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Mauricio Wainrot, la vida de uno de los coreógrafos más importantes de la Argentina: amores, dolores, pérdidas y el tiempo del reconocimiento

Personalidad emérita de la cultura nacional. Con ese título, el coreógrafo y director Mauricio Wainrot será distinguido en el Palacio Libertad (ex CCK, Sarmiento 151) este lunes 16 de marzo a las 18.30. Se agrega así un reconocimiento más a los muchos que el coreógrafo ha recibido a lo largo de una extensa y fructífera carrera, que lo llevó a montar sus obras en un gran número de compañías internacionales de danza.

Por otra parte, y en el plano estrictamente local, Mauricio Wainrot dirigió el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín -en el que había sido inicialmente bailarín-, en dos etapas: primero entre 1982 y 1986 (momento en que comienza su carrera en el exterior) y más tarde, entre 1999 y 2016.

Ese extraordinario conjunto oficial de danza de la ciudad de Buenos Aires tiene un carácter que podría describirse como endogámico: sus actuales directores, Andrea Chinetti y Diego Poblete, fueron miembros de la compañía en épocas pasadas e interpretaron muchas de las obras de Wainrot.

Pero no es ahora el momento ni el lugar para hablar de la trayectoria profesional de este coreógrafo. No; se trata en todo caso de internarse, tomados de su mano, por otros caminos más personales y más íntimos de su vida -hacia atrás y de vuelta al presente- que comenzó hace casi ochenta años en un conventillo de Villa Crespo.

El jardín de su presente y la historia oscura

El amplio y luminoso departamento porteño en el que vive Mauricio Wainrot desde hace casi tres décadas se abre sobre un balcón-terraza poblado de vegetación; es, sin duda, una auténtica selva urbana. Plantas de toda clase, desde las más rústicas hasta las más exóticas, desde las flores más delicadas hasta los arbustos elegantes que se abren paso hacia el cielo, todos ellos se integran en un desbordante universo verde donde Mauricio y Luis Falduti, compañeros de vida, comparten sus tiempos de ocio, el mate y las charlas.

Esta terraza, este verdadero jardín en el que Wainrot se siente feliz, contrasta con el patio del conventillo en el que pasó parte de su infancia: “No había allí una sola planta porque nadie hubiera podido ocuparse. Eran todas familias trabajadoras y el patio funcionaba como espacio comunitario donde a veces mi papá arreglaba los zapatos de sus clientes o hacía lo propio el señor que fabricaba cepillos a mano”.

Mauricio Wainrot, en su jardín. Allí pasa gran parte de su teimpo, entre todo tipo de plantas. Foto: Victoria Gesualdi

Sus padres eran inmigrantes judíos -como los otros vecinos del conventillo-, y habían abandonado Polonia muy poco antes de que el ejército nazi ocupara el país; se asilaron primero en Bolivia y después se instalaron en Buenos Aires. Aquí nacieron sus dos hijos: en 1940, Cecilia; en 1946, Mauricio.

Los numerosos miembros (abuelos, padres, madres, hermanos y hermanas) de ambas familias no habían querido dejar Polonia y murieron en los campos de exterminio nazis.

“En mi casa, la luz no se apagaba durante la noche; mi papá se la pasaba caminando y rumiando. Nunca logró dejar el miedo atrás. Había sido miembro en Polonia del partido socialista judío y por lo tanto tenía la certeza de lo que iba a ocurrir. Empezó a buscar un país donde emigrar, pero no había visas para los judíos en los Estados Unidos y tampoco en Canadá, Australia o Argentina. En el año 1938 la cancillería argentina había hecho llegar una circular a las embajadas en el exterior: no podrían entrar al país gente indeseable, es decir, personas que tuvieran problemas políticos o económicos. No usaron la palabra ‘judíos’, pero…”

Ya en el consulado de Bolivia en Varsovia, el responsable a cargo firmó la visa del padre. Pero la madre se resistía. Era la menor de nueve hermanos y no quería separarse de ellos: seis mujeres y tres varones. Decía: “Espero que vaya primero mi marido y yo iré después”. Y el cónsul: “No, señora Wainrot, si usted no se va ahora, no volverá a ver a su marido jamás”.

Esto ocurría en el mes de mayo de 1939 y en septiembre de ese mismo año el ejército nazi invadió Polonia, entre otros puntos del país, por el puerto de Danzig.

Recuerda Wainrot: “Fui a Polonia hace cuatro años y me encantó el país, a pesar de todo. Trabajé en Danzig, justamente ahí donde comenzó la guerra, con la compañía de ballet de la Ópera báltica. Tuve la alegría de montar allí mi obra Ana Frank (nota: basada en el diario encontrado de la adolescente judía que murió en Auschwitz), junto con El malambo de Alberto Ginastera, que nunca se estrenó aquí, y Cuatro estaciones de Buenos Aires. Un programa completo, en el que pude afortunadamente incluir Ana Frank. Fue para mí como un homenaje a mi familia; una tremenda emoción”.

