Lucas Erni, el joven santafesino que pasó de bailar chacareras y malambo a ser el protagonista de Cascanueces, en el Colón


Este viernes 12 de diciembre, el Ballet del Teatro Colón que dirige Julio Bocca lleva a escena una nueva producción de la tradicional obra navideña Cascanueces, en una versión de Silvia Bazilis basada en la creación original de Marius Petipa.
Los protagonistas en este estreno son, en el rol de Clara, Yoshino Horita, una bailarina de origen japonés que este año se incorporó al Ballet del Colón; y como el Príncipe, Lucas Erni, un joven santafesino que desde hace quince años viene desarrollando una brillante carrera en compañías de ballet internacionales. Alrededor de la historia de Lucas, que él mismo describe como “poco normal”, gira la siguiente nota.
Este treintañero de sonrisa luminosa nació y creció en el pueblo de Santo Tomé, muy cerca de la ciudad de Santa Fe. En la escuela primaria le apasionaban las clases de bailes folclóricos.
“Tenía una habilidad natural y era muy desenvuelto. Pero un día fui a ver a un primo mío en una clase de malambo. Era una academia de danzas folclóricas, como hay miles en el país, que tenía un carácter ya profesional; no en el sentido del dinero porque nadie ganaba un peso, pero sí por la dedicación y la pasión. Yo estaba sentado al lado de mi tía y el sonido de los bombos lo sentía dentro de mí; no podía dejar de mover los pies”.
-¿Qué edad tenías?
-Ocho años. El profesor me dijo “parate y vení, no aguanto verte así, moviendo los pies”. Ahí se inició mi camino como bailarín porque sentí un gran amor desde el primer zapateo. Empecé en esta academia en mi pueblo y después ya comencé a ir a todas las peñas y participar de festivales y competencias. Pero también en esa época empezaron a hacerme bullying.
-¿Quiénes?
-Vivíamos con mi familia justo en el límite de un barrio medio peligroso, un poco pesado, pero allí estaban mis amigos: nos criamos juntos jugando al futbol, al metegol, a la escondida. Estos pibes, cuando yo tenía alrededor de 11 años, empezaron a tomarme el pelo porque bailaba folclore: “No vayas a bailar, eso es para maricones. Venite con nosotros”.
Pensé que tenían razón y paré de bailar durante dos meses. Pero un tiempo antes había empezado a viajar en colectivo a la ciudad de Santa Fe para estudiar en una academia grande. Mi profesor Claudio Viamonte me llamaba todos los días: ‘Tomate tiempo, sé que vas a volver porque sentís el folclore como nadie’. Y así fue, me moría por volver. Les dije chau a mis amigos pero voy siempre a saludarlos cuando regreso al barrio. Están ahí, en la misma esquina. De alguna forma los quiero y aprendí cosas con ellos que me sirvieron para el escenario.
Lucas Erni ensayando con Yoshino Horita, para hacer el “Cascanueces”, en el Teatro Colón.-¿Como cuáles?
-La picardía, el poder resolver cosas rápidamente, cómo reaccionar frente a la adversidad o mantener la calma en momentos de tensión. Son cosas que no se pueden enseñar si no las vivís.
La malla de ballet y la frase lapidaria de papá
-¿Y seguiste tu camino en la academia de la ciudad de Santa Fe?
-Sí. Estaba completamente subido al bote del folclore. Íbamos a todas las competencias y llegamos a bailar en el pre-Cosquín. Nuestra maestra nos decía -es la mamá de Edgardo Trabalón, primer bailarín del Colón– que teníamos que hacer al menos dos clases de ballet por semana. La primera vez que tuve que ponerme la malla de baile y el suspensor pensé: “Hasta aquí llegué, esto no estaba en mis planes”. Pero finalmente, aunque me costó acostumbrarme, sentí que el ballet era como un complemento de mi folclore.
-¿Qué pensaba tu familia?
-Mi papá comentó: “Pensé que mi hijo bailaba folclore y resulta que baila como mujer”.
-¿Y el comentario te afectó?
Nunca lo escuché. Mi vida estaba en el folclore y en la academia. Teníamos un micro viejo para ir a los festivales pero había que empujarlo porque nunca arrancaba; vendíamos rifas, empanadas, nos hacíamos el vestuario.
En el aire. Lucas Erni, en el ensayo general de “Cascanueces”.-¿Y cómo llegó definitivamente el ballet a tu vida?
Gracias a Raquel Rossetti (ex bailarina y ganadora de la medalla de Oro junto a Julio Bocca en el Teatro Bolshoi, en 1985), mi ángel guardián. Fue inesperadísimo. Ella iba a las provincias con un grupo de primeros bailarines y solistas del Teatro Colón y el cuerpo de baile lo formaba con alumnos de escuelas de cada lugar. Me presenté en una audición en Paraná para Don Quijote y quedé, junto con otros compañeros santafesinos.
Raquel convenció a algunos de nosotros de que nos presentáramos al examen del Instituto del Colón, para cursar quinto año. Nos matamos estudiando. Había que aprender los nombres de los pasos de ballet -sabía hacerlos pero no cómo se llamaban-, además de francés y música. Fue como la película Rocky. Pasamos el examen, el día más feliz de mi vida”.
