Rugido: “Dios nunca me soltó, aunque yo quería soltar todo”


Cuerpo:
Ocho meses. Ocho meses viendo la lona desde afuera, con el hombro hecho pedazos y la cabeza llena de dudas. Para un luchador, eso es una eternidad. Para Rugido, fue el golpe más duro de su carrera, uno que no se cura con vendas ni rehabilitación.
“Hubo noches en las que me preguntaba si valía la pena. No por el dolor físico, sino por la soledad de no poder hacer lo único que sé hacer”, confiesa el gladiador, con la voz aún ronca de tanto gritar en el gym. La lesión lo sacó de los reflectores, de la adrenalina, del rugido de la multitud que lo bautizó.
Pero en ese silencio forzado, dice, encontró algo más fuerte que un título: la fe. “No es que Dios me haya quitado el dolor. Es que me enseñó a cargarlo. A entender que caer también es parte de la lucha”, explica.
Hoy, Rugido está listo para volver. No para recuperar terreno, sino para demostrarse a sí mismo que la fe no se mide en victorias, sino en levantadas. El ring lo espera, y él ya no teme al ruido. Porque aprendió que el rugido más poderoso es el que nace en silencio.
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