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El inclasificable Mono Villegas, el pianista argentino que tocó con Martha Argerich y que con contrato en los Estados Unidos se negó a grabar música cubana

Enrique “Mono” Villegas fue probablemente el músico más libre e inclasificable que produjo la Argentina, también uno de los más difíciles de encasillar y, por eso mismo, uno de los más olvidados. A cuarenta años de la muerte (11 de julio de 1986), puede decirse que Villegas trascendió su actividad estrictamente musical. Lo seguía mucho público, tan amado como rechazado, tenía un humor corrosivo y escaso filtro. Eran conocidos sus monólogos en medio de los conciertos. Apareció en medios gráficos especializados y otros como la revista Humor y Gente. Estaba presente en la agenda mediática del país.

“Mono” fue un apodo inventado por la prensa. Cuando le preguntaron por qué lo llamaban así, respondió: “Será porque imito muy bien a los seres humanos”.

Enrique Villegas no sólo llenó todos los teatros de la avenida Corrientes, también un estadio de fútbol, el de Vélez Sarsfield. Tocó Rhapsody in blue, de Gershwin, para 20.000 personas con la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por Jacques Bodmer. Fue el primer músico de jazz que tocó en el Teatro Colón, en dos oportunidades, en 1971 y 1975. Y el único músico de jazz local que logró en la década del ’50 un contrato con la Columbia para grabar en los Estados Unidos: Introducing Villegas y Very, Very, Villegas fueron los dos discos dedicados exclusivamente al jazz, acompañado por el contrabajista Milt Hinton y el baterista Cozy Cole, ambos habían sido miembros de los All Star de Luis Armstrong.

Boris Vian, el gran escritor francés, hizo crónicas para la revista Jazz Hot y tenía un programa de radio, en una de sus crónicas dedicada a las producciones más importantes de mediados de los 50, destacó un disco de “un tal Villegas”.

Pero la carrera internacional del Mono se frustró cuando Columbia le pidió que grabara un disco de homenaje a Ernesto Lecuona, el gran compositor cubano que acababa de fallecer. Se negó. “No. No vine a los Estados Unidos para tocar música latina -respondió Villegas–. Para eso me quedaba en la Argentina o iba a vivir a Cuba. Yo quiero tocar jazz”. Como le confesó a Antonio Carrizo: “Siempre me he privado de las cosas que no me gustan”.

Fue el fin de su carrera en Nueva York. Lo dejaron sin contrato, vivió en un sótano de un edificio, a café con leche y pan. En 1963 se fue a Paris, pasó por Hamburgo y luego volvió a Buenos Aires.

A Enrique Villegas le preguntaron por qué le decían Mono: "Será porque imito muy bien a los seres humanos", contestó.

El Mono criollo

Antes de irse a la ciudad de los rascacielos, el Mono había aprendido a tocar “música criolla” -como decía él- cuando reemplazó a Horacio Salgán en el dúo Martínez-Ledesma. Uno de sus primeras grabaciones fue un disco de folclore. En 1952 hizo un registro precioso, únicamente con composiciones de Adolfo Ábalos, por exigencia del mismo Villegas, para el sello Music Hall.

La amistad con Adolfo Ábalos se remonta a finales de los años ’30 y principios de los 40, cuando Villegas se acercó al grupo F.I.J.O.S. (Folclóricos, Intuitivos, Jazzísticos, Originales y Surrealistas), creado por Leda Valladares (cantaba con el seudónimo de Ann Kay), Manolo Gómez Carrillo y Ábalos. También se sumaron Gustavo “Cuchi” Leguizamón, Rodrigo Montero y Lucía Bolognini Míguez, conocida como Lois Blue.

El Mono y Ábalos coincidieron en Nueva York y convivieron unos años.

