Teatro Abierto: cómo el cierre de una cátedra y la feroz censura hicieron que actores, directores, autores y público se unieran contra la dictadura


Cuando se eliminó la cátedra de Teatro Argentino Contemporáneo de la Escuela Nacional de Arte Dramático, se empezó a escribir un nuevo capítulo en la historia del teatro nacional. Ante la adversidad, un grupo de prestigiosos dramaturgos quiso demostrar su existencia, porque no estaban dispuestos a que los silenciaran. Era el año 1981, Argentina estaba bajo la dictadura militar y ellos fundaron Teatro Abierto.
Hace 45 años, la premisa del gobierno era que no existían los autores nacionales. Pero existían. Y se llamaban Roberto Tito Cossa, Roberto Perinelli, Ricardo Halac, Ricardo Monti, Griselda Gambaro, Alberto Drago, Carlos Somigliana, Eugenio Griffero, Eduardo Pavolvsky, Elio Gallipoli, Diana Raznovich, Víctor Pronzato, Carlos Gorostiza, Carlos Pais, Pacho O’Donnell, Aída Bortnik, Patricio Esteve, Osvaldo Dragún, Jorge García Alonso, Oscar Viale y Máximo Soto.
El 28 de julio de 1981, en el Teatro Picadero, comenzó Teatro Abierto, un movimiento cultural y de resistencia, en el que más doscientos artistas representaron 21 obras breves, en un contexto de censura. Se presentaban tres obras por día en las que reclamaban libertad y denunciaban la persecución, pero desde la metáfora. La respuesta del público fue inmediata. Ese día comenzaron las funciones a sala llena. Pero una semana después, el 6 de agosto, durante la madrugada, un incendio provocó la destrucción del Picadero.
Muchas de la piezas que integraron el primer ciclo de Teatro Abierto se siguen representando. Hubo decenas de puestas de El acompañamiento, de Carlos Gorostiza, en estos últimos años. Hace 45 años la protagonizaron Carlos Carella y Ulises Dumont, dirigidos por Alfredo Zemma. Y Luis Brandoni -quien también fue parte de Teatro Abierto- la hizo en el Multiteatro en el 2021. Tuco quiere cumplir su postergado sueño de ser cantante de tango; le falta poco para jubilarse, pero deja de ir a la fábrica para ensayar. Se encierra en su habitación y su familia le dice que está loco. Sebastián, su amigo, llega para hacerlo entrar en razones, pero termina comprendiendo el genuino deseo de libertad de Tuco.
De eso se trató Teatro Abierto, de contar historias, que podrían suceder en cualquier contexto; pero que en 1981 apelaban a una segunda lectura, esa que decía sin decir que el autor nacional existía, así como los directores y los actores, y que clamaban libertad.
Carlos Carella y Ulises Dumont, en “El acompañamiento”, la obra de Carlos Gorostiza que se vio en Teatro Abierto.El incendio del Picadero
El pasado 6 de agosto, el productor teatral Sebastián Blutrach publicó en su Instagram: “Un día como hoy, hace 45 años, la dictadura cívico militar realizó un atentado contra la cultura y el primer movimiento de resistencia cultural, Teatro Abierto, quemando su sede, el Teatro Picadero, con una bomba incendiaria de la Marina. Hoy el Teatro Picadero tiene un hermoso presente y quienes lo llevamos adelante seguimos firmes con las mismas convicciones, militando las causas que consideramos justas y ofreciendo un espacio de cultura, reflexión, emoción y entretenimiento. La cultura a través del teatro es identidad y siempre un lugar desde donde movilizarnos y repensarnos para ser una sociedad mejor y más justa. Memoria, verdad y justicia siempre”.
Es el actual presidente de AADET (Asociación Argentina de Empresarios Teatrales y Musicales) y dueño del emblemático Teatro Picadero (Pasaje Santos Discépolo 1857), desde el 2012. Ese mismo en el que se estrenaron las obras de Teatro Abierto en el ’81, y que a los pocos días del debut, sufrió un incendio Desde entonces, se convirtió en emblema de la resistencia cultural.
