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Ricardo Arjona abrió su serie en el Movistar Arena con un show que lo tuvo todo

El regreso de Ricardo Arjona a Buenos Aires no fue un recital más, es una residencia. Con 14 funciones agotadas en el Movistar Arena, el cantautor guatemalteco convirtió mayo en territorio propio con su gira Lo que el Seco no dijo, basada en su último proyecto Seco. Y si algo dejó en claro la primera noche es que no se trata solo de un show, sino de una experiencia pensada al detalle, donde todo suma para construir ese universo tan suyo.

Una hora antes del inicio de la función, el estadio estaba lleno y la previa tenía algo de ritual compartido que incluía remeras con su nombre, vinchas luminosas, brillos por todos lados y una ansiedad que se sentía en el aire.

Cuando el reloj marcaba las 21:09, las luces del Movistar se apagaron y el escenario empezó a cobrar vida de a poco, casi como una escena de teatro. Primero, apareció una bailarina rubia con vestido negro elegante. Después, un pianista en la misma línea estética, sombrero incluido. Uno a uno, los músicos fueron ocupando su lugar hasta completar una postal cuidada al detalle.

Y ahora sí, lo que todos esperaban: Ricardo Arjona vestido con un traje gris -estreno de la noche-, sombrero marrón y esa calma de quien pisa terreno conocido. Sin decir demasiado, marcó el inicio de esta primera de las catorce funciones con “Gritas”, uno de los temas de su nuevo material.

La noche siguió con el artista ya en modo cómodo, guitarra al hombro, y encaró “Ella” en un clima más íntimo que el público compró desde la primera estrofa. Pero la calma duró poco porque con “El problema” el estadio explotó, se volvió un coro gigante, pura euforia sostenida, coronada por un solo de saxofón que terminó de encender todo.

Ricardo Arjona brindó espectáculo de principio a fin en el Movistar Arena. Foto: IG @ricardoarjona.

En ese punto, Arjona ya tenía al público en la mano. Se movía con naturalidad, sin apuro, como quien sabe exactamente qué hacer en cada momento. Y ahí eligió bajar un cambio. “Es tan bonito regresar a la Argentina que dan ganas de no haberse ido nunca”, dijo, antes de meterse en una de esas historias que ordenan todo el show.

Ricardo Arjona habló en el Movistar Arena sobre su pasado más íntimo

Primero, viajó a “Andalucía de Cádiz”. Contó que su abuelo “tomó un barco, no sabía a dónde iba, fue a parar, nadie sabe cómo, a las costas de Guatemala… se llamaba igual que yo”. Ese recorrido terminó en Tecpán, un pueblo indígena donde montó una panadería. Pero el relato no se quedó ahí. “Se le ocurrió morir cuando mi padre tenía solo seis años”, lanzó sobre su padre, quien soñaba con ser futbolista, pero ese sueño “quedó atrás por la necesidad de sostener a su familia”.

Terminó siendo maestro, casi de un día para el otro, después de salir a buscar trabajo al Ministerio de Educación. Un relato crudo, sin maquillaje, que explica mucho de lo que después aparece en sus canciones.

Un ida y vuelta constante: Arjona y su público, en sintonía total

Ese ida y vuelta entre lo íntimo y lo espectacular es el corazón del show. Porque mientras el escenario -montado como un cabaret llamado “Seco” en medio de un barrio porteño- despliega una estética impactante hasta el techo, con siete pantallas que acompañan cada clima, Arjona se las arregla para que todo parezca cercano.

Los colores no son decorativos, sino que el rojo se usa para lo pasional de las letras, oscuridad para las letras más densas e imágenes de videoclips de fondo que completan el relato.

En ese juego de intensidades, uno de los momentos más fuertes llegó cuando frenó todo para pedirle a una fan de la primera fila que bajara el celular para que escuche “Acompáñame a estar solo” mirándola fijo. El estadio entero quedó en silencio.

Después, el recorrido siguió entre clásicos que no fallan como “Lo poco que tengo” y “Te conozco”. En los huecos, los gritos de “te amo” caían desde todos los sectores.

Y en paralelo, la banda también tuvo su protagonismo para músicos de distintas partes del mundo que se lucieron en pasajes más instrumentales, elevando aún más la propuesta.

Como buen show de dos horas, también hubo cambios de clima. Un guiño en clave de tango, momentos más melancólicos como “Todo termina” y, cuando la intensidad pedía aire, Arjona y sus tres coristas aparecieron en un segundo escenario, más cerca de la platea, y desde ahí interpretó “A Ti”. La escena fue acompañada por abrazos, parejas en un momento íntimo, amigas balanceándose juntas.

Ese mismo espacio habilitó uno de los tramos más espontáneos de la noche. Desde el piano, interpretó canciones elegidas por el público a través de un QR que había circulado en la previa. Entre las más votadas, “Marta”, “Desnuda” y “Pingüinos”. Un momento improvisado que terminó siendo de los más celebrados.

Y sobre el cierre, otra escena que no estaba en el guion. Vio el cartel de una mujer que cumplía 50 años, la hizo subir y le cantóSeñora de las cuatro décadas”. Natalia -así se llamaba- no soltó el abrazo en ningún momento, mientras sus amigas festejaban desde abajo. El estadio acompañó con complicidad como si todas estuviesen tambien arriba.

El final fue en alto con “Fuiste tú” tuvo su momento especial con el lucimiento de su corista, Virginia Alves, antes de que “Mujeres” cerrara la noche con todo el estadio cantando.

Con dos cambios de vestuario, una puesta ambiciosa y una narrativa que no pierde el hilo, Arjona abrió en Buenos Aires una serie que ya se siente histórica. Y dejó algo claro desde la primera noche que lo suyo es una historia contada en vivo que el público no quiere que termine.

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