Nelson Goerner y la Filarmónica de Buenos Aires, en el Teatro Colón: la excelencia entre lo íntimo y lo grandioso



Si hubo un momento en la historia de la música en que el compositor comenzó a ser visto definitivamente como algo más que un artesano, ése fue el Romanticismo. La idea del artista como creador de un universo propio, guiado por una voz interior irrepetible, transformó para siempre la manera de entender la música. El concierto Mundos románticos II, que la Filarmónica de Buenos Aires presentó bajo la dirección de Marc Albrecht y con Nelson Goerner como solista, permitió recorrer dos formas muy distintas de encarnar ese ideal: la introspección de Schumann y la vocación monumental de Wagner.
Goerner volvió al escenario del Colón para interpretar el concierto en la menor, op. 54 de Robert Schumann. Nacida inicialmente como una Fantasía para piano y orquesta y completada algunos años después con los movimientos restantes, la obra se aparta del modelo de concierto concebido como campo de exhibición para el solista.
Aquí el piano no compite con la orquesta: dialoga con ella, comparte materiales, prolonga ideas y participa de una trama común. Goerner comprende a la perfección esa lógica. En el primer movimiento evitó cualquier énfasis innecesario y privilegió la continuidad del discurso, en el que los temas surgieron con naturalidad, cuidadosamente articulados dentro de una línea que nunca perdió cohesión.
En el arco general de la obra hubo flexibilidad en los tempi, pero sin afectar su arquitectura. El lirismo ocupó el centro de la escena, allí donde otros pianistas suelen inclinarse por una lectura más enfática o virtuosística.
El Intermezzo puso de relieve el carácter íntimo de la obra, con un diálogo fluido y equilibrado entre Goerner y la orquesta. En el Allegro vivace final, el pianista sostuvo el impulso y la energía sin apresurarse, resolviendo las exigencias técnicas con la soltura que lo caracteriza y siempre al servicio del discurso musical. Fuera de programa, Goerner ofreció el Intermezzo en mi bemol, op. 117 n.º 1, de Brahms y el Preludio op. 23 n.º 2 de Rachmaninov: dos páginas de signo opuesto, una íntima y la otra de gran despliegue, abordadas con la misma atención a la sonoridad y al fraseo.
La segunda parte del programa trasladó el eje hacia el universo de Richard Wagner mediante la obertura de Los maestros cantores de Núremberg, la obertura y bacanal de Tannhäuser y los preludios de los actos I y III de Lohengrin. El contraste con Schumann resultó evidente. Si la primera mitad había estado orientada hacia una expresión íntima, la segunda abrió la perspectiva hacia el mito, la dimensión colectiva y la construcción de grandes espacios sonoros.
Albrecht evitó abordar estas páginas como una sucesión de fragmentos célebres y buscó, en cambio, establecer entre ellas una continuidad de lenguaje y concepción. Su trabajo se apoyó especialmente en la construcción gradual de las tensiones, permitiendo que los grandes clímax surgieran como consecuencia natural del desarrollo musical. La Filarmónica respondió con solidez y atención al detalle, particularmente en el Preludio del acto I de Lohengrin: la delicada textura de las cuerdas, que emerge desde registros extremos en una suerte de suspensión sonora, encontró un equilibrio entre transparencia y tensión.
El crecimiento hacia el clímax estuvo cuidadosamente graduado y el regreso al silencio conservó intacta la sensación de unidad del arco musical. El Preludio del acto III ofreció el contraste complementario: brillante, expansivo y enérgico, aunque siempre controlado y libre de estridencias.
Más allá de la calidad de las interpretaciones, el principal mérito del programa residió en la claridad con que permitió observar dos rostros complementarios del Romanticismo. Por un lado, la mirada introspectiva de Schumann; por otro, la expansión dramática y simbólica de Wagner. Dos maneras distintas de entender la creación artística, reunidas en una misma noche con notable coherencia.
La función tuvo además un carácter especial por marcar la despedida formal del violinista Elías Gurevich de la Filarmónica de Buenos Aires. Tras una extensa trayectoria en la orquesta, recibió el reconocimiento de sus colegas y del público, que añadió una dimensión particularmente simbólica a un concierto ya de por sí memorable.
Filarmónica de Buenos Aires Mundos románticos II Dirección: Marc Albrecht Piano: Nelson Goerner Obras de Robert Schumann y Richard Wagner Teatro Colón: sábado 13 de junio de 2026



