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Carlos Belloso: “Durante Malvinas decidí que tenía que ser actor”

En el universo mágico de Carlos Belloso el fusil construye al actor y el actor construye el fusil. Aunque parezca increíble, el dramaturgo descubrió que transformarse en actor lo podía salvar de una realidad tan cruda como la sus días de trincheras en Malvinas.

Belloso no se descubrió en su oficio ante el calor del aplauso, sino ante la admiración de sus compañeros soldados, a los que supo convencer que había nacido para estar en un conflicto bélico, aunque así no lo fuera.

“En las islas a mí me decían el 22, el loco. Lo que no sabían era que yo actuaba ciertas cosas. La actuación era una especie de escudo para protegerme del miedo que sentía y que no se notara. Te digo más: durante el conflicto decidí que tenía que ser actor, porque el mecanismo de la actuación no solamente me salvaba para que la cabeza esté en otro lado, sino que me di cuenta de que lo hacía bien. Que me sentía seguro haciéndolo. Que era creíble ese personaje dentro de un contexto. Entonces sentí, que podía profundizar eso como modo de vida”, revela en el comienzo de la charla con Clarín.

Estamos en su casa de Villa Crespo. En una especie de refugio que utiliza para ensayar las obras. Donde mires hay luces, libros y escenografías. En un momento va a una especie de perchero y trae un fusil de utilería: “lo hice yo, para una obra. Podría haberlo comprado, pero me gusta hacerlo a mí”, agrega, mientras reflexiona la ironía de haber hecho un fusil con destino de arte, a diferencia del que usaba en 1982.

Carlos Belloso, en su casa en Villa Crespo, donde ensaya sus obras.

Pero la excusa para charlar con el prestigioso actor no es ésa, sino que viene de estrenar Casual, una comedia que hace todas las noches excepto los martes en el Multiteatro (Corrientes 1283), junto a Malena Guinzburg, Diego Gentile y Mica Lapegüe. La obra escrita por Federico Viescas y dirigida por Pablo Fábregas bucea en clave de humor sobre los preconceptos y los lugares comunes que creamos en base a nuestras relaciones.

-Que algo tan terrible como Malvinas haya sido el detonante para que el arte sea tu modo de vida, me parece increíblemente poético.

-Es que es así. Si bien yo ya había hecho algo de pintura y literatura. Sabía que amaba el arte, pero esos 15 meses entre servicio y conflicto me hicieron caer que yo podía construir un personaje y tomar de él distintas cosas para ejecutarlas.

Hay vasos comunicantes en todo lo que uno va viviendo. En ese fusil de las islas y éste que hice yo para un personaje. Mi creatividad tiene que ver con vivencias. El conflicto de Malvinas, la muerte de mi hermana, de mis padres, etc. Todas las vivencias que tengo inevitablemente se vuelcan en la actuación y en mis personajes. Hablo de ellas de una u otra manera en mis creaciones, no puedo evitarlo. En ese sentido vive la sinceridad del actor.

-¿El actor no es un mentiroso entonces?

-De ninguna manera. Yo me ofendo mucho cuando me dicen eso. El actor está viviendo muy intensamente algo imaginario de su sensibilidad, pero lo vive de verdad. Eso es lo más mágico de la actuación. No hay mentira en lo que describe, porque está en la piel de quien lo vive.

Belloso dice que lo ofende que digan que el actor es un mentiroso.

Una charla “Casual”

-Hablemos de “Casual”. Hay algo que plantea la obra, que es como nos presentamos hacia un otro. Cómo nuestros preconceptos y nuestros encasillamientos entran en acción en las relaciones nuevas y preexistentes y ¿qué hacemos con eso?

-Esta buena la obra porque abre un par de incógnitas sobre cómo abrir juicios o prejuicios en cuanto a las personas. Creo que toca en clave de humor un corte trasversal de cómo son nuestras relaciones y cómo vamos construyendo según lo que suponemos, y eso va chocando con la realidad.

El mundo que se abre en nuestros dispositivos móviles, qué dicen de nosotros, qué ocultamos a los demás. Eso la hace profundamente actual y a la vez clásica.

-Acá se dan prototipos y arquetipos de esta mini sociedad argenta, donde están el tipo pacato de derecha, la hippie que parece muy abierta, pero tapa cosas con Clonazepam, el taxista desprejuiciado sexualmente.

