La nueva historia de Marcelo Birmajer: El hombre y la fila



Juan había decidido nunca más hacer una fila.
Había comenzado a sentirse estúpido cuando le tocaba quedar detrás de una persona y delante de otra, ya fuera para ingresar a un restaurant, comprar un producto o abordar un juego acuático.
El tiempo, de por sí fugitivo, parecía escapársele más rápido cuando se quedaba parado como un otario, atisbando la lontananza, en una larga fila de alcauciles humanos. No es que pretendiera colarse, ni conseguir algún tipo de carnet por el cual nunca más debiera resignarse a la cara de circunstancia y la patética posición corporal del hombre en la fila… Bastaba con renunciar al restaurant, el producto, la peluquería o el evento deportivo. Ninguna de aquellas experiencias lo ameritaba.
Podía prescindir de tal o cual peluquero, dejar de asistir a la cancha, pasar el resto de su existencia sin visitar Disney ni probar la exquisitez del chef de moda.
Por supuesto, si se le obligaba a la fila por un pasaporte o por alguna disyuntiva en que su vida o su salud se vieran implicadas, no haría la gran kamikaze. La fila ineludible se aceptaba. Pero no las optativas.
Ya había probado todas las satisfacciones que una fila pudiera deparar: ya se había cortado el pelo en el lugar de confianza, ya había visto jugar al fútbol a su equipo favorito y a la Selección nacional, ya había almorzado ostras, merendado caviar y cenado langosta. Ya había hecho filas suficientes por el resto de sus días. Hasta que se encontró a Mirna.
Mirna era la supervisora general de una casa de cosméticos de lujo. Atendía generalmente en un local de la calle Florida. Pero también trajinaba los free shops. Juan la había conocido preguntando por un rouge que le había encargado una mujer, una relación ocasional, que lo aguardaba en la Alta Baviera.
Por más que la mujer alemana hablaba bastante bien el español, no había logrado explicarle a Juan, o quizás él no había entendido, por qué la zona se llamaba Alta Baviera. A Juan le resultaba una mezcla del dialecto de los jóvenes fierita que decían “alto guiso”, con el antiguo coloquialismo “estar en bavia”. La teutona era realmente muy bella, alta, imponente. Pero a la vez sensual y frágilmente femenina. Se dedicaba a la confección plástica de tarjetas de crédito, y Juan era del sector cibernético de la misma firma, entre otras.
Juan consideraba una paradoja irresoluble el hecho de que en una era en que todo se había agilizado por la virtualidad, y se hablaba de que la inteligencia artificial reemplazaría muchos de los talentos humanos, las gentes continuaran participando de filas como en los siglos anteriores. ¿Acaso les gustaba?
No pretendía que su propia disciplina -la administración digital-, ni la inteligencia artificial, resolvieran los grandes conflictos de la condición humana: las enfermedades, la calvicie (como postulaba Fontanarrosa), el dolor de dientes, el insomnio. Se había resignado a que moriría sin asistir a esos éxitos. Antes llegaría el hombre a Marte que a librarse del mosquito o de las caries. Pero al menos los grandes genios Silicon Valley podrían haber terminado con las filas. La señora alemana no coincidía. Claro, pensaba Juan, no había visto nunca una fila en la Alta Baviera.
Pero el romance llegó a su fin por incompatibilidades relacionadas con que Greta consideraba a Juan inmaduro y distraído. No la escuchaba con la suficiente atención, cambiaba de tema mercurialmente. Al regresar a Buenos Aires, en el free shop, Mirna lo reconoció y le preguntó cómo le había ido con el regalo. Mal, confesó Juan. Fue el comienzo entre los dos.
En las primeras semanas del amor, Mirna lo azuzaba, levemente, por una película o por un bar en boga, a realizar una modesta fila. Juan se negaba. Le explicó sin alharacas su decisión.
“Pero ahora estás conmigo”, replicó Mirna. Juan insistió: si ella quería, podía hacer fila con sus amigas.
