

“Mucha gente dejó de fumar, por ejemplo, gracias a una diversidad de campañas. Podríamos promocionar una nueva reacción compulsiva. Me enojé: vendo el televisor. Me enojé: pongo a la venta el set de platos. Sería un mundo mejor”.

-No creo que mi esposa hubiera aceptado la sugerencia -talló Casteloni-. Si yo llegaba tarde, comenzaba una discusión, y finalmente derivaba en la ruptura de platos. También portazos. Yo detestaba los portazos. Pero dentro de todo, las puertas persistían. Los platos rotos debían ser comprados nuevamente. Mi bolsillo roto también. Lo hablé muchas veces. Hicimos terapia de pareja. Cuando yo finalmente me marchaba de casa, venía a buscarme y me juraba que no lo volvería a hacer.

-¿Cuántas veces?

-Podría haber comprado una regalería como la del padre de Krakópulos.

“Como no podía resistirme a sus ruegos, y ella nunca modificó su conducta, opté por hacer fabricar platos irrompibles. Eran de un material entre la loza y el caucho, recubiertos como si fueran vajilla común. A las puertas les adosé unos paragolpes invisibles. Cada vez que mi señora montaba en cólera, los platos rebotaban y las puertas se detenían a un pelo del estallido. Pero sólo empeoré la situación”.

-Hay cosas que no cambian -me escuché acotar-.

-Cuando descubrió que los platos no se rompían, comenzó a arrojarlos por toda la casa, rompiendo otros artefactos. Los platos volaban por cada uno de los ambientes. Uno de los platos, un anochecer, me dejó un moretón en la pierna. Entonces me escapé a Buenos Aires, y aquí estoy.

-Ah… ¿Pero dónde vivían?

-En Rodas.

-¿El circo?

-Grecia -aclaró marcial-.

-Es otra cultura -ironicé-.

-Nunca perdí el contacto con Sebastián -asintió Casteloni, creo que sin entender mi aporte-. Me visitaba todos los años. De hecho, me ayudó a huir.

-En ocasiones, huir del mal es más valiente que enfrentarlo. Pero…¿cuántos años duró ese aquelarre? ¿Por qué te costaba tanto marcharte?

-Veinte años de casados. Aún estamos casados legalmente. ¿Por qué no me escapé antes? Supongo que su belleza y su furor sensual me retenían. Es una deidad griega, desde la nariz hasta los tobillos.

-Por eso soy monoteísta -contrapuse-.

-También tenía una hija de un matrimonio anterior, Naná. Yo siempre me repetía que con una hija de por medio, Sofía no llegaría más lejos en su locura. Pero la historia recién empieza.

“Regresé a Buenos Aires. Sofía, mi ex de facto, tras unos meses de insistirme por correo, y de utilizar a Sebastián para enviarme mensajes, inició una relación con un señor bastante mayor que ella. Como no vivían juntos, no podía romper los platos de su nuevo novio. Pero cuando se enojaba, y llegaba furibunda a la que había sido nuestra casa, arrojaba nuevamente los platos contra las paredes. Como eran en parte de caucho, uno de esos platos rebotó, vino a dar en su frente y la desmayó. Gracias a Dios las vecinas notaron algo raro y llamaron a la policía. Sofía recuperó casi todas sus capacidades, pero perdió una fracción de sus recuerdos. Recuerda quién soy, pero no cómo era nuestro matrimonio. Según Sebastián, ya no se enfurece ni rompe platos. Cambió totalmente”.

-¿Sebastián siguió tan frecuentemente en contacto con Sofía? -pregunté ingenuamente-.

-Mucho más ahora que se convirtió en su suegra.

Lo observé perplejo.

-Naná es la recién casada con Sebastián.

– Ah -exclamé-.

-30 años le lleva -apuntó Casteloni-. 30 tiene Naná.

-¿Y a qué te dedicabas en Rodas? -traté de cambiar de tema-.

-Un bazar tenía.

-¡No puede ser! Justo un bazar.

Y agregué invitando a reírnos:

-Como Jorge Martínez.

-No, no -me apercibió Casteloni-. Jorge Martínez era el empleado. Yo era el dueño.

Decidí que había llegado el momento de diversificar nuestros caminos, y le pregunté si se sentía lo suficientemente seguro de poder llegar a su casa.

-No lo sé -me sorprendió Casteloni- Sofía me insiste con volver, y ahora se supone que está totalmente cambiada. Pero el pasado me pesa.

-El pesado -sinteticé, y me despedí-:

-Una tragedia griega.

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