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Antonio Grimau, el hombre que empezó a ser actor por un aviso de Clarín, llegó a hacer Hamlet y se convirtió en un galán eterno

Un día, hace 66 años, Antonio Rebolini leyó en Clarín un aviso solicitando actores y entonces su vida cambió para siempre, tanto que al tiempo de su debut su apellido pasó a ser Grimau, inspirado en la historia de un político español fusilado por la dictadura de Franco. Hoy como ayer, el galán eterno de las telenovelas confiesa que su gran pasión y su salvación sigue siendo el teatro, su primer amor.

Antonio Grimau nos recibe en su casa en el anochecer de un día agitado. Más tarde lo espera un ensayo de El diario de Adán y Eva, la obra de Mark Twain dirigida por Juan Pablo Ragonese, que protagoniza con Betiana Blum y que estrena el 3 de mayo en el Teatro Regina. Acaba de llegar de la residencia del embajador británico donde le entregaron el premio Shakespeare de la Fundación Romeo por su aporte al teatro, el cine y las artes, y sin más su prodigiosa memoria irá hilvanando recuerdos.

Antonio, siempre seductor, cuando habla lo hace como si estuviera declamando el texto de un drama o una comedia, entonces, según la ocasión, seremos testigos de esa sonrisa pícara que brilla en sus ojos o de la tristeza profunda de quien atravesó dolores inconcebibles.

-Estás viviendo horas felices, a poco de estrenar “El diario de Adán y Eva” venís de recibir el premio Shakespeare.

-Sí, es un premio muy importante, recibido por figuras internacionales, como Judi Dench o Kenneth Branagh, y grandes del espectáculo de acá, Norma Aleandro, Leonor Benedetto o Agustín Alezzo. Sumarme a esa lista de elegidos me pone muy orgulloso y estoy muy agradecido a Patricio Orozco, creador y director del Festival Shakespeare y presidente de la Fundación Romeo Argentina.

Antonio Grimau se enteró por los clasificados de Clarín que se buscaban actores, fue y comenzó una carrera que se convirtió en su vida. Foto: Ariel Grinberg

La televisión y Shakespeare

-Tu trayectoria está íntimamente ligada al teatro, pero la popularidad llegó por la tele. Quizás alguien al leer esta nota piense: ¿Qué tiene que ver Antonio con Shakespeare?

-Soy un muy buen lector y antes del Hamlet que hice en 2018 había una gran ambición en mí por poder hacerlo, pero la oportunidad no llegaba. Y un año después de hacer El avaro de Molière, Orozco me convocó nada menos que para la obra mayúscula de Shakespeare, ser el rey Claudio, el traidor, un personaje hermoso y difícil.

-A esta altura todavía la vida te da sorpresas.

-Y muy lindas. Tanto en mi trabajo, en estas premiaciones y en el cariño de la gente. Cuando hicimos La ternura, hace dos años con Cristina Alberó, gente que vino al teatro no sólo se acordaba de Trampa para un soñador (Canal 9), sino de los diálogos que teníamos allí. Y es muy conmovedor ese recuerdo porque ¡pasaron 45 años!

-¿Recordás algún texto?

-¡No! A veces hasta dudo del nombre del personaje (Ángel “Lito” García Suárez), uno ha hecho tanto después… A veces cuando en un programa pasan un compilado es abrumador, me cansa de verlo.

-¡¿Te cansás de vos mismo?!

-Claro, ¿cómo uno puede haber hecho tanto? Recibiendo este premio pensaba: ¡Mirá dónde estás, Grimau! No es poco.

Trampa para un soñador te llevó literalmente al mundo.

-Sí, con Cristina llegamos a los Estados Unidos e hicimos una gira teatral por distintas ciudades importantes como Los Ángeles, San Francisco o Miami, pero también recuerdo lugares donde nunca había actuado nadie como Fresno, Madera y Phoenix.

Antonio Grimau recibió el Premio Shakespeare en la embajada británica. Algo que lo puso muy orgulloso.

-¿Ningún argentino decís?

