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La nueva historia de Marcelo Birmajer: Un secreto a voces

Aquella mañana Paula amaneció con esa incómoda inquietud de quien descubre con la lucidez de la primera hora, un error cometido el día anterior. Mientras caminaba para la veterinaria, recapituló que su amiga Matilde le había hablado barbaridades del cliente, el dueño del loro, el señor Gurazo.

Paula era una mujer muy bien plantada, nadie sabía si tenía un poco más o un poco menos que cuarenta. Ni viuda ni divorciada, tras una relación muy larga con un magnate italiano, éste sí separado, negándose ella a ensamblar familia y rechazando el viaje a Roma, Paula había permanecido como la joya oculta de aquella próspera a la vez que discreta región del sur argentino. Las gentes pasaban, maniobraban grandes fortunas, y se quedaban un tiempo, se radicaban, o se marchaban. A nadie se le preguntaba de dónde venía o a dónde iba. Era como una fiebre del oro, pero mansa.

Paula había nacido en la localidad, y erigido su veterinaria al cumplir los treinta, recibida bastantes años antes, finalmente recibiendo el aporte de capital del magnate, que en algún momento se cansó de viajar ida y vuelta, y propuso sin suerte aquel traslado permanente a Italia.

Desde entonces, Paula llevaba un lustro atendiendo su propia veterinaria, sola como una monja. Si había conocido varón en aquel período, tampoco lo recordaba. El capitán Amenabar, un veterano marino mercante, ahora retirado en aquel punto austral, con sólo salidas fluviales, le arrastraba el ala, como quien dice en un ámbito donde las aves eran protagónicas como pacientes. Pero Paula lo miraba con precaución.

Amenabar solía jactarse con los parroquianos de sus andanzas marítimas pretéritas, y Paula no quería ser una de sus conquistas, voceadas al garete, en la cantina o el pool. No obstante, con ella Amenabar era contenido, incluso tímido, a la vez que elegante, y hasta con algo de misterio, con su tupida barba blanca y un ojo más cerrado que el otro. Un viejo pirata devenido en caballero contemplativo.

En cambio, Gurazo era quizás dos o tres escalones más joven que Paula. Sin embargo. la había relojeado como un señor mayor a una jovencita. Parecía un jugador de polo. Había caído en la ciudad como uno más de los tantos forasteros de residencia intermedia, entre tres y seis meses, para investigar, llevarse muestras del suelo para quién sabía qué empresa, y luego regresar a su desconocido destino. Se lo sabía con el loro. Era un galán, uno de aquellos cuya presencia paralizaba el aire, dejaba un aura de varón. Paula se lo narró así a su amiga Matilde, mientras le curaba la pata infectada al loro sedado.

Sólo al día siguiente comprendió que cuando Gurazo retirara al loro, el animal podría repetirle, con la locuacidad que ella misma había comprobado, las procacidades compartidas con Matilde. Un quemo. Un escándalo. Comidilla de los viejos verdes noctámbulos. La cuarentona descontrolada, lujuriosa, sin atender.

Enrojeció de solo pensarlo. Tendría que cerrar el negocio y huir como los propios viajantes. A Gurazo le dijo que volviera al día siguiente, que aún faltaba cierto desinfectante inyectable, a recibir por una mensajería de comercio virtual. En esas se presentó el capitán Amenabar, con su perro Pinocho, una criatura de avanzada edad y con algo de abotargado, en cualquier caso enternecedor. Padecía una leve enfermedad respiratoria, relacionada con la alergia y la estación, que Paula atendía con unas píldoras.

-Si este loro parlanchín -enunció Paula como quien no quiere la cosa-, supiera un secreto que usted quisiera que el resto del mundo ignorara, ¿cómo lo silenciaría sin lastimarlo?

El capitán hizo un gesto como de mesarse la barba, sin tocarla, abrió un poco más el ojo favorable, y evidentemente aprovechó el calce que le daba la jamona de la que estaba perdidamente enamorado, educado y distante como un profesor de protocolo social.

