Anita Martínez a los 51 se va de viaje de egresados por primera vez: cómo es la vida de la actriz que la rompe como Tita Merello, se levanta a las 4 y media y cultiva su huerta

Le calzarían a la perfección varias etiquetas y, al mismo, Anita Martínez es de las inclasificables. Cualquier encasillamiento le quedaría chico. Es bailarina, sí. Es actriz, sí. Es cómica, sí. Trabaja en radio, sí. Trabaja en teatro, sí. Da clases, sí. Demasiados sí que, sin embargo, no la encuentran en el listado de las figuras que viven colgadas de la marquesina. Ni derrocha purpurina. Anita va por la vida con bolsas siempre, con el pelo atado, con la sencillez y la simpleza de quien no necesita mostrarse. Sólo se deja ver. Y el que no la ve, una lástima, se la pierde.
Dueña de un talento al que le viene sacando punta hace más de 30 años, se levanta a las cuatro y media para trabajar en radio y a la noche se mete en la piel y en el alma desgarrada y pícara de la gran Tita Merello. Y ves a una y reconocés a la otra. Y para quien ha entrevistado a las dos hay una fragancia silenciosa e invisible, como toda fragancia pero más poderosa, que las emparenta.
Anita es uno de los pilares de Ellas son tango, un espectáculos precioso (ahora en pausa por unos días) en el que comparte cartel con Andrea Ghidone (hace de María Nieves y también es la creadora y directora del show), Marisol Otero (compone a Libertad Lamarque) y Vanesa Butera (en la piel y la voz de Nelly Omar). Y desde la barra el Chino Laborde -un hombre moldeado en el 2×4- se le anima a la actuación.
El año pasado debutaron el espacio Origami, en la Costanera, este verano pasaron al Astral, hace unas semanas volvieron a Origami y desde el 7 de agosto regresan a esa sala emblemática de la calle Corrientes.
La otra Tita de Buenos Aires. Anita la admiraba, pero para la obra se estudió toda su gestualdiad y su dicción. La otra cara de La Merello
Una de estas frías mañanas invernales, a la hora en la que muchos empiezan el día ella ya tiene un trabajo adentro (integral equipo de El club del Moro, el programa radial que conduce Santiago del Moro en La 100 de 5.30 a 10) y se entrega a la charla con Clarín sin reloj, aunque su hoja de ruta diaria siempre la apura.
-Con Tita Merello a cargo y más de 30 años de oficio, ¿podrías decir aquello tan en uso de “mamá, llegué”?
-Sí, claro, es un personajón. Hay algo lindo que me pasó con este personaje que es como que pude alcanzar, en esta especie de excusa actoral, la unión de muchas cosas que vengo haciendo toda la vida y que me agarra en una etapa de madurez. Y a la vez interpretando a alguien en su edad madura.
-¿Te identificás en algo con ella?
-En su fuerza, en eso de ir siempre para adelante, en tener humor aún en momentos bravos. Todo mi recorrido me ayudó a encontrar un aplomo en el escenario que vengo laburando hace rato con el stand-up… pero acá descubrí una pisada fuerte y lo vivo como un logro. Pero también es cierto que este personaje es una tromba, arrasa, y no lo podés hacer con tibieza.
-¿Es difícil ser Tita por un rato?
-Es hermoso. Y me fascinó el desafío, porque era una tipa dominante, muy clara, no me costó entenderla. Más allá de que tuvo una vida tremenda, su claridad, su postura, su temperamento y su coherencia me dieron material para agarrarme de ahí. Y me dio chance de meterle humor. Decía muchas verdades bien dichas.
“Me fascinó el desafío, porque era una tipa dominante, muy clara, no me costó entenderla”, admite Anita sobre Tita.-¿Era una figura conocida o admirada por vos?