Sin embargo, con el correr del mes, Juan no podía desprenderse fácilmente de Mirna, le gustaba y la necesitaba. Y a la vez Mirna no aceptaba el apostolado contra las filas. Pronto esta disonancia ocasionó una socavada tirria. Finalmente, Mirna le asestó un argumento de plomo: para comprarle el rouge a la alemana, Juan sí había hecho fila en el free shop.
Juan se defendió con espontaneidad y energía: jamás.
-Sí -sentenció Mirna-, en la caja: para pagar, por mínima que fuera, hiciste fila. Yo te recomendé ese rouge, yo estaba allí.
Juan no podía rechazar ipso facto la estocada: ¿habría padecido una mínima fila, tres, cuatro personas, para pagar el rouge? Quizá sí. No lo recordaba. No hubiera dejado el producto sólo para evitar una fila de free shop. No era un fanático religioso: sólo un hombre inconsistente que detestaba las filas.
El comentario se convirtió en un mantra, en la gota que horada la paciencia masculina: por la alemana, hiciste la fila.
En esas circunstancias, llegó un mail, entre comercial y personal, de Greta: la empresa la destinaba a un negocio puntual en Santiago de Chile, pasaría por Buenos Aires, podrían verse, si Juan quería.
Esa misma mujer alemana, con los labios aún embebidos en el rouge regalado, le había impuesto la lejanía, la interrupción del intercambio sensual, por inmaduro, por distraído. Apenas un par de meses más tarde, le escribía como si nunca lo hubiera distanciado, sin aclaraciones ni argumentos. Juan tampoco se los reclamó. Aceptó verla, pero sin precisar fecha ni lugar.
La sola aquiescencia a la propuesta de encuentro de la otrora unilateralmente reacia Gran Dama Rubia de la Alta Baviera, generó en Juan una larvada culpa respecto de Mirna.
Si bien era cierto que Mirna había reducido el romance a la permanente reiteración de la exigencia de que Juan la acompañara en una fila, no obstante Juan podría haber intercalado: Mirá, Mirna, me ha escrito la mujer alemana a la que, originalmente, me recomendaste regalarle ese rouge específico.
Prefería no hacerlo, y sobrellevar en silencio ese incómodo, pero prácticamente inocuo, secreto.
Esa misma mala conciencia, propia de un hombre amable, alterado por hechos nimios, relajó la tenacidad de Juan: qué buen momento, pensó, para concederle a Mirna su interminable afán.
La ocasión fue la exposición en el Museo de Bellas Artes, del gran escultor y compositor de Ópera, Diógenes Estoico -el nombre era real, por muy inverosímil que resultara-, un artista paraguayo que vivía desde siempre en Sumatra, Indonesia, en el sudeste asiático. A Mirna la “fascinaba”.
La fila era de varias cuadras. Hacía un calor pegajoso. Del césped de los parques lindantes acudían mosquitos de distintas especies. Juan notó, al rascarse la cabeza, que se estaba quedando pelado a mayor rapidez de lo habitual, y que le dolían todos los dientes, no la mayoría, como habitualmente.
Los mosquitos lo habían elegido como blanco privilegiado. Quería mirar a su alrededor, pero un sol agresivo lo sancionaba. Delante suyo, le pareció que se adelantaba la muestra. Una escultura. Una mujer alta, rubia, despampanante. Era Greta. ¿Qué hacía allí? Nunca lo supo. Cuando Greta lo saludó, Mirna la reconoció de inmediato. La dedujo primero por el rouge, que ella misma había recomendado, y luego ató cabos, cuando la mujer habló con su acento de Nina Hagen, la cantante alemana de ópera punk.
La apasionada aventura con Mirna terminó tan repentinamente como había comenzado, a cajas destempladas en medio de la fila. Mirna se retiró insultando y gesticulando como una barra brava, ante el silencio estupefacto de Juan. Greta no fue consuelo: también insultada y vilipendiada por Mirna, culpó a Juan, quizás con razón, por el imperdonable episodio. Solo una conclusión favorable lo acompañó: abandonar el flagelo de la fila.