Conventillo de Muñecas

Los padres de Mauricio Wainrot fueron inmigrantes polacos judíos. Su primera casa fue en un conventillo de la calle Muñecas. Foto: Victoria Gesualdi

Volvamos al conventillo de la calle Muñecas, entre Thames y Juan B. Justo. Vivían allí cuatro familias judías y cada una disponía de una habitación. Había una única cocina a leña donde las mujeres preparaban la comida para sus maridos e hijos, lo que solía arrastrarlas a discusiones un poco acaloradas. Sin embargo no a la señora Wainrot: cocinaba en su propio calentador, en la misma pieza donde dormían los cuatro integrantes de la familia.

“Mamá tenía además un almacén y se levantaba a la madrugada para recibir al lechero, al hombre que traía el aceite o al que traía el querosén; mi papá la ayudaba y después se iba a la otra cuadra, al taller donde arreglaba zapatos.”

Wainrot padre no era lo que podría denominarse como “un intelectual”, pero sí un gran lector, un lector voraz y una persona interesada por la cultura en general. Al lado de su cama -recuerda Mauricio- se apilaban libros de Dostoievsky, Gorki y Pushkin; también del argentino José Ingenieros y del primer premio Nobel polaco, Henryk Sienkiewicz.

Solía llevar a su hijo pequeño a conciertos, a conferencias sobre el socialismo y al teatro IFT en el barrio de Once, una sala donde se hacía un repertorio en idish. Éste era el idioma que se hablaba en la familia Wainrot y el único que conocieron Mauricio y su hermana hasta que comenzaron la escuela.

“Mi mamá falleció hace trece años cuando ya había cumplido los cien. Mi papá murió con cincuenta y dos años y murió de tristeza: no se bancó más la vida. Yo no tengo las ideas de izquierda que tenían mis padres, no. Pero sí su generosidad, su necesidad de compartir, que era la misma de la gente que vivía en el conventillo.”

Aparecen otros recuerdos de infancia, entre ellos la admiración, o mejor dicho, el fanatismo que cuando era chico sentía Mauricio por Fred Astaire y Gene Kelly.

Ana María Stekelman y Mauricio Wainrot bailando "Adagietto", en 1971.

“Tenía seis años y mi papá me dijo: ‘Bueno, ¿así que te gusta bailar? Te llevo a la Escuela Nacional de Danzas’. Y me llevó. Solamente un papá europeo en 1952 era capaz de hacer eso: él había llegado a la Argentina diez años antes.”

La situación resultó bastante graciosa. Cuenta: “Al llegar a la Escuela no había ningún varón, todas mujeres con sus hijitas. La maestra le dijo a mi papá: ‘Hágalo bailar o recitar’. Miré a todas esas mujeres y me asusté; salí corriendo. Le dijeron a mi papá que yo era muy chiquito y muy tímido. Que probara al año siguiente. Pero nunca más volvimos, y ese fue mi primer fracaso; nos bocharon a mi papá y a mí”.

El fútbol formó parte de sus años de infancia. Era hincha del club Atlanta y jugaba en el club, a tres cuadras de su casa: “Me acuerdo de que inauguré la pileta. Me encantaba el fútbol y seguía a Ferro, a Vélez, a San Lorenzo, a River, a Boca, a Argentinos Juniors. Nunca se me pasó por la cabeza que llegaría a ser bailarín”.

Las obras de Mauricio Wainrot viajaron por todo el mundo. Pero él se siente más argentino que nadie. Foto: Victoria Gesualdi

El colegio no le gustaba. Tampoco estudiar. “Hasta que no apareció la danza en mi vida, no tuve ninguna disciplina; mis padres no podían conmigo, pero tampoco tenían tiempo para ocuparse. Le decían a mi hermana, que me llevaba seis años: ‘Cuidá a tu hermano porque si no, después no vas a ningún lado’.” Entonces Cecilia tenía que llevarlo adonde fuera y como es habitual en los hermanos mayores con los menores, lo hacía andar a los empujones.

Y luego apareció una afición adolescente: el rock and roll. Como tantos pibes de aquella época, Mauricio se deslumbró con la película Rock alrededor del reloj, con la que el músico Bill Haley y su banda Los Cometas alcanzaron el primer y rotundo éxito internacional del rock and roll: “Todos salíamos bailando del cine y con mi novia de entonces, Esther Polonsky, ganamos campeonatos de rock en Atlanta. Después ella se fue a vivir a Israel y volvimos a contactarnos hace poco; habían pasado cuarenta años sin saber nada uno del otro”.

