“Correr en la CDMX es un examen que no termina en la meta”: Daniela Pérez y el reto de la altura y el smog


Cuerpo:
Hay maratones que se ganan con las piernas y otros que se ganan con la cabeza. Para Daniela Pérez, el de la Ciudad de México pertenece al segundo grupo. A simple vista, el circuito parece plano y hasta amable, pero la realidad golpea distinto: la altitud, la humedad que no da tregua y la contaminación que se siente en cada inhalación.
“Uno llega creyendo que es cuestión de ritmo, pero a partir del kilómetro 30 el cuerpo empieza a preguntarse si realmente entrenaste o solo sobreviviste”, confiesa la corredora.
No es queja, es advertencia. La capital, con sus 2,240 metros sobre el nivel del mar, juega una mala pasada a los pulmones. Y si a eso le sumas el smog, la mezcla se convierte en un cóctel que no aparece en los planes de entrenamiento.
“Cada bocanada se siente más pesada. No es como correr en la playa o en una pista a nivel del mar. Aquí el esfuerzo se duplica y la recompensa se siente hasta el último kilómetro, cuando cruzas la meta y por fin puedes respirar profundo”, agrega.
Daniela no lo dice con desánimo, sino con respeto. Porque para ella, la CDMX no es solo una carrera: es una prueba de carácter. “Es el maratón más difícil, no por el recorrido, sino por todo lo que no ves. La ciudad te exige más de lo que imaginas, y eso, al final, te hace más fuerte”.
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