Luego del incendio, los hacedores de Teatro Abierto se mudaron al Tabarís y el Picadero recién reabrió sus puertas 31 años después -aunque hubo una reapertura en el medio-, gracias a la gestión de Blutrach.
“Cuando inauguré el Picadero lo invité a Tito Cossa a hacer el corte de cinta”, recuerda Blutrach. El Picadero llevó más años cerrado, que abierto. Así afirma y lo confirma con datos. “El teatro se abrió en 1980 y en 1981 fue el incendio. Estuvo cerrado hasta el 2000. Ahí tomó la dirección artística Hugo Midón, pero solo estuvo abierto un año. Hasta el 2012 -en el medio, funcionó como estudio de TV-”, repasa. Fue entonces cuando el productor teatral se hizo cargo de ese espacio.
Sebastian Blutrach, el actual dueño del teatro El picadero.Teatro Abierto es parte de la historia del Picadero. Es un teatro “nuevo” desde 2012, pero no puede desprenderse de su pasado. De lo que fue y, en consecuencia, seguirá siendo. Sobre el pasaje rauch, escondido a pasos de Corrientes y Callao, pero que todos los teatreros saben que existe y lo frecuentan, desde hace 14 años cobró nuevamente vida un espacio teatral que porta el peso de su historia y se proyecta hacia adelante permanentemente, ahora, con la impronta de su dueño.
“Ese día del atentado, yo tenía 12 o 13 años. Recuerdo haber escuchado lo que sucedió. Pero mi vínculo con Teatro Abierto comienza cuando empiezo a ver la posibilidad de comprar el Picadero y reconstruirlo”, repasa Blutrach. Estuvo en el lugar indicado, en el momento preciso. Así explica cómo llegó a estar al frente de ese teatro.
“Soy productor de teatro, pero no había sido dueño de salas hasta el 2012. Eso me llevó a buscar un espacio propio, fui a ver el Picadero y hay algo de la historia del teatro que me sedujo y me llenó de compromiso”, asegura. “Por eso estoy comprometido con ciertos temas como los derechos humanos, una mirada de género, el medioambiente, tenemos la Fundación Teatro Picadero… Y claramente asumimos un posicionamiento político, aunque somos un teatro sin subsidios”, dice Blutrach.
Teatro Abierto fue y es enorme. Trascendió su época. Sus hacedores fueron y son grandes artistas. El mensaje sigue vigente. Y 45 años después lo seguimos recordando.
“Apenas abrí el Picadero, armé con la Secretaria de Cultura un homenaje a Teatro Abierto, que se llamó Nuestro teatro. Se representaron Papá querido, Decir sí y Gris de ausencia -las tres, de Teatro Abierto 1981-. Y organizamos un concurso de obras durante dos años, que se estrenaron en ese ciclo Nuestro teatro”, relata.
Autores, directores y actores, en defensa de Teatro Abierto.Fue en ese contexto que Federico Luppi protagonizó El reportaje, una obra de Santiago Varela “que se trataba de un militar que se encargaba de la censura y mandaba a quemar el Picadero. La dirigió Hugo Urquijo”, cuenta. Y hace poco días, Blutrach participó de la presentación de un libro sobre Teatro Abierto que lleva por título una frase de Raúl Serrano: “Estoy dispuesto a trabajar con cualquiera”.
“Me ocupo de homenajear ese movimiento, porque fue fundacional de nuestra cultura: el primer movimiento de resistencia en plena dictadura. Hacer Teatro Abierto en dictadura y con un atentado de por medio, era arriesgar el pellejo”, continúa el empresario y gestor cultural, quien destaca la potencia que tiene el teatro en la cultura, mientras nos ofrece su propia versión de un lugar lleno de historia.
