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Luis Ziembrowski, o cómo hacer una película en doce horas y sin que ningún actor hable, sólo piense

La ductilidad en Luis Ziembrowski (63) es casi fuera de serie. Reconocido por ser uno de los más grandes villanos, cada tanto saca un as de la manga y sorprende. Dueño de una mirada inquietante y una voz que suele meter miedo, en Tenemos que hablar, la nueva película de Mariano Galperín, que se estrena este jueves 5 de febrero en el cine Gaumont, vuelve a animarse a la comedia y lo más notable: aquí manda el duelo de gestos y pensamientos.

En un guiño al cine mudo, los diálogos no se escuchan, solamente se oye lo que piensan los nueve protagonistas, a través de sus voces en off. Así, Ziembrowski, Marina Bellati, Marcelo Xicards, Guillermo Pfening, Malena Sánchez, Moro Anghileri, Diego Cremonesi, Elvira Onetto y Francisco Garamona, desnudan durante una fiesta de cumpleaños la otra verdad, la que siempre se oculta.

Actor, guionista, docente y director, a 40 años de su debut en el cine, no es lo único que Luis Ziembrowski tiene para decir. Entre proyectos propios y ajenos, este año espera el estreno de las series La jefa, aunque no quiera con Natalia Oreiro y Las reglas del boxeador con Miguel Ángel Rodríguez; y de la película Ramón Vázquez, que protagoniza su amigo Marcelo Subiotto.

Recién llegado de Villa Gesell, cuenta que viajó en plan familiar, para asistir a la proyección y conversatorio de Las siamesas -la película de la directora Paula Hernández, su pareja y mamá de Clara, la menor de sus tres hijos-.

La frase incómoda

Luis Ziembrowski es un actor habitual en las películas de Mariano Galperín. Foto: Guillermo Rodríguez Adami

-¿Coincidís en “Tenemos que hablar” es una frase incómoda en la vida real, que asusta cuando alguien se planta y pronuncia estas tres palabras?

-Sí, suele poner en un subtexto no dicho que es “ya vamos a hablar”. Tenemos que hablar es algo que se planifica, que se viene rumiando después de una situación que se saturó, casi como un límite. Da dolor de panza esa frase, si yo la recibo.

-¿La recibiste muchas veces en tu vida?

-No muchas, es más, si fueran muchas ¡ya no me dolería la panza!

-¿Casi siempre se relaciona con rupturas?

-Exacto. Salvo un cruce de pasillo y en relación a algo laboral y que puede ser positivo: “Te llamo, tenemos que hablar”. En el amor, ahí se pone oscuro, negro.

-A veces también es sólo para aclarar dudas. Por ejemplo, según la web naciste dos veces: el 25 de septiembre de 1961 y el 22 de marzo de 1962.

-No sé de dónde salió lo del 25 de septiembre, nací el 22 de marzo, todavía no cumplí los 64 años e internamente, además tengo 41 o 42…

-¿Te habías dado cuenta o no lo sabías porque nunca te buscás para leer que se dice de vos?

-Alguien me dijo. Algunas cosas sí leo, obviamente que tengo curiosidad por ver las notas publicadas o trabajos que hice. El asunto es que hoy no se deja morir nada, alguien encuentra una foto que sacó hace veinticinco años y vuelve a ponerla en la web y vuelve a morir. Esa cosa media borgiana.

Imagínate, Borges en los 80, sin redes sociales, la reflexión que hacía era: “Me vuelvo a encontrar con alguien y pregunto por determinada persona en común que conocimos y me dice que está muerto. La tristeza me invade, vuelve a morir esa persona en ese momento, cuando yo me entero”. Parece que ahora es el efecto absolutamente contrario, no muere nada…

-Mencionás a Borges, y él falleció en 1986, un año clave para vos porque recién integrado al elenco del Teatro San Martín, armaste La Pista 4 (emblemático grupo de experimentación artística), y también debutaste en la tele, en el unitario Compromiso, y en el cine con Pinocho.

-¡Y ganamos el Mundial!

Luis Ziembrowski vive con la también directora Paula Hernández y suelen escribir juntos. Foto: Guillermo Rodríguez Adami

-Dato no menor, porque una vez me contaste que de chico te soñabas jugador de la selección.

-Sí, el otro día fui a comer a una pizzería que tiene muchas fotos de viejas glorias del fútbol, y de pronto hago así (mira para atrás), y estaba la de mi ídolo de la infancia, la “Chancha” Roma, el arquero de Boca. Y en esa época yo me soñaba, como te conté, pisando una pelota o agarrándola con la mano, saliendo en la tapa de El Gráfico, pero eso fue mucho antes del 86…

-No sé si te lo planteaste, pero venir del teatro clásico e independiente y empezar en cine con Pinocho, una comedia musical es raro…

-Todo fue raro. Fue hermoso, porque fue el primer encuentro con Pablo Cedrón, él hacía de “Pólvora” y yo de “Mecha”. Eran las primeras villanías también, porque éramos los chicos malos que nos llevábamos a Pinocho, que era Soledad Silveyra, a ver al pez montaña.