-Creo que la obra va con esos contrastes. Cuando empiezan a tirar de hilo de las vidas de cada uno, casi nadie es lo que parece, y se rompe eso que se cree en un primer momento.

A mí me molesta mucho cuando alguien me “anticipa” cómo es la otra persona. No sé si tengo muchas ganas de enterarme cosas de quién voy a conocer, me incomoda que me den datos de otros. Prefiero encontrarme con mi juicio, sin contaminarlo del prejuicio de los otros

"A mí me gusta más reflexionar por el lado del humor que de la tragedia", dice Carlos Belloso.

-¿El rol del actor no es un poco desarmar prejuicios, para entender cualquier personaje a interpretar?

-Sí, claro. Yo creo que la compresión de los personajes se da del lado de los comportamientos y de las circunstancias. Siempre creí que el personaje tiene que hacer un recorrido, desde el prejuicio inaugural, al verdadero juicio que hacemos sobre el final de la obra, cuando el personaje está consolidado.

-Sos una persona que se para desde un lugar en el mundo y lo dice abiertamente. No tenés rollos con eso. ¿Muchas veces el humor es el camino más directo para dar opiniones sociales y políticas?

-A veces la comedia medio que pareciera que pasa por arriba del radar. Como si hacer reír fuera algo menor. Para mí el humor es profundamente reflexivo. A mí me gusta más reflexionar por el lado del humor que de la tragedia. El humor permite contrastar y a partir del contraste es que sale la reflexión.

La tragedia sola no genera movimiento en sí. La risa me hace mover. Cuando me río en la silla me muevo y ese movimiento solidifica un mensaje. El gag, el chiste, tiene una raíz de reflexión. La comedia tiene unos hilos invisibles que profundiza y reflexiona, y eso me gusta mucho.

-En la obra hacés algunos guiños sobre la reforma laboral.

-Claro. Yo lo que veo ahí son arquetipos de la argentinidad. Está el tipo dueño de un estudio de abogados, medio inescrupuloso, que simpatiza con las derechas y hace un comentario sobre la reforma laboral, pero tiene que ver con esos arquetipos.

Belloso ahora hace comedia en teatro, pero ha hecho drama en cine, como "La niña santa", de Lucrecia Martel.

Creo que hay una forma coyuntural política, que sirve para la comedia y no para elaborar pancartas. Yo hice obras específicamente políticas que hablaban sobre las derechas y las izquierdas. También con El aparato, que es un unipersonal que hice, vaticiné un mundo medio distópico con la cara de Milei siendo presidente antes de que lo sea. Eso fue muy loco porque la gente cree que lo escribí hoy, pero fue antes.

Entonces en un punto me divierto con eso, pero da un resultado. Acá me parece que solo describe prototipos y arquetipos de personas, en base a la dinámica de la comedia.

-En esto de romper con estereotipos, me linkea a algo que vos decís en varias notas, que no te gusta que te encasillen. ¿Te aburre hacer siempre los mismos personajes?

-Un poco sí. A mí me parece que tengo una naturaleza de curiosidad bastante grave.

-¿Bastante grave?

-Sí, porque yo quiero curiosear todo. Me meto en algo y sin prejuicio quiero saber cómo funciona y hasta que no lo desarmo no paro. Me pasó con el cine, el teatro, la televisión. No son las mismas cosas, cada una tiene sus reglas y yo me fui metiendo y aprendiendo de ellas. Fui con humildad sabiendo que había tradiciones que tenía que aprender.

"Si el actor puede ayudar a crear ese pacto volvemos al orden mágico del arte", sostiene Belloso.

A cada formato fui entrando queriendo conocer sus diferencias. Y a partir de ahí empecé a explorarlos El cine independiente, el comercial, el microteatro, el under: todo me interesa. Arranqué en el Parakultural y llegué a trabajar con Alfredo Alcón. Es todo un espinel que recorrí y sin un nivel de curiosidad grave (risas) no se puede sacar juicio de todo.

En la televisión logré popularidad, pero no es que me especifico en hacer novelas costumbristas con Pol-ka, sino que lo aprendí, pero no me quedé ahí. Me he metido en otros lugares también. En el cine pasó igual. La experimentación me llevó desde trabajar con Echarri en Peligrosa obsesión y hacer una de tiros, hasta La niña santa, de Lucrecia Martel. Todo eso lo tuve que recorrer y me llenó de experiencia.