Fachada del Teatro El Picadero, luego del atentado, el 6 de agosto de 1981.Roberto Perinelli, el primero
Olga le pregunta a Carmen sobre la inundación: “¿Sigue creciendo?” Y Carmen responde que sí. Olga vuelve a preguntar: “¿Cómo es que se da cuenta de que está creciendo?”. Así comienza Coronación, una de las 21 obras que se estrenaron en Teatro Abierto, escrita por Roberto Perinelli. Unos pueden ver lo que está pasando y otros, aunque sucede delante de sus ojos no lo ven. Coronación fue la pieza con la que se inauguró Teatro Abierto, en 1981.
“Espero sobrevivir hasta los 50 años de Teatro Abierto”, desea Perinelli. A sus 86 años, continúa dando clases de Historia del Teatro Argentino en la Diplomatura en Dramaturgia, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, es el presidente de la Fundación Carlos Somigliana -que conduce el Teatro del Pueblo- y es miembro de la comisión directiva de Argentores. Y siempre está bien dispuesto a las charlas que inevitablemente lo llevan a Teatro Abierto.
“De los 21 autores, estamos vivos Pacho O´Donnell, Máximo Soto, Griselda Gambaro, Ricardo Halac, Diana Raznovich, que vive en España, y yo”, enumera. “El tiempo pasa y la naturaleza hace lo suyo…”.
Anécdotas tiene montones. Hablar con Perinelli es llevarlo a revivir esos momentos fundacionales de los que fue parte y transitarlos con él. “Hubo dos disparadores para que se creara Teatro Abierto”, afirma. Uno fue la supresión de la cátedra de Teatro Argentino de la Escuela Nacional de Arte Dramático. “Y el otro, unas desdichadas declaraciones de Kive Staiff, quien estaba al frente del teatro San Martín. Cuando le preguntaron por qué no programaba autores argentinos, dijo que era porque no existían. Y entonces, los autores, sobre todo los que estaban consagrados como Cossa y Gorostiza, nos sentimos ofendidos”, repasa.
“No todos los autores eran montoneros, ni peronistas, ni comunistas. Por ejemplo, Gorostiza era radical; pero a todos se los censuraba igual. Así apareció la famosa frase: Algo hay que hacer”, recuerda Perinelli. Y algo hicieron: se llamó Teatro Abierto. “Fue una creación de los autores; después vinieron los directores, actores y actrices”, agrega.
“Osvaldo Dragún trajo la fórmula; la de las tres obras por día, en un horario alternativo, durante dos meses”, dice. “No sé si era un sentimiento general, pero creo que nadie tenía demasiada certeza de la trascendencia que íbamos a tener. Todos pensábamos que algo iba a pasar, pero de ahí a que me estés hablando por los 45 años…, es algo que en ese momento no me imaginaba”.
Teatro Abierto. Pepe Soriano y Elvira Vicario, en “Gris de ausencia”, en 1981.El entusiasmo del público los sorprendió. “Todo era maravilloso”, recuerda esa primera semana en el Picadero, antes del incendio. “El Picadero tenía 300 localidades y estaban repletas. Eso se repitió en el Tabarís. El acto de propaganda más eficaz fue el incendio. Fue costoso y desgraciado, pero los militares nos hicieron propaganda”, reflexiona.
¿Qué pasó el 6 de agosto? “A mí me llegó una versión: que era una bomba de la Marina, porque la bomba explotó en el medio de la platea y fue para arriba y quemó el techo. Los camarines con la utilería y el vestuario se salvaron; por eso se pudo reponer rápidamente en el Tabarís, donde estaban al frente Carlos Rottemberg y Guillermo Bredeston”.
“Fue en el bar La Academia, de Callao y Corrientes, donde nos reunimos después del incendio. Había dos opciones: o parar o seguir. Todos tomamos conciencia de que la cosa era más peligrosa de lo que creíamos, que la dictadura respondía matándote. Pero la opción fue seguir. Dragún propuso una reunión con la prensa, en el teatro Lasalle, anunciando que se iba a seguir. Y llegaron 17 propuestas de teatros ofreciéndose. En esa reunión estuvieron Sabato y Pérez Esquivel, y recibimos una nota de apoyo de Borges”, comparte el recuerdo.