Su película número 85

Entonces, Luis enumera los nombres de tantos con los que compartió escuela y escenarios: Hugo Midón, Miguel Guerberof, Manuel Iedbvani el director de El círculo de tiza caucasiano (su primera vez en el Teatro San Martín, cuando aún tocaba el saxo), Kive Staiff, Roberto Carnaghi, José María Gutiérrez, Juana Hidalgo, Federico León, Sergio Boris, el grupo La Pista 4 que lo llevó a teatros de América, Francia y España, y la obra Mil quinientos metros sobre el nivel de Jack, con la que viajó a Holanda, Alemania, Dinamarca, Austria… Hasta volver al estreno de su próxima película, la número 85.

"¿Qué quiero hacer? La revolución. Pero estoy un poco tullido", dice Luis Ziembrowski. Foto: Guillermo Rodríguez Adami

-En Tenemos que hablar siento que el desafío es que la actuación pasa por otro lado. Toda la película es con las voces en off y se transforma en un ejercicio gestual…

-Y no sabés lo que me alegra eso. La película de Mariano fue una convocatoria, no solamente por lo que había hecho ya con él –Chicos ricos, El delantal de Lili, Dulce de leche, Todo lo que veo es mío-, sino porque también tenía una idea muy poderosa: independientemente de la falta de medios había que encontrar cómo hacerla y, obviamente, en muy poco tiempo. Y se hizo en tiempo récord, porque es difícil en este momento de la vida entregarse a trabajar todos los días gratis.

-¿Fue como armar una cooperativa?

-De alguna manera se arma sola, por la idea misma de la colectivización. Hoy, o vas por las tuyas solo, como diría el amigo Capusotto, con el gesto del esclavo mirando el celular todo el tiempo con la cabeza abajo, o tratás de ver cómo se rearticula el trabajo colectivo.

Gustavo Fontán, otro creador independiente, me llamó en estos días: “Tengo un guion y pensé en vos”. Con él, también, dentro de poco vamos a estrenar la película, Ramón Vázquez, que protagoniza Marcelo Subiotto. Nos fuimos a una parrilla de Azcuénaga (pueblo histórico rural en San Andrés de Giles)… y a rodar.

Luis Ziembrowski y Marina Bellati, en una escena de "Tenemos que hablar".

Tenemos que hablar se hizo en un solo día, en tiempo real.

-Sí, doce horas, desde las cinco de la tarde hasta las cinco de la mañana. La anécdota es que se festeja el cumpleaños del dueño de casa (Marcelo Xicards) y lo organiza su mujer (Marina Bellati), e invitó a un matrimonio amigo, a un empleado de su marido y su pareja, y a mí que fui un novio de su juventud.

Es una película donde sólo se iban a escuchar los pensamientos, y eso era ya fascinante, y, además, el director trabajó con el efecto de una película muda. ¿Qué quiero decir? Que a veces hay ambientación y a veces no hay nada, solamente una voz en off, y un silencio muy increíble.

-Si se juzga por lo que se ve tu día parece de mil horas, pero en realidad muchos de los trabajos que se estrenan en plataformas o en cines llevan un tiempo de realizados.

-A todos los actores nos pasa, yo también digo a colegas, “Ah, ¡pero estás laburando”. No, eso lo hicimos hace dos años. Estamos en esa. Seguramente este año van a salir dos series que se grabaron en el 2024 para Disney +, La jefa, aunque no quiera con Natalia Oreiro, que dirige Daniela Goggi, con un elenco hermoso. Y Las reglas del boxeador, dirigida por Sebastián Pivotto, algo más folletinesco, en relación a los buenos y los malos, los ricos y los pobres de un mundo marginal con Miguel Ángel Rodríguez, que ahí está como el villano y yo soy el “gran bueno”.

-¡Lograste despegarte del “villano”!

-Lo logré, me desvillanicé.

-En 2025 cumpliste otro de tus sueños que era Ricardo III y lo hiciste con Joaquín Furriel, con quién ya habían compartido escenario en el San Martín con Hamlet.

-¡Sí! Con Joaquín tenemos una gran relación, trabajamos muchas veces juntos, no hace tanto en la serie El jardín de bronce, pero empezamos haciendo Soy gitano en Polka.

-Entre tantas cosas, fuiste un “chico Suar”.

-También. Él nos dio mucho trabajo. No pido que vuelva Polka o Underground, pero sí que vuelva el trabajo. Eso sí es un pedido, es un cartel enorme, luminoso. Pero no es solamente la producción ficcional la que está en agonía, sino la producción total de un país. Estamos en un momento peligroso, hay que buscar una salida donde no la hay, pero hay que buscarla igual.

