Maxim Vengerov, el mejor violinista del mundo, antes de su visita a la Argentina: “Creo que la música será más poderosa en el futuro que hoy”


“El Teatro Colón es uno de los más legendarios del mundo, con una acústica fenomenal y una gran historia. Para mí siempre es un evento festivo ir a tocar allí. Amo al público, amo la ciudad. Son momentos muy preciados para mí”, dice el violinista Maxim Vengerov, uno de los músicos más extraordinarios de nuestro tiempo, vendrá a abrir la temporada del Ciclo Aura junto con la pianista Polina Osetinskaya.
Desde Italia, Maxim Vengerov brinda un tiempo generoso para conversar con Clarín sobre su presentación en Buenos Aires, cuenta que por la noche va a tocar en Téramo, una localidad cerca de Roma, antes de venir al Teatro Colón. Y confiesa: “Iré a uno de mis teatros y salas de conciertos favoritos en el mundo”.
Señalado con frecuencia como el mejor intérprete de cuerdas vivo del mundo, Vengerov construyó una carrera que trasciende el virtuosismo técnico para convertirse en un verdadero puente cultural. Debutó en público a los cinco años y, desde entonces, llevó su violín a más de 3000 conciertos en escenarios de todos los continentes.
Para Vengerov, la música es un lenguaje universal capaz de conectar personas más allá de las fronteras políticas o geográficas, una filosofía que impregna tanto sus presentaciones como su trabajo pedagógico. En la mayoría de sus conciertos toca el legendario violín Stradivarius “Kreutzer” de 1727, su inseparable compañero desde 1998, del que sabe todo su curioso pasado antes de adquirirlo.
“El legendario violinista francés Kreutzer adquirió dos instrumentos, uno de los cuales me pertenece. Y un gran amigo mío me regaló después un estuche de violín en el que Kreutzer guardaba uno de sus dos Stradivarius”, cuenta Vengerov.
Y continúa: “Este instrumento fue muy querido por todos sus dueños, no se conocen muchos propietarios. Estuvo muchos años en colecciones privadas y el dueño anterior a mí era un senador de los Estados Unidos. Era político, empresario y, además, violinista aficionado. Compró este violín y practicaba todos los días por las mañanas antes de ir a trabajar. Incluso durante sus vacaciones llevaba su violín al barco, y todos los fines de semana tomaba su jet privado para ir de Chicago a Nueva York a tomar lecciones con su profesor de violín favorito. Fue un violín muy amado”. Por supuesto, el violín también vendrá a Buenos Aires.
Maxim Vengerov tocó y grabó con Daniel Barenboim alrededor de 15 años. Reconoce en él a su mentor. Director, educador y discípulo de Barenboim
Vengerov reivindica una tradición artística profundamente marcada por las escuelas franco-belga y rusa, con referentes como Fritz Kreisler, Eugène Ysaÿe, George Enescu, David Oistrakh y Jascha Heifetz. Pero no se limita al rol de solista: también desarrolló una prestigiosa carrera como director de orquesta y educador. “Quería tomarme un tiempo libre del violín -cuenta-, porque era importante para mí aprender otras cosas, como la dirección orquestal. Así que concentré toda mi energía y mis fuerzas en estudiar una profesión diferente. Quería aprender a dirigir orquestas con mucha dedicación, y por eso estudié durante siete años”.
Esa búsqueda amplió sus horizontes artísticos y le permitió encontrar, según dice, una dimensión menos solitaria de la música.
Se tomó un descanso de tres años y medio para dedicarse totalmente a la dirección y luego, cuando regresó en 2011, tocó y dirigió en el mismo concierto: tocó el Concierto de Chaikovsky en la primera mitad y en la segunda dirigió la Sexta Sinfonía de Chaikovsky. En otros programas, incluyó la Concierto de violín y la Décima Sinfonía de Shostakovich.
Reconoce a Daniel Barenboim como su mentor, con el que trabajó durante muchos años desde que era adolescente, dieron conciertos juntos y compartieron muchos festivales y proyectos.