La llegada a Buenos Aires
-¿Cómo reaccionaron en tu casa?
-El día que tenía que viajar a Buenos Aires, para ya instalarme, agarré el bolso y mi mamá me dijo: “Te espero con las milanesas para la cena porque sé que no te vas a ir”. “Mami” -le contesté-, aunque tenga que dormir en una plaza, me voy a quedar allá”. Mi papá me trajo en auto y conseguimos una especie de hotel o residencia en el centro.
Alquilamos una habitación con un compañero, también santafesino, para compartir los gastos; se llama Franco Noriega y ahora está en el Ballet del Colón. La pieza era una pocilga con dos camas y un televisor viejo; la pileta para lavar estaba afuera. Teníamos una sola olla para preparar todo, pero igual no sabíamos cocinar.
-Tu papá sí lo había aceptado.
¡Sí! Pero además se enamoró del ballet y le cambió la vida. Siempre viaja para verme bailar. Descubrió que le encanta el arte, empezó a escuchar música clásica y va a los museos en el lugar donde esté. Mi mamá, no. Es una mujer simple y no le gustan los ambientes competitivos y hostiles como es el del ballet. Le gusta lo que hago, pero no le gusta ese mundo.
-Decías que tu papá te había dejado en aquel hotel porteño…
-Me asomé al balconcito de la habitación y abajo estaba mi viejo saludándome con la mano (se frota los ojos que se le llenaron de lágrimas). Me acuerdo como si fuera ayer. Todo era un gran sacrificio, pero cuando entré por primera vez aquí, al Colón, y más tarde pisé el escenario, fue un gran flechazo que me atravesó totalmente.
Lucas Erni será el príncipe Lucas en el clásico ballet navideño “Cascanueces”. Siempre hay que ir a más
Cuando estaba empezando el sexto año del Instituto, Raquel Rossetti le dijo “¿Querés que nos animemos a más?”. Su idea era que Lucas se presentara al Prix de Lausanne (uno de los más prestigiosos concursos internacionales de ballet). Llegó a la final y con eso obtuvo la beca para hacer el último año de la escuela del San Francisco Ballet: “Un nivel altísimo pero un verdadero sueño. Mi expectativa era entrar después a la compañía e incluso me hicieron un precontrato; pero cambiaron de idea porque estaban necesitando bailarines más altos”.
-¿Y entonces?
-Volví a Santo Tomé destrozado. Tenía dieciocho años y en cierto modo era un niño, pero ya no lo era. Al día siguiente me llama Raquel Rossetti, mi ángel guardián: “Venite a Buenos Aires, Julio quiere verte”. “¿Qué Julio? ” digo yo. “Julio Bocca, para el Ballet del Sodre de Montevideo. Está buscando un bailarín”. Yo no había deshecho todavía mi valija. Mi mamá dijo: “¡No, de nuevo no!”.
En el Sodre empezó realmente mi carrera profesional y tengo tanto para agradecerle a Raquel. Ella me fue enseñando muchísimas cosas, entre tantas otras que para ser un buen artista hay que ser una buena persona.
-¿Cómo fue tu experiencia en el Sodre?
-Hermosa en todos los sentidos. Por lo que aprendí con Julio, por las oportunidades que tuve y porque la ciudad, que tiene algo de Santa Fe, me encantaba. Hice casi enseguida el rol de Basilio de Don Quijote. También el ballet Romeo y Julieta y el Lensky de Onegin, entre otros papeles con los que aprendí mucho.
La revancha en los EE.UU.
Lucas Erni ensayando con Yoshino Horita. Al joven bailarín le hicieron bullying sus amigos y sus padres no estaban muy convencidos de que se dedicara al ballet, pero la vocación fue más fuerte.Después de tres años Lucas sintió que se cerraba un ciclo en el Sodre y que quería volver a los Estados Unidos. Estuvo ocho meses en el Ballet de Sarasota, en Florida, y después, una bienvenida reparación: lo contrató el San Francisco Ballet. Allí formó parte primero del cuerpo de baile y después ascendió a solista. Fueron seis años en total.
-Y luego, hace dos años, te mudaste al Ballet del Rhin, en Dusseldorf.
-Sí, la directora, Bridget Breiner, había venido a montar una coreografía en el San Francisco Ballet; me vio y me invitó a la compañía. Yo quería bailar en Europa, aprender otros estilos y el Ballet del Rhin justamente tiene obras de Jiri Kylian, Mats Ek, Nacho Duato, además de los grandes ballets de repertorio. Me siento muy feliz allí.
-Estás en pareja con una bailarina de esta misma compañía. ¿Cómo es compartir la vida y el trabajo?
-Por una parte, ella es italiana y nos encanta y nos divierte encontrar cuántas coincidencias hay entre la cultura italiana y la cultura argentina. Somos dos extranjeros en el Ballet y nos tomamos muy en serio nuestras carreras. Por otra parte, cuando hay amor, respeto y admiración mutuos como los que tenemos, no solo es una gran alegría, también te da mucha fuerza para encarar la vida y la profesión.
Información
Habrá trece funciones de Cascanueces, en distintos días y horarios. Bailarines del cuerpo estable encarnarán los distintos roles en cada función y se suman como invitados Lucas Erni y Gustavo Carvalho, ambos integrantes del Ballet de Dusseldorf.


