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La nueva historia de Marcelo Birmajer: Ragú Taburete, detective primario, parte 2

El caso de la figurita falsificada (Segunda Parte)

Resumen de la Primera Parte:

El Cuate Verdú, la figurita más difícil, aparece falsificada en el patio de un colegio. La compañía impresora de figuritas le encarga el caso a Ragú Taburete.

Hasta donde podía comprobar, no había niños implicados en el fraude ¿Maestros? Un comité de minicrisis, conformado por el telépata Tomás, la niña china Lin Pía y el propio Ragú Taburete, copó el sector viejo del mástil -donde las plantas del jardín languidecían pese al regado de Estefanía-, para evaluar la coyuntura.

Repentinamente un mensaje alcanzó como un rayo la mente de Tomás. Era el mono Garronero. El ágil chimpancé, muy similar a la mona Judy de Daktari, se comunicaba exclusivamente con dos humanos: con su benefactor y tutor, Ragú, por medio del Dígalo con mímica; y secundariamente, y sólo en ocasiones desesperadas, con Tomás, el telépata, siempre en función de transmitirle información a Ragú.

El mono Garronero había sido atrapado por el maestro Tejerina, célebre por haber cazado una rata atravesándola con un cuchillo por el lomo, durante el almuerzo escolar, en el comedor del Cornelio Saavedra, sobre Sarmiento, casi esquina Castelli.

Fracasado en el intento de capturarlo con un dogal, Tejerina se había munido de una caja rectangular de maní con chocolate, elixir irresistible para el audaz simio, cuya única debilidad consistía en esa golosina de cine de terciopelo. Pura intuición, la de Tejerina, que esparció entre los maníes bañados una esencia narcótica. Ahora el mono se hallaba encadenado en el sótano donde funcionaba el laboratorio del colegio Cornelio Saavedra, junto a una cabeza en formol, un sapo disecado y un esqueleto de zorro.

-Evidentemente -habló Tomás-, si el maestro Tejerina dio caza a nuestro amigo es porque quiere ocultar su fechoría.

-No necesariamente -discutió sin énfasis, dejando fluir su sabiduría milenaria, la niña Lin Pía, hija del dueño del cotillón Hong Kong-. Un mono altera los patios escolares, ¿por qué no habría de atraparlo un maestro responsable, no de falsificación, sino de conservar la calma en los recreos?

-Cualquiera de las dos hipótesis podría ser cierta -zanjó Ragú Taburete, el detective primario-. En cualquier caso debemos liberar a nuestro aliado. Luego, considerar si Tejerina es parte del complot.

No resultaba fácil a estos tres niños, ni juntos ni separados, acceder al sótano del colegio Cornelio Saavedra, mucho menos descifrar la complicidad o la mera culpabilidad de Tejerina en la falsificación de la figurita más difícil.

Intrusar físicamente un establecimiento escolar, ya no como alumno aleatorio, rapado, como el propio Taburete había logrado, sino en comando, con una misión, no era tan sencillo como recibir telepáticamente el mensaje de un mono cautivo. Precisaban movilidad y el concurso de los adultos.

El aliado natural era Franco María Massari, literalmente el cliente. El dueño de la compañía impresora Cumbianda, magnate de la figurita -no sólo fabricaba y distribuía las de fútbol, sino también Estrellita, para niñas, y las de figurantes de televisión y telenovelas, para madres, Candilejas-, se jugaba su destino en descubrir al impostor.

Promediando el año, las figus habían dejado de venderse, como una cosecha apestada.

Ragú convocó con su chiflido supersónico a su caballo Corcován. Era el segundo y último animal de su modesta Arca de Noé. Garronero había efectivamente escapado del zoológico, como señaló el periodista Berni Danguto en el diario La Mañana; pero no los días previos, como falsamente prodigó la noticia, en deliberada concordancia con Ragú.