-Sí, nosotros en casa la escuchábamos y la veíamos por la tele. Tengo muchos recuerdos de sus gestos, de su voz. Y ella, al igual que las otras tres mujeres de la obra, fueron minas longevas, han transitado mucho, han sabido vivir de su vocación. Han tenido empuje. Era un ‘Vamos para adelante que acá hay que morfar’. Era otra construcción del empoderamiento.
Ronda de café, agua, gratitud de su parte siempre a la orden del día, cuenta que “en julio del año pasado me llama Fernando (Castro, el productor artístico del espectáculo y amigo suyo) y me dice ‘Leé esto, éste es el personaje para vos’. Leí por arriba y le dije ‘Sí, es Tita, lo que diga o haga va a estar bien’. El 2025 fue un año difícil para mí y sentí que esto me podía venir bien”. Cuenta que después lo pensó un rato porque “yo trabajo mucho sola, con stand-up, con monólogos, pero esto no me lo quería perder. Y fui para adelante”.
-¿Trabajar en equipo te suma o te resta a la hora de aceptar un proyecto?
-El tema es que tengo que administrar mucho el ritmo. Me adapto fácil, pero reconozco que llevo muy incorporado mi tiempo para la comedia, lo tengo muy aceitado. Y a veces arrastro un poco a los demás y tengo que aprender, cada tanto, a frenar un poco y dosificar. Pero ese ejercicio lo hago y me resulta agradable, porque gana la orquestación si cada uno toca lo suyo y se logra una armonía.
La mami del campo
A los 51 y separada del padre de su hijo, Anita está de novia con Denis, un hombre que trabaja en San Pedro. Foto Ariel GrinbergCon un nutrido camino en teatro y televisión y en formatos para todos los gustos (incluídos el Patinando y el Bailando...), Anita nunca se paró ante el público o las cámaras como si lo hiciera de taquito. Y en estos tiempos de gente que cree que se las sabe todas sólo por ser “fresco” en un streaming lo suyo se agradece: “Yo tengo un vínculo con este laburo muy particular. Siento que todo el tiempo estoy empezando de nuevo, como que siempre hay algo que aprender y en ese abordaje me siento cómoda. Igual reconozco que ya no tengo dudas arriba del escenario”.
-¿Y abajo?
-Y, abajo la vida de todos los días. Ahora, por ejemplo, me voy de viaje de egresados con los pibes del colegio de Lolo (su hijo de 17 años), que me llevan.
-¿Te eligieron por ser la mami piola?
-No sé si la mami piola, no debo ser tan chota. Igual creo que era la segunda de la lista, la primera no podía. Mi trabajo es mi oficio y lo hago con todo el compromiso posible y con las herramientas que fui adquiriendo, pero después llego a casa y tengo la vida que tenemos todos, con los quilombos y las alegrías de la mayoría.
-¿Cómo es esa vida?
-Vivo en una cabaña de madera en Parque Leloir, estoy ahí desde que eso era campo, tengo una huerta, perros y vivo con mi hijo, que me saca dos cabezas y siento un orgullo y una felicidad por él que no te imaginás. A mí me costó tanto terminar el colegio, tenía que laburar y todo era un problema.
-¿Tuviste viaje de egresada?
-No, ni de casualidad. Ni de primaria ni de secundaria.
-Y ahora te vas a Bariloche…
-¿Qué me contás?, a los 51 pirulitos. Y estoy de novia hace tres años y medio, con un tipo divino de cuarenta y pico. Se llama Denis y es de San Pedro, medio noruego, medio vikingo. Es muy lindo y me cuida, un gran compañero y se lleva muy bien con Lolo. No convivimos, pero pasamos mucho tiempo juntos en casa.
De chica quería ser bailarina clásica y de grande se da el lujo de interpretar a una de las mejores tangueras argentinas. Foto Ariel Grinberg.-¿No te desgasta tanto viaje ida y vuelta a la capital por la radio y el teatro?