Villegas también tenía una sólida formación académica, tocaba un amplio repertorio para piano que incluía clásicos y modernos. En la década del ’30, ya recibido de profesor de piano, estrenó el Concierto para piano para la mano izquierda de Ravel, en el teatro Odeón, a los 19 años. También estrenó en 1932 la versión original de la Rhapsody in Blue de George Gershwin en el Consejo Nacional de Mujeres. Además de jazz, clásico y folclore, tocaba tango. Amaba el cine tanto como a las mujeres.

“Me quise casar con Leonor Hirsch de Caraballo para ser el presidente de Amigos de la música y traer a Markevitch, Oistrakh, a todos los mejores músicos del mundo”, confesó en una oportunidad.

En Metamorfosis (1967) registró su admiración por Chopin, grabó los 24 Preludios, donde exhibe un profundo entendimiento formal y armónico, acompañado por Jorge López Ruiz en contrabajo y Eduardo Casalla en la batería.

Tras su ruptura de contrato con Columbia, Enrique "Mono" Villegas se quedó en Nueva York viviendo en un sótano, a café con leche y pan.

Era un gran lector, admirador y amigo de Macedonio Fernández, también de Borges. Le interesaba todo. Escuchaba todo. Sobre el eclecticismo de Villegas da cuenta el repertorio de un famoso concierto en los años ’50, tocó de todo: Schumann, folclore, Brahms, y en la última parte, jazz.

Su pasión por el jazz

Tenía 9 años cuando descubrió el jazz y quedó fascinado. Rodrigo Montero lo introdujo a Duke Ellington, con un disco que se conseguía en Buenos Aires bajo el nombre de Rudo Interludio. Fue un antes y un después. Sus otros “maestros espirituales” fueron Art Tatum y el pianista de Louis Armstrong, Fats Waller.

En la década del ’40 fue uno de los fundadores de Be Bop, que comenzó a funcionar en 1945. En ese club debutaron, entre muchos otros, Lalo Schifrin.

“Villegas en un personaje muy especial… tenía un gran complejo de inferioridad, algo que nunca entendí”, dijo el autor de la música de Misión imposible. “A mi criterio era un gran músico clásico, pero no tanto de jazz… tenía una buena técnica, pero no tenía el feeling o el swing para tocar jazz”.

Enrique "Mono" Villegas tocó dos veces en el Colón y también en el estadio de Vélez Sarsfield, ante 20.000 personas.

Sin embargo, cuando Schiffrin se fue en 1963 de New York a California y dejaba su puesto en el grupo de Dizzy Gillespie, le sugirió al trompetista que escuchara y considerara a Villegas para reemplazarlo. “This man is a fucker crazy”, concluyó Gillespie, según cuenta Schifrin y recoge el libro de Claudio Parisi, Mono. Buscando a Enrique Villegas (Vademécum).

Esa biografía coral -en la que participan músicos, familiares, amigos, ingenieros de grabación, periodistas-aporta el testimonio de Miguel Zavaleta, sobrino de Enrique Villegas, primo de su madre y cantante del grupo de rock Suéter. Cuando Enrique se quedó huérfano fue adoptado por los Devoto Villegas, parientes sanjuaninos de Zavaleta. Una tragedia familiar -en un accidente automovilístico en el que el músico iba al volante, perdió la vida su primo- marcó un punto de inflexión en su vida. Tras un accidente, parte de la familia lo responsabilizó por lo ocurrido y fue expulsado del hogar. Entonces se trasladó a Buenos Aires para vivir con otra de sus tías, Anatilde Villegas, en un departamento de Recoleta.

Aunque Zavaleta lamenta que era muy chico y estaba muy metido en su mundo para entender y aprovechar el talento de su tío, alcanzó a compartir el amor por Schumann, Schubert, Chopin, Chaikovski, Ravel. En su recuerdo aparece como un personaje muy solitario, aunque también alguien con mucho sentido del humor y con el que encontraba motivos para divertirse.

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La hermana de Zavaleta iba al colegio con Martha Argerich. La diosa del piano solía frecuentar la casa de Villegas y tocó con él en más de una oportunidad. Vitillo Ábalos cuenta en el imperdible documental Enrique Villegas un músico libre (2026), de Claudio Koremblit -recientemente estrenado en el Rojas– que fue Argerich quién eligió a Villegas para tocar con ella en Radio El Mundo.

