

“¡Hijos de puta, al fin se les ocurrió un buen chiste!” decía Lanata en su casa, entre risas, en alguna reunión de monólogo, algún miércoles de algún año que compartí con el mejor.
Hay periodistas que son muy buenos investigando, hay otros creativos, unos cuantos cultos, algunos sensibles, varios brillantes y un puñado de valientes; el único que tenía todo eso junto -y más- era Jorge Lanata.
Nunca terminabas de entender cómo lo hacía, pero lo hacía. Fueron más de diez años a su lado viendo el truco, y como era generoso, te lo mostraba paso a paso, te lo explicaba. Pero no te salía igual, a nadie nunca le salió igual. Por eso no hay, ni habrá otro Lanata.
Lanata, el que encontraba la verdad
Durante todos estos años de la Argentina sin control, con una clase política tan poco seria como las imitaciones de Periodismo para todos y con una Justicia que llega tarde y -a veces- mal, Lanata fue para muchos el único que podía encontrar la verdad. “Esto lo tendría que saber Lanata” te decía cualquiera sobre cualquier tema. No era ni el Gobierno ni la Justicia, la esperanza era Lanata.
La última foto grupal con Jorge Lanata con su gente de “PPT”.El tipo también fue un desobediente, una virtud que a algunos editores no les gusta, pero al público sí. Es que daba la certeza de que iba a decir lo que los demás no se animaban y del modo más brutal “porque lo puedo probar”. Siempre dijo lo que quiso. Por eso una mañana en la radio llamó “Payaso” al tipo con más rating del canal en el que estábamos.
Unos días después, en su casa, se lo comenté: “¿Podés creer que me mandó un mensaje?” dijo, mientras ponía play en WhatsApp y me daba su teléfono. El “payaso” le deseaba suerte por la nueva temporada de PPT, como si no hubiera pasado nada. “Esto es la tele”, sentenció con su típica media sonrisa.
Cuando escribíamos los monólogos con Miguel Gruskoin (“El prócer” le decía con justicia Jorge) y con Cristian Alonso los sketches, sólo los leía él. No había intermediarios, no había restricciones. Ni siquiera las suyas. Tan inteligente era, que si el texto cuestionaba algo que pensaba, era capaz de rever su posición.
Lola Lanata, junto a Jorge.Un juicio por un chiste
Una vez, por un chiste que escribí alguien le hizo juicio. No pasó a mayores, pero él nunca hizo un comentario al respecto, porque si le parecía bien, lo hacía de él. No andaba echando culpas, no decía -como muchos- “me lo escribieron los guionistas”. Además, era un buen chiste.
Algo que nos permitía jugar al límite con el humor era la capacidad que tenía para reírse de sí mismo. En el debut de 2019, como no podía caminar por una caída que había sufrido, escribimos en el monólogo: “Cuando en el canal me vieron en silla de ruedas, no sabían si venía a hacer PPT o Carburando”. Así arrancó el programa, porque si algo no fallaba con Jorge era el humor negro.
No fue fácil ser parte del mundo Lanata en plena efervescencia K. Fuimos “mercenarios”, “ladrones de chicos”, “golpistas” y “empleados de la embajada yanqui”, entre muchas otras cosas.
Durante años, laburar con Lanata significaba quedarse afuera de todo lo demás. “Todo lo demás” era el enorme esquema de curros que el gobierno kirchnerista había armado en los medios: los de Cristóbal, los de Electroingeniería, los de Szpolski, los de Santa María, Canal 7, Encuentro, UNTREF; eso que solíamos llamar “El aparato de propaganda oficial”.
A la vez, era gracioso estar en ámbitos K y decir: “Yo trabajo con Lanata”, porque así como podía generar rechazo, también provocaba respeto y, por qué no, temor.
Al que más extraña
Lanata decía que había un “Lanata” y un “Jorge”, y a ése es al que más extraño. Si tenías una pregunta, una idea, un problema o lo que fuera, siempre estaba para escucharte y aconsejarte. O para decirte de la nada: “Me gustaron mucho tus columnas en Clarín”. No importa cuántas veces te puedan haber dicho algo así, que te lo dijera él era el “Mamá, llegué”. Porque Lanata siempre fue “el faro”. Por eso, si no hubiese trabajado con él, lo habría llorado igual.
Mi relación con Jorge cambió un día en el que hablamos de nuestros padres. Me dijo una cosa bellísima que prefiero guardar. Fue como si hubiéramos cruzado esa línea entre el laburo y la vida.
Queda trunco el proyecto en el que estábamos trabajando, algo entre él y yo. Pero también queda la esperanza de concretarlo alguna vez, como una manera de cerrar el círculo y de tenerlo vivo un ratito más.
¿Cómo te vas a morir, boludo?