La situación del INCAA (el Instituto de Cine) me resulta muy particular, eligen a alguien que no tiene nada que ver con el cine para que lo dirija y quedó reducido. Entiendo que tal vez en una época se entregó plata a proyectos porque sí y sospechosos, pero no había que cortar y eliminar. Esto tiene que ver también con la batalla cultural que se está jugando.

-A pesar de todo, el cine argentino sigue dando que hablar, en el medio de todo sucede Belén, Miss Carbón, La mujer de la fila, Homo Argentum.

-Esa no la vi ni la pienso ver. Pero digo, ¿cuántas películas?, ¿me podés nombrar 50 que se hayan filmado en estos dos años? ¿A cuántos artistas -como diría Diego, ya que hablamos del ’86- le cortaron las piernas? Argentina es uno de los lugares con mayor escuela de formación de técnicos de cine y artistas. ¿Cuántas series y películas se están filmando para que les den trabajo? Muchos están manejando un Uber… Es complicado.

-¿Volviste a dar clases de teatro por eso?

-Un poco sí, pero también porque me fascina, me reencontré con una vieja profesión, con algo que me gustaba y que voy a seguir haciendo.

El elenco completo de "Tenemos que hablar, la película en la que todos piensa y nadie hablar.

Las cosas del querer

Suena el timbre, y dice: “Dame un segundo que le voy a abrir a alguien muy importante en la casa”. Entra Chulo, su perro.

-Cuando dijiste alguien muy importante en la casa, pensé que era tu mujer.

-Sí, ella es muy importante, es cierto. De la casa, del país también.

-¿Cómo es la convivencia cuando se comparte la profesión, porque vos también sos director?

-Se comparte todo. Pero yo dirijo, no soy director. Ella es directora. Yo soy actor y considero que dirijo desde la actuación. Volviendo a ella, nos gusta todavía estar muy encima de la obra del otro y preguntarnos, escribimos cosas juntos y ahora estamos en unas ideas muy divertidas, pero todavía no hay nada concreto.

-Mal no les fue, porque más allá de la familia, en la pantalla todo lo que compartieron estuvo bueno.

-Sí. Su película Un amor fue nuestro encuentro y después, Los sonámbulos, para mí la mejor película de Paula, por un lado porque estoy yo (se ríe), porque es una idea original de ella y con elenco extraordinario: Érica Rivas, Marilú Marini, Daniel Hendler, Valeria Lois, Rafael Federman…

-En pandemia hicieron el corto Separado en la película Murciélagos, en el que también actúa Clara, tu hija menor.

-Sí, actúa mi hija, con guion mío y dirección de Paula. Todos los cortos fueron hechos y dirigidos a distancia, era una necesidad de supervivencia, había que hacer algo como sea. Y hasta Oscar Martínez participó en uno de los cortos de Murciélagos, él tenía que ponerse el celular, mandar y después corregir. Él nuestro fue distinto y el mejor en ese sentido del funcionamiento, porque teníamos a la directora acá adentro.

-Es un logro ser tan compañeros, porque compartir trabajo con la pareja suele ser difícil.

-Sí, pero se puede lograr y se logra cada tanto.

-Cada tanto tenemos que hablar…

-Exacto, cada tanto tenemos que hablar. (risas)

Luis Ziembrowski espera por el estreno de dos series y una película que ya tiene terminadas. Foto: Guillermo Rodríguez Adami

-Tus otros dos hijos, Nina (24) y Antonio (32), también se dedican a la actuación y participaron de tu película El villano. ¿Sentís que les transmitiste tus pasiones?

-Algo de eso, sí. Nina estudia en la UNSAM y trabajó ya en un par de películas (fue nominada como revelación por Emilia y Camila saldrá esta noche) y Antonio también participó en varias películas (la última El olor al pasto recién cortado), pero él es más de talleres y es sociólogo.

-¿Qué tenés ganas de hacer?

-La revolución, me gustaría hacer la revolución, pero mirá cómo estoy… tullido (lo dice porque se está recuperando de una operación del manguito rotador) ¿Qué quiero hacer? Quiero seguir trabajando en algunas alianzas, como volver a trabajar con Daniel Veronese en teatro, cosa que va a suceder más temprano que tarde. Te conté del nuevo proyecto de Gustavo Fontán que se llama Elena Beltrán y tengo en la cabeza un guion que escribimos hace varios años con Iosi Havilio, sobre libros de Andrés Rivera, el título por ahora es El juez y la sierva y estoy viendo cómo hacerlo.

-Ziembrowski no para.

-No, voy con lo que sea. Soy un soldado sin batalla, como dice Rafael Ferro en su película Guerrero sin batalla. Pero un poco es eso de ir buscando. Cuando hay aspectos creativos expresivos en la vida, son muy difíciles abandonarlos. Cuando está el vacío -como la página en blanco para un escritor-, es desafiante y angustiante, pero está ahí, siempre latiendo.

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