El Mono Villegas aprendió técnica pianística nada menos que de Solti Sandor, el único alumno de Béla Bartók. Según contó a Antonio Carrizo, Sandor fue a su casa y lo vio tocar muy mal, porque nadie le había enseñado técnica pianista hasta entonces. Sandor se sacó el saco, la camisa y le mostró todos los músculos y le enseñó el relax para tocar. “El piano se toca así -le dijo el húngaro- o con los dedos, o con la palma, o con todo el antebrazo para los fuertísimos”.

Lalo Schifrin le recomendó a Dizzy Gillespie contratar al Mono Villegas para su grupo de jazz.

Maneras de mantenerlo vivo

Con un anecdotario inagotable y una personalidad irrepetible, Enrique “Mono” Villegas confirma el viejo dicho: si no hubiera existido, habría que inventarlo. Por fortuna, cuarenta años después de su muerte, el pianista sigue siendo una rara avis de la música argentina y se puede seguir profundizando en su arte a través del documental recientemente estrenado de Claudio Koremblit, un verdadero custodio de la memoria audiovisual de la música argentina.

Productor televisivo desde fines de los años setenta y colaborador de Juan Alberto Badía, dedicó décadas a rescatar, digitalizar y preservar registros históricos que de otro modo se habrían perdido. A través de su proyecto Armusa (Archivo Musical Sudamericano), reunió más de 800 videos, documentales y entrevistas dedicados al rock, el jazz, el tango y el folclore, convirtiéndose en una referencia indispensable para la preservación del patrimonio musical argentino. Además del documental dedicado a Villegas, entre los proyectos más recientes de Koremblit figuran los dedicados a Sergio Mihanovich, Gustavo “Cuchi” Leguizamón y Tommy Gubitsch, que serán estrenados próximamente en un ciclo en el Centro Cultural Ricardo Rojas.

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La biografía coral Mono. Buscando a Enrique Villegas, primera sobre una leyenda de nuestra cultura, es otro imperdible. Parisi, su autor, fue construyendo a la leyenda a través de las voces de sus entrevistados, como en el filme El ciudadano, de Orson Welles. El libro incluye el CD Mono. Arqueología sonora de Enrique Villegas, que reúne el registro en vivo de Rhapsody in Blue, interpretada en el estadio de Vélez Sarsfield, con la presentación de Héctor Larrea, además de tres grabaciones de 1955 en las que Villegas está acompañado por el saxofonista Jorge “Bebe” Eguía.

El pianista de jazz Enrique "Mono" Villegas. Se cumplieron 40 años de su muerte.

Como escribió Claudio Kleiman, Enrique Villegas fue el emblema de una Buenos Aires que ya no existe: una ciudad cosmopolita donde convivían Piazzolla y Rovira, el nuevo folklore, el primer rock argentino, la bossa nova y un incipiente movimiento de jazz local. Cuarenta años después de su muerte, ese universo puede redescubrirse en los discos que el sello Trova volvió a poner en circulación, en las memorables conversaciones con Antonio Carrizo recuperadas por Litto Nebbia en Melopea, además del documental de Koremblit y la biografía de Claudio Parisi.

Pero, sobre todo, sobrevive en una obra que sigue desafiando cualquier clasificación. Ningún otro pianista argentino transitó con semejante naturalidad entre Chopin y Duke Ellington, entre el folklore de Adolfo Ábalos y el jazz de Harlem, entre el Teatro Colón y un estadio de fútbol. Libre hasta el extremo de resignar una carrera internacional antes que renunciar a sus convicciones, incómodo para cualquier etiqueta y dueño de una personalidad irrepetible, Enrique “Mono” Villegas fue mucho más que un gran pianista de jazz: fue uno de los músicos más originales que produjo la Argentina. Y esa sigue siendo la mejor manera de recordarlo.

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