-La curiosidad siempre es más grande que los preconceptos.

-Exactamente. Mirá lo que me pasa a veces: me invitan a un programa y yo veo que el decorado está mal terminado. Y ya en vez de pensar en la nota, estoy queriendo averiguar por qué está así. Tengo realmente un problema (ríe fuerte).

Solo tiene que ver con una curiosidad mía que necesito para no aburrirme, para que no me coma la ansiedad. A veces hago cosas de utilería, como esa escopeta que te mostré, que podría alquilarla, pero prefiero hacerla. Es como que no paro de abrir ventanas y en el camino tengo que ir resolviendo cosas y aprendiendo. No lo puedo evitar.

-Imagino que una cabeza tan creativa y que va a tantos lugares a la vez, se complica para conseguir la concentración. ¿Cómo trabajás eso?

-Ese es mi gran problema. Pero al mismo tiempo, desde que empezó mi inteligencia creativa, o desde que la descubrí, yo fui haciendo compartimientos, para afrontar ese problema. Yo en una época pintaba mucho y pintaba varios cuadros al mismo tiempo, y lo que hacía es ir resolviendo de a poco a partir de conexiones entre las obras.

Belloso dice que la concentración es fundamental, pero le tomó su tiempo.

Mi forma de concentrarme la fui perfeccionando con el tiempo y logro enfocarme. Yo puedo estar segundos antes de la escena contando un chiste, pero cuando viene el momento la concentración, viene a mil por hora.

El Super poder de Carlos

-La creatividad conlleva el caos también.

-Sin dudas. Te pongo un ejemplo: yo no quiero manejar. Para mí manejar lleva un trabajo excesivo. No lo puedo hacer bien. Pasar los cambios, mirar por los espejitos, estar atento. Es un momento de información terrible que yo no quiero tener.

Ahora, cuando tengo que aprender a manejar para una película, me concentro y aprendo a manejar en segundos. Lo hago perfectamente. En la última serie que hice, que se llama El Ruso, con el Chino Darín, tengo que manejar un auto con cambios inglés, todo dado vuelta, y no me causó ningún problema hacerlo.

-A ver si entiendo: ¿como Carlos Belloso no sabés manejar, pero tus personajes, sí?

-Claro. Mis personajes manejan perfecto porque lo estudio como la letra. Tengo que ver de ir por el costado, ver cómo viene la cámara, etc. Para mí manejar en la vida es un problema que no quiero tener, yo ando en bicicleta, en subte, yo no quiero manejar, pero mis creaciones no tienen ese rollo.

-Es casi un super poder de ponerte en la piel de otras personas para hacer lo que Belloso no puede. ¿Alguna vez hiciste ese ejercicio, fuera del set de filmación, para en la vida resolver cosas que no podrías?

-Sí, claro. Ese es el mecanismo de lo social. A veces uno se tiene que poner en personaje para que le crean, o ponerse más exigente con algo para que lo escuchen y ahí hay una actuación. Uno entra dentro de un personaje.

Yo soy una persona bastante tranquila y hay veces que tengo que entrar en un personaje para decir “eh, ¿qué pasa acá?”. Es un mecanismo de la realidad y creo que todos lo usamos en mayor o menor medida. Algunos lo usan de modo descarado

-Un super poder que tenemos todos entonces.

-Y lo más loco de este mecanismo, que tenemos todos en mayor o menor medida, es que la actuación no solamente es algo intrínseco en lo que uno hace como persona, sino cuando uno lo pone al servicio de la cultura o del arte, es magia. Porque la gente te cree. Es realmente mágico ese pacto, que crea realidades.

Por eso yo no tengo miedo cuando me dicen que a los actores nos pueden remplazar con inteligencia artificial, porque eso no será teatro. Será otra cosa, un espectáculo, un show, pero no teatro.

-El teatro es la confrontación del hombre con el hombre. Para ver cómo transpira, para ver lo que dice y para identificarme o no con determinado personaje.

-Si el actor puede ayudar a crear ese pacto volvemos al orden mágico del arte, y contra eso no hay tecnología que pueda vencer.

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