Roberto “Tito” Cossa, uno de los impulsores de Teatro Abierto. Foto: EFE/ Elvira Urquijo A.“Y elegimos el Tabarís. Al estar en la calle Corrientes, pensamos que teníamos un poco más de protección. Lo del Tabarís fue inolvidable”, asegura. “Una de las pocas medidas de seguridad que estaban a nuestro alcance era que los actores no llegaran muy temprano al teatro, para evitar detenciones en busca de antecedentes, que podían demorarlos”, dice.
“Resisto. Desde el Teatro del Pueblo, que es un órgano de resistencia; desde mi cátedra, que también lo es. Ese es mi humilde aporte. Pero va a ser muy difícil volver a las épocas entusiastas”, se lamenta.
Gris de ausencia
“Cuándo vamo’ a volver a Buenosaira, Chilo. Cuándo”, añora el Abuelo. La nostalgia atraviesa a una familia rota. La nieta, en Madrid. El nieto, en Londres. Los demás, en Roma. Gris de ausencia, la pieza de Roberto Tito Cossa, también fue una de las veintiuna que se estrenaron en el ’81. Luis Brandoni era Chilo. Y Pepe Soriano, ese abuelo, inmigrante italiano en la Argentina, que estando de regreso en Italia, extrañaba el barrio de La Boca.
En esa puesta original, Elvira Vicario era Frida; ella era muy jovencita y la convocó su profesor Carlos Gandolfo. Cuando fue el incendio “la tristeza y la bronca fueron enormes”, repasa la actriz. Ese día, el 6 de agosto, habían hecho la segunda función de Gris de ausencia en el Picadero, que sería la última en ese teatro. Elvira Vicario era preceptora a la mañana y a la tarde formaba parte de Teatro Abierto; pero por ser parte de ese movimiento, “me corrieron de mi trabajo como preceptora”, dice.
Luego, a lo largo de los años, la obra se hizo muchas veces, en distintos escenarios y con distintos elencos. Y ahora volverá a tener una nueva puesta, en Andamio 90, pero con un plus. La versión que se presentará pertenece no sólo a Roberto Cossa, sino también a su hijo, Mariano Cossa.
“Tenía ganas de dirigir Gris de ausencia -cuenta Celina Yañez, la directora-. Me comuniqué con Mariano y le propuse escribir un preámbulo para sumar al texto original”. Y Mariano, que además de músico es dramaturgo, dijo que sí. Así, la obra breve se reconvirtió en una puesta de casi una hora, que se propone como una pieza compacta.
“El que conoce la obra, no va a entender nada al principio, porque aparecen cinco personas que reflexionan sobre el exilio, pero no desde los personajes de la obra original, que sí asumen después”, explica. Gris de ausencia, pero con el subtítulo Irse para volver, subirá a escena el 6 de septiembre, en Andamio 90 (Paraná 660), emblemática sala fundada por Alejandra Boero.
Teatro por la identidad
Con un espíritu similar al de Teatro Abierto, TxI es un ciclo de teatro que también denuncia y reclama. Y crea conciencia. Con el propósito de contribuir a la causa de las Abuelas de Plaza de Mayo para encontrar a sus nietos, Teatro x la identidad propone, año tras año, obras que acompañan esa búsqueda.
El ciclo de monólogos Idénticos de Teatro x la identidad se presenta los lunes de agosto a las 20 en el ND Teatro (Paraguay 918), con entrada libre y gratuita -las entradas se retiran desde las 18 en la sala-. Actúan Florencia Raggi, Muriel Santa Ana, Osqui Guzmán, Malena Guinzburg y Guillermo Pfening, entre otros.