-¡Ningún actor, ni siquiera americano! Y no fue la única curiosidad de esa gira. Cuando estábamos en Miami, que era nuestra base, yo veía un programa que se transmitía desde Los Ángeles y un día apareció Pacino. Poco después el productor dice: “Vamos a ir a un canal chiquito que hay ahí para darle máquina a las funciones”. Y era “ese lugar” con ese conductor que yo veía desde Miami, me siento y le digo: “Hace poco entrevistaste a Pacino”. “Sí y estuvo sentado donde estás vos”.

-Tenías cierto parecido con Al Pacino.

-Me lo han dicho muchas veces, al punto que en una película de Alberto Lecchi (Secretos compartidos) él me fotografiaba casi todo el tiempo del perfil derecho. ‘¿Por qué del perfil derecho?’, le pregunté. “¡Porque sos Pacino, sos igual!”.

Dos a quererse

-Sos de los reencuentros. Ahora, con Betiana Blum en El diario de Adán y Eva, ¿por qué dijiste que sí?

-Porque el material es maravilloso y me interesaba hacerlo con Betiana a quien admiro y quiero mucho (trabajaron juntos por ejemplo en Soy gitano, Herederos de una venganza y Un guapo del 900). Estamos disfrutando en los ensayos porque los dos amamos el texto y esta historia entrañable y necesaria para este momento del mundo, porque volver a hablar de los valores fundamentales de la vida, volver a esas fuentes y al amor que se produce entre ellos, es como dice Betiana: “En un mundo en guerra es imprescindible”.

-Cumpliste 82 el 10 de marzo y hace unos diez años declaraste: “Yo ya no soy más galán”. Y resulta que sigue vigente, como se vio el año pasado en Déjame amarte, un culebrón teatral donde incluso cantabas.

-Fue otro regalo de la vida que me dio la directora Irina Alonso, un proyecto hermoso e inesperado. De pronto, estaba yo ejerciendo el galán de otras épocas. Es un galán más maduro, distinto, y me da mucho placer que eso siga de alguna manera vigente, incluso en el cariño, sobre todo de las mujeres.

Antonio Grimau, con un retrato suyo detrás, de cuando interpretó a Sandro en una serie. Foto: Ariel Grinberg

-¿Eso te sucede tanto en la vida actoral como en la privada?

-En algunos casos…

-¿Estás solo ahora?

-No, no estoy solo.

-Me parece que nunca estás solo…

-En realidad intento estar bien acompañado, pero creo que esta compañía es la definitiva.

-¿Hace mucho que están juntos?

-No, hace relativamente poco tiempo.

-¿Algo que ver con el medio?

Una hija en casa y el respeto por la ex

-Vivís con Antonia, tu hija menor, ¿eso complica esta relación de pareja?

-No, porque ella lo entiende muy bien, y es una necesidad que Antonia entiende y respeta.

Antonio Grimau vive con una de sus hijas. Comenzó una relación de pareja y cree que será la "definitiva".

-En la fantasía popular fuiste novio de todas las actrices con las que trabajaste.

-Es lo que suele pasar, pero no siempre es verdad.

-¿Y cuándo sí? Porque se habló mucho de tu relación con Cristina Alberó y cada vez que vuelven a trabajar juntos se retoma el tema.

-Y todavía… a pesar de la desmentida, que es absolutamente cierta, porque hasta Cristina se encargó de decir que somos amigos, muy buenos compañeros de laburo y nada más.

-¿Te casaste alguna vez?

-Una sola y por civil, con Leonor Manso. Después fueron convivencias.

-Leonor, la mamá de tu hijo Lucas, fue tu gran compañera porque además empezaron casi juntos.

-Sí, y fuimos grandes compañeros aún después de separados, eso nos causaba mucha gracia, porque de pronto en un estreno nos veían abrazarnos cuando nos saludábamos y nadie entendía nada. Lo mismo cuando hicimos Danza macabra (2019), pero es que nunca se perdió el respeto ni la admiración del uno por el otro.

-¿Sos de dejar el pasado atrás para poder seguir adelante?

-Es la intención al menos. Porque si no, te detenés en ese pasado y no es bueno, no evolucionás. En la pandemia volví a la pintura, que estudié hace como veinte años en Bellas Artes, y con Luis Álvarez también, un gran maestro. Cuando tuve algún otro bache en la carrera estudié canto con Rubén Lesgart. Me gusta explorar mi parte creativa, siempre eché mano a trabajos en casa, hay un mueble en la cocina que fue hecho absolutamente por mí empezó por un cajoncito y terminó en un mueble country.

