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Maxim Vengerov y Polina Osetinskaya, en el Colón: un concierto memorable que fue de la desintegración emocional a la resurrección

El Ciclo Aura abrió su temporada en el Teatro Colón con el violinista Maxim Vengerov y la pianista Polina Osetinskaya en un programa construido sobre el contraste extremo. La velada no se organizó como un simple recital de sonatas, sino como un experimento dramático: la coexistencia de tres universos que apenas comparten idioma, atravesando los abismos que separan el lirismo íntimo y melancólico de Franz Schubert, el paisaje terminal y espectral del último Dmitri Shostakovich y la arquitectura volcánica de Johannes Brahms.

“No tienen casi nada en común”, advirtió Vengerov. Precisamente por eso, el trazado geométrico que conectó la melancolía del siglo XIX con las ruinas emocionales del siglo XX resultó tan fértil.

Vengerov y Osetinskaya piensan en una simbiosis casi telepática. El sonido del violinista, que maduró hacia algo más severo y reflexivo, usa el virtuosismo como instrumento expresivo y no como exhibición muscular. Por momentos, crea la ilusión de tocar un hiper violín gracias a la infinita variedad de efectos, sonoridades y colores que logra extraer del instrumento, su célebre Stradivarius de 1727.

A su lado, Osetinskaya ofrece el contrapeso perfecto: una claridad arquitectónica implacable capaz de pasar de la acuarela a la densidad tectónica de una orquesta sin perder transparencia.

El concierto abrió con la Sonata en sol menor de Schubert. Colocarla al inicio funcionó como una entrada en calor. El Allegro giusto sonó fresco y Vengerov reveló en cada reinterpretación del tema diversas gamas de colores tan amplias como su imaginación.

Fue en el Andante donde se reveló la alianza: el piano introdujo el tema con calidez religiosa y el violín asumió una pureza vocal conmovedora. Pero cuando Schubert introdujo sus giros hacia el modo menor, el dúo oscureció el timbre de manera milimétrica. No era una sonatina inocente; era el Schubert tardío y febril camuflado en las formas de su juventud.

El salto hacia la Sonata Op. 134 de Shostakovich (1968) provocó un shock térmico. Es un paisaje calcinado y áspero, de una emocionalidad despellejada.

Antes de comenzar, Vengerov interrumpió la solemnidad al buscar sus lentes, y entre risas, dijo con complicidad: “A partir de los cincuenta… ustedes saben, hay que usar lentes”. Todo con la misma espontaneidad con la que suenan sus interpretaciones: desarmantes y profundamente humanas. Fue la única obra del programa que Vengerov tocó con partitura, algo comprensible si se considera que la incorporó recientemente a su repertorio.

Evitando tentaciones expresionistas, Shostakovich fue dicho con una aspereza aterradora. Osetinskaya desgranó las doce notas iniciales, de un dodecafonismo sui generis, con distancia meditativa, mientras Vengerov respondió con un sotto voce fantasmal. El violín se transformó en una voz feroz y angustiosa. En el Allegretto, brutal y militar, el piano machacó acordes disonantes como maquinaria industrial y el violín atacó con agresividad seca. El grotesco vals central surgió como una pesadilla de la memoria deforma bajo la presión histórica.

La Passacaglia final constituyó el punto más alto. Tras unos acordes de gravedad litúrgica, el tiempo se suspendió en la enorme cadenza para violín solo. Los exigentes pizzicatos de mano izquierda y registros extremos se sintieron como un cuerpo intentando sostenerse mientras se desmorona. El cierre -acordes espaciados como un reloj biológico extinguiéndose y el violín como un eco remoto- no ofreció consuelo. Vengerov volvió íntima la tragedia.

¿Cómo regresar de ese abismo? La respuesta llegó después del intervalo con la Sonata n.º 3, Op. 108 de Brahms. Si Shostakovich fue la desintegración emocional, Brahms fue su reconstrucción.

Cada línea conservó independencia y ligereza. La sincronía alcanzó una elasticidad compartida, el fraseo parecía negociarse en tiempo real. El primer movimiento mantuvo esa tensión; durante el obsesivo pedal en el bajo del piano, la música adquirió una cualidad hipnótica.

Tras un Adagio noble sin sentimentalismos, y un fantasmal tercer movimiento donde Vengerov condujo al oyente sin prepotencia, el Presto agitato final rompió las compuertas. Surgió allí la ilusión de una orquesta completa comprimida en dos instrumentos: el piano adquirió peso tectónico y el violín una ferocidad volcánica que jamás perdió nitidez.

Tras el cataclismo, el público del Colón desató una ovación ensordecedora que dispuso a los músicos a ofrecer cuatro bises y funcionaron como un segundo espejo lúdico.

Primero, la Danza Húngara n.º 7 de Brahms. Luego, la Melodie de Chaikovski, donde Vengerov extrajo un lirismo suspirado de la vieja escuela rusa. El pulso mecánico y el sarcasmo regresaron con la Marcha de Prokofiev, interpretada con precisión granítica. Finalmente, la Marcha en miniatura vienesa de Kreisler devolvió al auditorio a la gracia del siglo XIX. Los músicos despidieron la noche con una especie de sonrisa nostálgica: incluso después de mirar al abismo, la música siempre encuentra el camino de regreso.

Intérpretes: Maxim Vengerov (violín), Polina Osetinskaya (piano) Programa: Franz Schubert: Sonata para violín y piano en sol menor, D. 408; Dmitri Shostakovich: Sonata para violín y piano, op. 134; Johannes Brahms: Sonata para violín y piano n.º 3 en re menor, op. 108 Función: Lunes 18 Lugar: Teatro Colón, Cerrito 628, CABA.

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