Tres meses más tarde de que falleciera su padre -Mauricio tenía apenas 17 años-, se inscribió en el Teatro de los Independientes para estudiar con el director Carlos Gandolfo.

En ese mismo lugar daba clases de danza y gimnasia Otto Werberg, una figura definitivamente insoslayable en la historia de la danza argentina y también en la vida de Mauricio Wainrot.

“Otto tuvo infinidad de alumnos, desde Juan Carlos Copes hasta Enrique Lommi (primer bailarín del Colón y esposo de Olga Ferri), y también José Neglia, el director de cine Arturo García Buhr, Santiago Ayala, Norma Viola, Hector Zaraspe, Eber Lobato y vedettes del teatro de revistas. Había muchos bailarines y a mí me fascinaba verlos trabajar. No lo dudé y me inscribí. Otto llamaba a su estudio Manilombo, mitad manicomio y mitad quilombo; ¡allí nos formamos tantos bailarines y actores!”

Mauricio Wainrot, en el Museo de la Segunda Mundial de Gdansk, en Polonia.

“Otto fue un maestro y un amigo muy cercano y querido. Amigo mío, pero también de mi madre, que le preparaba sus deliciosas comidas judías. Había sido primer bailarín de carácter de la Ópera de Viena y cuando los nazis invadieron Austria tuvo que huir del país. La gran Margarita Wallmann, que entonces dirigía el Ballet del Colón y era austríaca como él, envió cinco contratos de bailarines: para Otto, su hermano, su hermana, su papá y su mamá. ¿Si eran todos bailarines? No, ¡en absoluto! Fue la manera que encontró para ayudarlos a salir de Austria.”

Primeros pasos de baile

A los 21 años, Wainrot abandonó su trabajo como actor, que había comenzado cuatro años antes, e ingresó al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. Bailó durante un tiempo con el grupo de Paulina Ossona, una de las pioneras de la danza moderna argentina: “En ese momento no existían Oscar Araiz ni Ana Itelman. Mejor dicho, sí existían y muy bien, pero en aquella época no para mí. El estudio de Paulina estaba en la calle Cochabamba y el salón de clase lo compartía con el marido, que era pintor. Maravilloso, trabajar con ella.”

“Recuerdo que bailábamos poemas, y una obra que conservo en mi memoria, un poema que en un momento decía: ‘Vete de forma que parezca que estás volviendo’: o sea, tenía que ir caminando hacia atrás para que la bailarina pensara que yo regresaba.”

En 1968, Oscar Araiz, que estaba formando la compañía de danza del Teatro San Martín, fue a ver a Mauricio en una clase de danza porque le habían hablado de él: “Me invitó a participar de una audición y entré en el grupo. Yo tenía condiciones, pero escasos estudios de danza y casi ninguna experiencia. Era necesario que me explicaran todo, lo más básico, como por ejemplo cómo contar los compases”.

Mauricio Wainrot recuerda sus inicios en el Ballet Contemporáneo del San Martín, con Oscar Araziz. NO daba pie con bola. Foto: Victoria Gesualdi

“Todavía tengo la imagen de Doris Petroni (nota: ex bailarina y ex codirectora del Ballet del San Martín) tratando de enseñarme: repitiendo frenéticamente las cuentas de la música, los dos corriendo de un lado para el otro y yo sin entender dónde empezaba el primer tiempo del compás y dónde terminaba el cuarto. Oscar se agarraba la cabeza. Cuando terminó la primera semana me advirtió: ‘A vos no te renuevo el contrato’. Yo no tenía opciones: tenía que aprender o aprender. Y aprendí rápidamente; a los seis meses ya estaba haciendo roles importantes. Pero nunca me olvido de aquellos primeros días de trabajo profesional.”

Wainrot permaneció como bailarín en el Ballet del San Martín que había creado Oscar Araiz hasta que el conjunto se disolvió en 1972. En 1977 regresó con la compañía recreada bajo el nombre de Grupo de Danza Contemporánea y colocada bajo la dirección de Ana María Stekelman. Las primeras obras de Wainrot fueron creadas para este grupo, entre ellas la ya nombrada Ana Frank, que le abrió el camino hacia contratos con compañías internacionales.

“Me formé como bailarín con Oscar Araiz, de esto no me cabe la menor duda. Y con todos los maestros y todas las posibilidades que había en la compañía en aquella época… Y con todos los problemas también. En el primer año se llegaron a suspender muchas funciones. Oscar montó una obra maravillosa, Symphonia, que los bailarines amábamos. Pero la gente se iba de la sala, a veces nos gritaban cosas… Por eso es tan valorable lo que hizo: realmente un pionero, muy joven, que luchó durante dos años para tener público. Después llegó Romeo y Julieta, que tuvo un gran éxito popular, y las cosas cambiaron.”