“Trabajé muy cerca suyo durante 15 o 16 años, grabé varios CDs con él, como director y como pianista. Fue él quien me transformó en músico. Me acerqué a la música a través de su manera de percibirla como un gran arquitecto musical. Y cuando toca el piano, sus colores, es simplemente fenomenal. Siempre tuve una relación maravillosa con él, y hablando de pianistas importantes, el próximo mes en junio actuaré con la legendaria Martha Argerich en Hamburgo, el ciclo completo de las diez sonatas de Beethoven. Y repetiremos este ciclo en el Carnegie Hall, en París y en el Festival Verbier. Y, quién sabe, tal vez algún día podamos llevarlo al Teatro Colón”.
El violinista define a Argerich como una fuerza de la naturaleza, “es como un libro que nunca podés terminar de leer. Siempre te da sorpresas”, concluye.
Por si fuera poco, Vengerov asumió desde que tenía 26 años la enseñanza como una responsabilidad esencial: transmitir a las nuevas generaciones el conocimiento recibido de sus propios maestros. Su vínculo con la grabación también forma parte de esa obsesión por la excelencia: desde aquel primer LP registrado a los diez años para el sello soviético Melodia hasta la era digital, Vengerov convirtió cada registro en una búsqueda de perfección sonora capaz de conservar la intensidad irrepetible del vivo.
Además de eximio intérprete de violín, Maxim Vengerov es educador y director de orquesta.Lo que tocará en Buenos Aires
-El programa que va a presentar es bien contrastante. ¿Cómo lo concibió y qué buscó al armarlo?
-Sí, son tres obras muy contrastantes: Schubert, Shostakovich y Brahms. Hay una diferencia enorme en cultura, sonidos, colores y estética en la ejecución del sonido. No tienen casi nada en común. Pero es precisamente por eso que crea una combinación tan interesante, porque hay un contraste tan grande.
-La Sonata para violín y piano en sol menor de Schubert es una pieza de salón, subestimada, escrita para un público reducido. ¿Se adapta bien en grandes salas?
-Claro que es una experiencia muy diferente tocarla para la gran audiencia del Teatro Colón. Schubert nunca soñó que sus obras se tocarían ante grandes audiencias; pero creo que estaría feliz de verlo. Aunque es una obra de cámara pequeña, tiene drama y todos los grandes elementos de la música de cámara, y requiere un enfoque muy sensible tanto del pianista como del violinista. La idea es conectar con el público a través de esa intimidad. Una vez que hayamos calentado y nos hayamos preparado con el público, emprenderemos un viaje muy interesante a través de Schostakovich. Estoy seguro de que conocen la historia de esta obra, que tiene un toque de humor.
-Recuérdela, por favor…
-Shostakovich escribió su Segundo Concierto para violín para su amigo David Oistrakh, un violinista legendario de la época soviética. Lo compuso para su 60 aniversario, pero se equivocó de año porque en ese momento Oistrakh tenía solo 59 años. Cuando terminó de escribir la obra, se dio cuenta de su error y de que debía componer otra cosa. Así que decidió escribir una sonata. ¡Gracias a Dios por ese error! Hoy tenemos la Sonata para violín y piano, op. 134, que es, sin duda, una de las mayores obras de la música de cámara del siglo XX para violín y piano.
Como muchos músicos, Maxim Vengerov elogia al teatro Colón por su célebre acústica.-¿Qué convierte a esta obra en una gran obra?
Es una de las sonatas más grandiosas de todos los tiempos. Muy impresionante, de nuevo, es una obra muy íntima, pero al mismo tiempo tiene el aspecto de una gran sinfonía. Sabemos que Shostakovich fue un gran sinfonista. Y el segundo movimiento es realmente muy dramático. El diálogo entre el piano y el violín a veces es realmente muy brutal. Queremos que el público se sumerja en la realidad y las emociones de Shustakovich. Cada uno sentirá algo diferente, todos lo hacen siempre, este es el milagro de la música y el milagro de la música de Shostakovich, cada uno reacciona de manera diferente a su música. Y me encanta especialmente esta sonata porque la aprendí hace apenas uno o dos años. Así que la tengo muy presente.