-Es claro- dijo por fin-. Le aplicaría la doble Nelson del Mar. Lo que se conoce como la niebla de la confusión. Se le repiten al loro centenares de palabras, asociadas en sentidos difusos, y el animal termina repitiendo cualquier dislate, como un poeta surrealista o un prosista estructuralista.

La verdad es que Paula, a la que en ese instante se podría haber llamado La Paula, quedó transida de admiración. Los conocimientos y la templanza de aquel viejo lobo de mar, la conmovieron.

-¿Por qué sería? -inquirió el capitán-.

-Es que le dije a mi contadora, por teléfono, todas mis claves bancarias, para que me descargue los resúmenes de cuenta. Y no presté atención, mientras lo curaba, a este loro que parece una grabadora.

-Me lo deja a mí -se ofreció Amenabar-. En media hora no sabrá ni cómo se llama. Eso sí, probablemente el dueño note alguna verborragia, cierta profusión de incoherencias. Nada grave.

-Adelante, capitán -lo habilitó Paula, que nunca antes lo había llamado así-.

Media hora más tarde, el loro estaba listo para despistar a semiólogos y arqueólogos.

Pero prorrumpieron en el local dos maleantes. Si bien el aspecto era sospechoso, contaban con la paradójica cobertura de la hora. Tres de la tarde, con la calle transitada y una luz vigilante. Un robo en esas circunstancias se detectaba con demasiada facilidad. De todos modos el más morrudo dejó ver un arma debajo del abrigo y reclamó el loro. Lo inusual del botín era su coartada para el atraco en plena claridad.

Paula quedó muda y no supo cómo reaccionar. Pinocho se quedó en el molde. El capitán tomó al loro por debajo de las alas, le ató las patas con un nudo marinero, y entregándolo con resignación, cubriendo con su corpachón a Paula, declaró:

– Se llevan al loro y no nos vemos nunca más. O se hacen los gallitos y yo también estoy cargado. Balacera y perdemos todos.

Los intrusos cotejaron la advertencia en lo que valía. Ya tenían el “tesoro”. Se marcharon como habían llegado.

Paula se derramó en un llanto histérico.

-¿Y ahora qué hago? -sollozaba-. Y cuándo venga el cliente…

-Se le explicará -la contuvo el capitán-. Se le pagará. No hubo mala voluntad. Pero no creo que venga…

-Es claro -agregó el capitán-. Ese loro conocía un secreto industrial. Cifras muy por encima de nuestra imaginación. Se le infectó una pata, el tal Gurazo no se podía arriesgar a perderlo. Prefirió atenderlo y de paso echarle un vistazo a usted, por más que pusiera en riesgo el código. Eso sí: usted no podría descifrarlo. Sólo sus perseguidores. Entre nosotros, no creo que Gurazo se haga presente. Lo apretaron, o algo peor. Ya sabe que vinieron para acá. Evidentemente, la cantó.

Paula se recompuso, inopinadamente se escuchó decir:

-Me puede tutear.

El capitán dejó pasar un largo rato, antes de ponderar:

-Tenga en cuenta que a los maleantes ya no les servirá el loro. Lo dejé turulato, para lo bueno y para lo malo. Tampoco creo que le sea ya de mayor utilidad al propio Gurazo. Más que un loro era un secreto con plumas. No se divulgó: se estropeó.

En el silencio subsiguiente, graznó suavemente un guacamayo. Y el crepitar imperceptible del caminar de una tortuga sobre papel de arroz, marcó el instante definitorio de la alocución de Amenabar:

-De entre mis muchas aventuras del mar, hay una o dos que nunca he contado. Y de entre mis pocas conquistas en tierra, nunca le he contado a nadie alguna. Me gustaría, sólo de las primeras, contarte una a vos.

Paula, emparejándose levemente el rímel, asintió.

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