Garronero, amenazado por una patota de monos africanos confabulados en la jaula de techo hindú, había requerido de la osadía de Ragú Taburete -infrecuente visitante-, para fugar, en el año 1974. Corcován era un caballo de sulky maltratado secretamente por la esposa del cochero. Ragú y Tomás habían liberado a Corcován y Garronero, de consuno y en una misma jornada.

Llegar de noche al laboratorio del Cornelio Saavedra para rescatar a Garronero, requería de un caballo que supiera silenciar sus cascos. Franco María Massari entraría en contacto con el maestro Tejerina con la excusa de preguntar si el hecho de que el Cuate Verdú fuera la más difícil estaría en algo alterando la armonía del ciclo lectivo. Lin Pía y Tomás permanecerían en conciliábulo, con ábaco y reflexión, para desechar sospechosos y recabar pistas.

Los hechos se precipitaron.

Ragú Taburete logró ingresar en la ominosa calma nocturna, montado en Corcován, por la entrada subterránea del laboratorio del colegio Cornelio Saavedra. Paradójicamente, un niño jinete, en el país de Leguizamo, llamaba menos la atención que ese mismo niño perdido en la noche.

La inteligencia natural equina de Corcován le permitía seguir el reguero del túnel por el cual había huido el general Perón en la década del ’50. Fallecido en 1974 el anciano general y tres veces presidente de la nación argentina, sólo una logia de contados individuos y caballos que ignoraban conformarla participaban de ese conocimiento.

Salir fue más difícil que entrar, como habitualmente ocurre. Garronero, soñoliento, no terminaba de reaccionar. Y aún quería seguir manducando los maníes. Ya asomaba el alba, y el portero Jacinto abría las puertas del establecimiento, mucho antes de lo esperado por Ragú. No les daba tiempo para retomar el camino subterráneo sin ser percibidos. También el subte de las líneas B y A despertaba. Prácticamente estaban atrapados.

Entonces el mono Garronero recuperó su lucidez. Se abrazó a Jacinto como si fueran amigos de toda la vida. El portero, habituado a los desmanes infantiles, se lo quitó de encima con curiosidad, pero sin violencia. En esa mezcla de morisqueta y semblanza de Titanes en el Ring, Ragú y el cauteloso Corcován ganaron la calle Sarmiento, Garronero se les adjuntó al instante.

-El día en que dejes de comer ese maní con chocolate -lo reconvino Ragú-, serás el mejor asistente de detective de todo el reino animal.

Por una vez Garronero desistió del lenguaje de señas.

Franco María Massari transmitió por medio de sus contactos en la red de colegios públicos la información relevante: el maestro Tejerina no había capturado a Garronero por estar complicado en modo alguno con la falsificación de la redonda del Cuate Verdú, la más difícil de aquel año. No había ultimado a la rata con el cuchillo por el lomo por algún tipo de crueldad, sino por la mera protección del alumnado. Y tampoco lo guiaba una predilección por mantener en cautiverio a los simios, sino la posibilidad de compartir con alumnos y colegas las curiosidades de la mente animal, en cuya limitación al instinto Tejerina nunca había creído.

Tomás y Lin Pía recibieron a Ragú Taburete, en el segundo recreo, con una elucubración consistente: si no había alumnos sospechosos, y acababan de descartar como sospechoso al único maestro, se imponía una recapitulación, la pregunta que la humanidad no había logrado responder desde la aparición de la primera camada de figuritas coleccionables: ¿quién determinaba la figurita más difícil? ¿Era mero azar, un determinismo histórico -lo que fuera que eso significara-, o una manipulación rigurosamente digitada?

Si lograban averiguar de qué modo se decidía la más difícil, quizás aparecieran las huellas de un posible culpable. La horma de la más difícil, la horma de la falsificación.

Ragú Taburete, satisfecho y expectante con el curso de la investigación, permitió que su fiel caballo Corcován regresara a sus tareas habituales: la tracción del arado en la modestísima granja familiar. Ragú provenía de una tierra yerma, de una familia pobre de toda pobreza, a la que había rescatado del hambre por medio del trabajo.

(Continuará)

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