Betiana Blum y Antonio Grimau ensayan "El diario de Adán y Eva" para estrenar el 5 de mayo en el Teatro Regina.

-¿Te gusta hacer retratos? En el living colgaste uno de Antonia.

-Sí, pero no es lo que más me representa, lo mío es el abstracto.

-¿Vendiste algún cuadro?

-Sí y muy bien, modestamente.

Vengo por el aviso de Clarín…

-Todo empezó por azar al leer una publicación en Clarín, ¿qué te llamó la atención?

-Que nunca pensé que pedían actores por un aviso, en general estaban destinados a pedir otro tipo de cosa: “Se buscan actores para una obra de Bertolt Brecht y blablablá. Teatro Charles Chaplin, Almagro”. Pensé: “Qué raro es esto”. Debo reconocer que me atrajo, porque siendo chico mis tres hermanas y mi madre escuchaban mucho radioteatro en casa y me intrigaba ese mundo de voces, de música y de historias.

Antes del aviso era un pibe que no tenía objetivos, había decidido no seguir estudiando después del secundario, que tampoco terminé, y estaba sin horizontes. Y de pronto se me abrió un mundo impensado, yo no sabía qué iba a encontrar ni qué iba a buscar tampoco. Y me encontré con el teatro, el acceso a la música clásica, a los libros, a la cultura. Eso me salvó la vida. Tenía 16 años y me quedé cuatro años en el Chaplin.

Antonio Grimau también pinta y ha vendido cuadros. Si bien en su casa hay algunos retratos, dice que lo suyo es lo abstracto. Foto: Ariel Grinberg

-¿Seguías trabajando en oficios múltiples?

-En ese momento, en una fábrica de calzado en Barracas, hacía de todo, clavaba clavos, sacaba clavos, pegaba taloneras… Pero antes y después lo que imagines, desde pintor de brocha gorda hasta vender una gaseosa muy conocida con Rolando, mi hermano, que era mi tutor, en los carnavales. Yo iba a las tribunas de la cancha de Nueva Chicago con el cajoncito y un día mientras voceaba la gaseosa descubrí a Sandro, quedé impactado y a partir de ahí lo amé como artista y como persona profundamente.

-Después lo conociste.

-Tuve esa enorme satisfacción. Yo hacía La cruz de papel, una tira en coproducción con Puerto Rico y como Sandro tenía un pasado muy importante como actor y como cantante allí, cuando vino el elenco a Buenos Aires los agasajó en un hotel y tuve la suerte de darle un abrazo. Años después lo fui a ver al Gran Rex, lo saludé en el camarín y le llevé el champán francés que a él le gustaba.

-Las vueltas de la vida terminaste interpretándolo en la serie Sandro de América y hasta subiste con la bata roja al escenario del Gran Rex.

-¡Fue extraordinario! Nunca había estado en ese escenario y pulsar lo que en algún momento él pulsó y disfrutó fue algo muy conmovedor. Realmente no tengo palabras para expresar todo lo que significó interpretar a Roberto.

Convivir con la fama

-Te gusta andar por la calle tranquilo.

-En lo posible.

Antonio Grimau y el abrazo con Sandro, en un agasajo que el Gitano les hizo a los actores argentinos en Puerto Rico, en 1986.

-Entonces, ¿cómo viviste el momento de mayor popularidad?

-¡Uh!, pasé por eso. Un verano en Tucumán entre sábado y domingo hicimos presentaciones en 17 clubes, empezamos a las dos de la tarde y terminamos a la una de la mañana. Eran quince minutos por club, pero esos quince minutos eran una debacle… Una señora me puso una medallita en la mano, otras me besaban las manos y si bien es conmovedor también tal vez es incómodo, porque uno agradece, pero era como para decir: “No es para tanto, uno es un actor y ya está bien”. No reniego de esas cosas que pasaron y fueron bienvenidas, pero siento que depositan en uno algo que uno no es.

-Ni siquiera sos Grimau si vamos al caso.

-No, además, ¡soy Rebolini! Y a mucha honra. Rebolini con b larga y l.

-Debutaste siendo Rebolini, pero te consagraste como Grimau.