-Me agota la ciudad. Cuando quedé embarazada me fui a vivir a Leloir y eso que le faltaba el techo a la cabaña. La primera noche se cayó un tormentón y tuve a Lolo un mes antes porque estaba colgada del balcón de madera martillando, me agarró un pico de presión y ahí nació el pibe.
Mujer de mantener la mirada y colar humor cada vez que puede, enumera su producción de la huerta: hinojo, repollo, zanahoria, lechuga, acelga, kale y podría seguir la lista como quien va a una verdulería a hacer la compra del mes.
Entre sus muchas actividades también da clases de yoga y teatro para “adultos mayores en Escobar y me hace muy bien. Voy, vengo, no tengo drama con las distancias. Amo manejar y tengo el auto cargado de cosas”.
-¿Sos familiera?
-Mi vieja, mi hermano mayor y yo hemos tenido una vida en la que nos hemos tenido que abrazar mucho, nos pasaron muchas cosas, hemos aprendido a vivir en situación de guerra permanente. Y creo que recién el año pasado empecé a soltar esa sensación de que uno sólo vino a sufrir. La vida no es sobrevivir, es también disfrutar.
-¿Y lo estás haciendo?
-Lo intento. Ponele, como siempre laburé del teatro, para mí las temporadas eran como las vacaciones, porque me iba con Lolo, pero trabajaba como loca de martes a domingo. Y recién me fui de vacaciones hace poco, cinco días a Rio de Janeiro y me costaba entender no hacer nada. ¿Qué hago? ¿Hago monólogos?, no sabía qué hacer. Veo las fotos disfrutando echada, y no me reconozco.
-¿Cómo es un día tuyo?
-Me levanto 4.30, mate a la mañana, bah, mate todo el día, a la tarde, endovenoso, sublingual, yerba de Misiones, de Corrientes, con yuyitos, siempre mate. Bueno, después hago el programa de radio hasta las 10 y ahí ya arranco con cosas de mi vieja, mi hijo, mías, resuelvo asuntos de casa, pienso en las clases, siempre tengo algo en la cabeza… Ah, y los domingos conduzco junto a (Mariano) Peluffo Abierto los domingos, por La 100, de 10 a 14. No paro, verás.
Hace radio de lunes a viernes a la mañana con Del Moro, y los domingos a la mañana con Mariano Peliffo, todo en La 100. Foto Ariel GrinbergDe puntas de pie a tocar el cielo con las manos
Cuando piensa en esa nena que en su casa de Caballito soñaba con ser bailarina clásica siente que no le quedó tan lejos. Allí se escuchaba tango, ella jugaba con lo que podía (“A casa nunca llegó una Barbie y nunca la necesité”), coqueteaba con el arte y se formó siempre que pudo (“en lugares que ya ni existen”). Sobre el final del secundario ya iba a las audiciones hasta que a los 17 o 18 hizo su debut en Cats, en el Lola Membrives.
“El otro día me paré frente a este teatro y dije ‘la puta madre, hace 30 y pico de años vine acá por primera vez y me veía tan apasionada como ahora. Soy ésa, sí”, se confiesa con ese orgullo que da comprobar que entre sueño y realidad tiene que haber esfuerzo.
Dice que esa nena, tan Anita como ahora, “no era del modelo Susanita (el personaje de Mafalda que tenía como meta casarse y ser madre) hasta que un día, ya pasados los 30, tuve el deseo de ser mamá y la maternidad me atravesó. Y a la semana de haber nacido me llevé a Lolo a hacer temporada a Mar del Plata con Confesiones de mujeres de 30. Él se crió en camarines y salió un pibe bárbaro”.
Y regala una infidencia: “La otra noche me fue a ver a la obra, después salió, volvió a casa de madrugada y a las 5 de la mañana, desde su cuarto, me escribió: ‘Mamá, te quería decir que sos tan talentosa… te admiro, te amo’. No puedo pedir más”.
Mujer que eligió crecer en el campo sabe de cosechas.



