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El oscuro secreto detrás del himno de Peaky Blinders: crímenes reales y el disco que Nick Cave manchó con sangre

“Es un fantasma, es un dios, es un hombre, es un gurú”. Quien haya visto la secuencia inicial de Peaky Blinders conoce esa voz de barítono que parece venir del fondo de una mina de carbón. Es Nick Cave cantando Red Right Hand, una oda al ángel caído que hoy es un himno global. Pero antes de ser el sonido oficial de la familia Shelby o de musicalizar escenas de tensión en la saga Scream, Cave tuvo que bajar al infierno para traerse un trofeo: Murder Ballads.

Este álbum, que llegó a las disquerías un 5 de febrero de 1996, es mucho más que una pieza para coleccionistas; es una antología de crímenes, obsesiones y finales trágicos que hoy, en plena era de las docuseries sobre asesinos, se siente extrañamente cercana. Nick Cave, ese hombre alto de traje impecable y pelo ala de cuervo, se transformó aquí en el cronista de una oscuridad que todos reconocemos, pero pocos se atreven a cantar.

La “mano derecha roja”: un pacto entre la música, la poesía y el crimen

La canción que hoy todos asocian con la caminata de Cillian Murphy por las calles de Birmingham tiene un origen mucho más culto de lo que parece. Red Right Hand no fue escrita para la televisión; fue el gran aviso de lo que vendría en Murder Ballads. Su título es una cita de El paraíso perdido de John Milton, donde describe la mano de Dios cayendo con furia sobre los rebeldes.

Musicalmente, es un blues acechante sostenido por una campana que suena como una sentencia. Según los archivos del músico, nació de un proceso de “escritura automática” para describir a una figura de poder que llena de promesas a quienes no tienen nada, para luego cobrarse una deuda impagable. Es el preámbulo perfecto para un disco donde nadie sale ileso.

Nick Cave sabe escribir sobre el dolor y la muerte. Foto: EFE/EPA/José Coelho

Cuando acecha la maldad: un disco de amor, de locura y de muerte

Si el escritor Horacio Quiroga viviera hoy, seguramente escucharía a Nick Cave. Murder Ballads funciona bajo la misma premisa que aquellos cuentos del autor uruguayo: son relatos donde la naturaleza humana se quiebra y la muerte acecha en el último párrafo.

Cave tomó baladas folclóricas de hace cuatro siglos -esas piezas que los expertos llaman murder ballads– y les inyectó la urgencia de una noticia de última página.

En este disco cada canción es un cortometraje con guion de hierro. En la imponente Song of Joy, el protagonista narra la masacre de su propia familia con la frialdad de un Keyser Söze (el misterioso villano de la película Los sospechosos de siempre).

Como en los mejores relatos de Borges, el narrador es sospechoso (Hombre de la esquina rosada, La forma de la espada): nos hace dudar de si estamos escuchando a un testigo roto por el dolor o a un asesino que busca, en el relato, una forma de redención.

Nick Cave perdió a sus tres hijos. Una vida llena de sufrimiento.

El pacto con Kylie Minogue: cuando la belleza se tiñe de amor y sangre

El gran hito del álbum fue un cruce que en los años ’90 pareció un error de la naturaleza, pero terminó siendo una obra maestra. Ver a la reina del pop, Kylie Minogue, junto al “príncipe de las tinieblas” fue un shock cultural. En la canción Where the Wild Roses Grow, Cave no compuso un romance de radio; diseñó una tragedia clásica sobre la belleza segada.

La imagen de Kylie flotando en el agua con una rosa en la boca es un ícono visual que todavía hiela la sangre. Ese contraste entre la dulzura de ella y la voz profunda de él demostró que la oscuridad puede ser increíblemente magnética.

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Algo similar ocurre en Henry Lee, su dueto con PJ Harvey. Grabado mientras ambos vivían un romance volcánico, el video muestra una tensión que no se puede fingir: son dos artistas enfrentándose a sus propios fantasmas mientras cantan sobre una mujer que apuñala a su amante por despecho.

Nick Cave: “Si amamos, penamos; ese es el trato”

Pero Nick Cave no es solo un músico sofisticado. Su vida personal ha sido atravesada por una biografía marcada por la tragedia real: la pérdida de dos de sus hijos en los últimos años lo convirtió en una figura que hoy responde a sus fans con una honestidad desgarradora. Como bien explicó en una de sus extraordinarias respuestas en su sitio The Red Hand Files: “Me parece que si amamos, penamos. Ese es el pacto del duelo y del amor. El dolor no es negociable”.

Esa vulnerabilidad se siente incluso en sus momentos más salvajes, como en Stagger Lee. Basada en una vieja pieza de blues que relata un crimen real en un bar de San Luis en 1895, es posiblemente la canción más violenta del disco.

En su concierto en la Argentina en 2018, Cave hizo subir al público al escenario durante este tema. En medio de la euforia de los celulares encendidos, él les soltó un latigazo necesario: “¡Entonces bajen sus malditos teléfonos!”. Fue la orden de un gurú que exigía que el arte ocurriera ahí, en el presente, sin pantallas de por medio.

Nick Cave & The Bad Seeds, en el estadio Malvinas Argentinas, en 2018. Foto: Andrés D’Elia

El gurú de un mundo velado: ¿Por qué Cave hoy?

La vigencia de Nick Cave no es casualidad. Mientras hoy mismo llena estadios en su gira mundial “Wild God”, el estreno del documental Veiled World en Inglaterra lo muestra en una nueva faceta: la del superviviente que convirtió sus demonios en ángeles.

El recorrido de Murder Ballads termina con una nota inesperada. Después de una hora de crímenes y sombras, toda la banda se une para cantar Death is not the End, el clásico de Bob Dylan. Es la astucia final de Cave: ofrecernos un cierre de esperanza después de habernos mostrado lo más profundo de la condición humana.

A tres décadas de su salida, este disco sigue siendo ese lugar al que volvemos para entender por qué nos fascina tanto lo que nos asusta. Como decía el poeta Baudelaire, la mayor astucia del diablo es convencernos de que no existe. En el universo de Nick Cave, el diablo tiene una voz profunda y sabe contar, mejor que nadie, las historias que no podemos dejar de escuchar.

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