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La historia de Marcelo Birmajer: El inventor de vidas (segunda y última parte)

Resumen de la primera parte: por un micro averiado, tres escritores quedan varados en un bungalow mesopotámico argentino. Juber cuenta una historia de cuando inventaba vidas para espías del bloque del Este. Envía a Kubaz, un James Bond yugoeslavo, sin un diente, a cumplir una misión en la España de la transición. Al recibir a una mujer sevillana en su departamento de Barcelona, en plan espía, Kubaz pierde su prótesis dental.

Las ceremonias de la intimidad debieron desarrollarse sin el diente del galán. Hay quienes dicen que, para esos menesteres, no era necesario. Ni Manuela se lo requirió. El galán maduro sobrelleva con experiencia sus limitaciones. Pero cuando se retiró la dama, de quien Kubaz extrajo ingente información -después de todo, aquel era el motivo fundamental del romance-, tampoco encontró el diente delantero perdido. Ni se avino el ratón Pérez a pagarle por su extravío. ¿Dónde podía haber caído?

Le encargó, tras una infructuosa búsqueda de dos horas, esparcidas entre otras tareas -mensajes a su supervisor en Bulgaria-, a la señora de la limpieza, que le avisara si se encontraba con aquel diente fugitivo. Pero ya no apareció.

-Armarse una prótesis dental al garete en la España de 1976 no era lo mismo que haberla confeccionado puntillosamente en Yugoeslavia -nos explicó Juber-. No voy a cantar yo precisamente las loas a los países del Este, sé mejor que ustedes de su estancamiento, de la ruina a la que marchaban. Pero ese diente se lo habían sabido impostar. Y cuando tuve que decidir entre consultar a un nuevo dentista en Barcelona, y mantener una media sonrisa, tomando en cuenta las dotes actorales de Kubaz, me incliné por esta segunda alternativa.

-¿Lo dejaste sin un diente? -pregunté retóricamente-.

Juber asintió sin ironía. Regazi encendió un segundo cigarrillo, uno de los tantos que terminarían matándolo, a una edad que hoy consideraríamos temprana.

-Por entonces, escribir vidas me hacía sentir un semi dios -explicó Juber-. A diferencia de mis libros actuales, que no los lee ni el editor, mis textos de la guerra fría determinaban existencias. Hombres y mujeres interpretaban mis ficciones, no en un ejercicio dramático. No me adaptaban al cine ni a la televisión. Algunos de ellos murieron, no por mi culpa, pero sí viviendo mis creaciones. ¿Conocen otro escritor que haya hecho algo parecido?

Yo negué con la cabeza. Regazi no respondió.

-¿Pero no sentías culpa…? -se me escapó-.

-Yo no los ponía en riesgo -se defendió Juber-. Sólo trabajaba dentro de las circunstancias que determinaban los mandos jerárquicos. Pero es verdad que algunos de esos espías no regresaron.

-La culpa te la quedaste toda vos… -habló por fin Regazi, agregando un epíteto en mi contra que prefiero no reproducir.

-Aunque yo creía que la capacidad de impostación de Kubaz se reproduciría frente a la dificultad de su boca -enunció Juber-, un factor vino a poner en duda mi intuición. Kubaz se enamoró de Manuela.

-El factor humano -dije-.

-¿Y si dejás de decir pelotudeces? -me amonestó Regazi-.

-Lo que enamoró a Kubaz de Manuela fue que ella lo amó sin su diente. Un comportamiento conyugal, de la esposa que soporta en el marido lo que otras no. Pero proveniente de una amante: se apiadó de él sin dejar de ser sensual y generosa en el encuentro. Las amantes no solían apiadarse, sintió Kubaz. No había experimentado amor semejante en el frío de su profesión.

Se me ocurrían muy otras distintas chorradas para acotar, desde títulos de Le Carré hasta frases de Somerset Maugham. Pero las admoniciones de Regazi me habían escarmentado.

-El espía es un equilibrista de sí mismo -retomó Juber-. Me refiero a que camina sobre su propia alma como un funambulista. Para convencer a los demás, debe estar convencido; y a la vez saber que es mentira. No cualquiera sabe patinar en ese lodazal. Y si se enamora, está perdido. Por muy cursi que suene, el amor es la perdición del fabulador. El dinero es el otro gran detector de almas falibles. Pero mucho más prosaico. Un espía enamorado es como decía Bioy Casares de su senectud: viejo enamorado, viejo burlado. Ni un escritor con su ficción puede eludir ese desastre.

“Kubaz ya no pudo seducir a sus otras presas. La sevillana le abrió las puertas del palacio de la Moncloa. Pero, como en un traslado de lianas, debió haber pasado a una segunda mujer, más cercana a la derecha moderada. Fracasó patéticamente. En su rechazo, Pepa, la mujer en cuestión, se burló de su dentadura mocha. Hizo literalmente referencia al ratón Pérez. Peor aún: Manuela se esfumó. Kubaz quedó fulminado. Cuando Adolfo Suarez asumió el gobierno, el superior búlgaro llamó a consultas a Kubaz, lo degradaron, lo acusaron de traición. Acabó detenido en una cárcel albana, país en el que yo le había inventado una infancia. En ese castigo no tuve nada que ver”.

-A ver quién puede competir con mi fracaso como escritor -se rió Juber-.

Yo levanté la mano. Pero no dije nada.

-Manuela era una agente de los norteamericanos -apuntó Juber como epílogo o postdata-. No sé si de la CIA. No sé cuál era la agencia que tallaba en el entuerto español. Pero trabajaba para los norteamericanos. Eso es seguro. Había encontrado el diente de Kubaz en su cuarto. Lo había escondido y preservado. Vi ese diente postizo por segunda vez en mi vida en Nueva York. La primera, cuando se lo confeccionaron en Yugoeslavia. La segunda, cuando me lo mostró un colega que hacía mi mismo trabajo para el bando contrario. Fue la última vez que estuve en contacto con aquel oficio.

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