-¿Qué le interesa particularmente de la Sonata para violín y piano n°3, en re menor de Brahms?
-Para mí, lo interesante de la música de cámara de Brahms es que, en realidad, es como una sinfonía interpretada por dos personas. Cuando interpretas una sonata -especialmente la Sonata en re menor– estás tocando una gran sinfonía, pero ejecutada por dos personas. Entonces, la impresión que debe recibir el público es justamente esa: la ilusión de estar escuchando una sinfonía.
-¿Cómo es aprender una obra nueva a esta altura de su carrera?
-Siempre estudio y siempre aprendo algo nuevo. Soy muy curioso. El repertorio del violín es inmenso. Y, por supuesto, en algún momento de mi carrera también me dediqué a la dirección de orquesta, lo que añadió otra dimensión a mi vida. Aunque mi repertorio es bastante amplio, sobre todo porque he aprendido todas las obras importantes, no así Shostakovich.
Me alegro de no haberme apresurado a aprender la Sonata, porque necesitaba adquirir experiencia de la vida. Y tenía que ser en momentos muy especiales para interpretarla. Había planeado trabajar en la sonata en 2021, en plena pandemia. Pero cuando finalmente la interpreté, fue durante el estallido de la guerra entre Rusia y Ucrania. Fue una coincidencia. Mi aprendizaje coincidió con los dramáticos acontecimientos que están ocurriendo ahora. Así que, desde esa perspectiva, la sonata de Shostakovich es muy contemporánea hoy en día.
-¿Dirigir le cambio la manera de tocar el violín y hacer música?
-Sí, absolutamente. Se vuelve más íntimo y estás muy conectado con los músicos porque escuchás de forma diferente.
-¿Cómo ve el lugar de la música clásica en este mundo digital e hiper comunicado?
-Estamos en un periodo de transición. Muchos temen que la IA sea un peligro porque reemplazará trabajos, pero yo la veo como una puerta hacia la humanidad. Cuando no estemos obligados a trabajar todo el día, tendremos espacio para pensar qué queremos dar a la sociedad. La IA nos ayudará con enfermedades y el cuidado de ancianos, pero lo que se volverá preciado y raro será la conexión humana, la empatía y la transmisión de emociones. Ahí es donde entra la música. La música une a las personas; tres mil personas en una sala pueden no estar de acuerdo en nada, pero coinciden en que la música de Mozart es grandiosa. Por eso creo que la música será más poderosa en el futuro que hoy.
Maxim Vengerov. El violinista estará acompañado por la pianista Polina Osetinskaya, en la apertura del Ciclo Aura, el 18 de mayo.-Después de tantos años en los escenarios, ¿qué lo sigue inspirando?
-Gracias por preguntarlo. Tres cosas me inspiran. La primera, es la estética misma de tocar el violín, porque cuando toco me siento plenamente realizado, tanto emocional como físicamente, y conecto con algo con lo que he estado conectado prácticamente desde que nací. Siempre vuelvo a conectar con mi identidad. Segundo, la conexión con la gente: gracias a la música he visto el mundo entero. De no ser por ella, seguiría en mi pequeño pueblo en Siberia. Y, por último, la música en sí misma: después de aprender a tocar hace poco la sonata de Shostakovich por primera vez, me puse a llorar. Después de 47 años en el escenario, la música todavía me conmueve profundamente cada vez que toco.
Ficha
Ciclo Aura
Músicos: Maxim Vengerov (violín), Polina Osetinskaya (piano) Programa: Franz Schubert: Sonata para violín y piano en sol menor, D. 408; Dmitri Shostakovich: Sonata para violín y piano, op. 134; Johannes Brahms: Sonata para violín y piano n.º 3 en re menor, op. 108 Función: Lunes 18 de mayo a las 20 Lugar: Teatro Colón, Cerrito 621, CABA