-Sí, debuté con mi apellido, que tal vez tendría que haberme dejado, porque después sentí que era un pobre homenaje que le hacía a mi viejo reemplazándolo por Grimau.

-¿Cómo se te ocurrió?

-Porque en el Chaplin se escuchaban canciones de la Guerra Civil Española y hay una sobre la historia de Julián Grimau, que fue fusilado, y por todo lo que significó y por cómo me suena Grimau con Antonio, quedó.

Antonio Grimau se puso ese apellido artístico por fusilado en la Guerra civil española. Su apellido real es Rebolini. Foto: Ariel Grinberg

-Ahora sos Rebolini solo para los trámites.

-Sí y me cuesta bastante, suena raro Rebolini…

-Si estás en el médico, ¿te ha pasado que te tienen que llamar dos veces?

-¿Alguna de tus hijas se dedicó a la actuación?

-Luciana (40) y Antonia (30) estudiaron teatro, pero en un momento dado hubo un cambio en las dos. Antonia, al traductorado de inglés y Luciana, coaching ontológico, ella vive en Merlo, San Luis, y allí tengo a mis cuatro nietas: Brisa, Valentina, Zoe y Olivia. Yo acostumbraba a ir para las fiestas y los veranos, pero se ha vuelto difícil entre mi edad y algunos problemas de salud que vengo arrastrando (secuelas del Covid que tuvo en 2021) hace dos años que no voy. Por suerte este verano vinieron ellas, me vieron en Vamo’ los pibes, vivieron acá unos días y la pasamos muy bien.

A corazón abierto

-La resiliencia te define, viviste tragedias familiares desde chico y ya de adulto, en 2010, la muerte de tu hijo Lucas, a sus 36 años. Cuando ves a alguien querido pasar por una situación de tanto dolor, ¿desde qué lugar le hablás?

-Es muy difícil, porque la experiencia de uno es intransferible y la mayor ayuda que se puede ofrecer es el apoyo moral y espiritual, acompañarlo en el momento, no mucho más. El duelo es algo muy íntimo y personal y se va haciendo con el tiempo, con mucho dolor, pero la vida continúa.

Antonio Grimau no tuvo problemas en hablar de Lucas, el hijo que murió cuando tenía 36 años. Foto: Ariel Grinberg

-¿Querés que hablemos de Lucas?

-Sí, cómo no.

-Ese duelo queda para siempre en el corazón, más allá de que hoy puedas disfrutar de esta vida que te ha regalado nietas, amores, trabajo…

-Es cierto. De todos modos, como bien decís, son dolores irreparables, marcas tremendas que te deja la vida. Hice terapia durante seis años y fue algo muy importante.

-¿Por lo que pasó con Lucas?

-No, mucho antes. Por recomendación de Juan Carlos Gené, que al finalizar el segundo año de estudios con él nos dijo: “A partir de ahora, además de los habituales profesores de canto, expresión corporal y demás, es obligatorio para continuar las clases conmigo que hagan terapia”. Para mí era chino básico, no tenía la menor idea de qué se trataba, pero cuando empecé a tirar del hilo del ovillo no paré de hablar durante seis años y en una de esas charlas, hablando de la muerte de mis padres, el terapeuta me dijo: “Antonio, es un hueco que no lo puede llenar ningún otro afecto, va a quedar vacío de por vida”. Y esto es lo que siento con respecto a Lucas, no hay manera de compensarlo, me acompañará, como me acompaña, hasta la muerte.

-Dijiste que el teatro te salvó la vida.

-Sí, porque en siete meses, entre los 12 y los 13 años, viví la muerte de mis padres y de Erlinda, mi hermana mayor, pero, con todo lo terrible que implicó, recién a los 18 o 20 me cayó la moneda de hasta qué punto esas muertes me habían dejado una herida irreparable.

-¿Por Lucas volviste a hacer terapia?

-No, no sentí la necesidad. Creo que la terapia fue seguir actuando y el afecto de la gente. Por eso hablo del teatro como salvador, siempre está volviendo a rescatarme de las cosas tan lastimeras que a veces tiene la vida.

-Actuarás por siempre…

-¡Sí! Aunque sea haciendo un monólogo y yo solo, pero ahí voy a estar, feliz y en paz.

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