Encontrando la dirección

Mauricio Wainrot en Bordeaux, Francia, donde llevó su obra "La tempestad" por los 400 años del nacimiento William Shakespeare. Foto: Archivo Clarín

En 1999, Kive Staiff, director del Teatro San Martín, le pidió a Wainrot que se pusiera al frente de la compañía de danza contemporánea, que para entonces ya había vuelto a su nombre original de Ballet Contemporáneo.

“Le dije que podía probar durante un año. Tenía muchos compromisos afuera que no quería dejar. Pero por otra parte mi mamá -que después de muchos años de viudez había vuelto a casarse- perdió a su marido y comenzó a tener trastornos y a hacer cosas raras. Yo quería estar cerca de ella.”

Ser director de una compañía de danza implica muchísimas cosas, afirma. “No solamente ocuparse de la compañía en sí, de los repartos para cada estreno y de los bailarines; también hay que ocuparse de cuestiones administrativas. Por mi parte, yo encaré además el trabajo de contactarme con las embajadas. Me hice amigo de embajadores que colaboraron para traer coreógrafos de sus respectivos países. Un embajador de Holanda, por ejemplo, me ayudó a armar un programa con tres coreógrafos contemporáneos holandeses como invitados.”

Un aspecto quizás no tan conocido de Wainrot es su pasión o más aún, su devoción por el cine.

“Solía ver tres películas por día, todos los días desde que era chico. Y ya en la juventud tuve la suerte de ver Hiroshima Mon Amour y La Dolce Vita, en fin, todas las películas de Federico Fellini; me sé de memoria las de Ingmar Bergman, las de Michelangelo Antonioni y de Luchino Visconti. También me gustaba mucho el cine americano y siento que todo eso me ayudó muchísimo en mi tarea de coreógrafo, en mi tarea de artista.”

-¿Por qué?

-Porque creo que no hay arte superior al del cine, muy encima al del teatro. Me parece que la coreografía y el cine tienen muchas similitudes: el uso del tiempo y la poesía. Por otro lado, en el cine siempre hay música, como en la danza, y la imagen es fundamental, como es también fundamental en la coreografía. El teatro, en cambio, es más verbal. Me encanta el teatro, por supuesto; pero me gusta mil veces más el cine. Creo que de las artes, es la forma superior. Ahora no estoy tan al tanto de lo que ocurre en el cine, pero antes era un seguidor ferviente.

Mauricio Wainrot tuvo muchísimos reconocimientos a lo largo de su vida. Ahora será Personalidad Emérita de la Cultura Nacional. Foto: Victoria Gesualdi

Amor y compañerismo

El 21 de diciembre de 2008, mientras Mauricio y su pareja Carlos Gallardo iban a su casa de vacaciones en las sierras de Córdoba, un accidente en el auto en el que viajaban le costó la vida a Gallardo.

En 1984, este talentoso artista plástico, escenógrafo, vestuarista y diseñador gráfico (en este último oficio fue premiado por los afiches que creó para el Teatro San Martín) había comenzado una larga colaboración con Mauricio Wainrot, con el que compartió la vida y el trabajo a lo largo de veinticinco años. Concibió escenografías y vestuarios para más de cuarenta obras del coreógrafo que se estrenaron en numerosas compañías de danza y ballet de Europa, América y Asia.

Después de esa pérdida tan dolorosa, Mauricio pudo sin embargo recomponer su vida: desde hace trece años tiene la misma pareja, Luis Falduti, que es una presencia permanente en el día a día: “Un gran compañero, del que heredé una familia, porque él tiene un hijo y unas nietas a los que quiero muchísimo”.

Pero este año, en el que alcanzará el próximo mes de septiembre su octogésimo cumpleaños, experimenta un cierto malestar: en los últimos dos años ninguna obra suya ha sido programada en el Teatro Colón ni en el Teatro San Martín, para cuyas respectivas compañías montó un gran número de coreografías: “Me parece realmente penoso”.

Mauricio vive en la misma casa desde hace 26 años, un plazo enorme para alguien que se ha mudado tanto de hogar, de barrios, de países y de idiomas. Lo explica de forma resumida: “Soy un argentino fanático: amo a mi país, a Buenos Aires y a Messi. Amo las conversaciones y comidas con amigos. Me encantan muchas ciudades en las que viví: Madrid, Bruselas, Montreal, donde pasé once años… Bueno, un poco menos Montreal, porque hay ocho meses de invierno. Podría vivir prácticamente en cualquier lugar porque tengo pasaporte europeo; pero elijo quedarme aquí”.

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