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Dante Spinetta y un regreso a lo esencial con un disco más íntimo y una reflexión: “El apellido no pesa, me dio alas”

Con más de 35 años de trayectoria y a punto de cumplir 50, Dante Spinetta atraviesa un momento de balance y búsqueda. Referente de la música argentina, pionero en mezclar géneros y construir un lenguaje propio, hoy se permite frenar, mirar hacia atrás y también hacia adentro. Su nuevo álbum, Día 3, aparece como una síntesis de ese recorrido al ser un disco atravesado por lo personal, pero también por una lectura del mundo actual, donde conviven la ansiedad, la desconexión y la necesidad de volver a lo real.

Desde muy chico, pues hijo deLuis “El flaco” Spinetta, creció con los escenarios al alcance de la mano. En 1988, cuando tenía apenas ocho años, ya cantaba “El mono tremendo” junto a Pechugo, una banda armada con dos de sus hermanos y amigos. Ese primer juego ya tenía algo de destino.

Hoy, con más de tres décadas de recorrido, Dante, como eligió nombrarse artísticamente, profundiza ese camino con su último trabajo atravesado por la memoria familiar, la calle porteña y distintos cruces culturales, con colaboraciones que van desde Juanse hasta arreglos orquestales de la Filarmónica de Praga.

Se trata de su octavo álbum solista, después de una etapa clave junto a Emmanuel Horvilleur en Illya Kuryaki and the Valderramas, el dúo que marcó a toda una generación en los ’90 y redefinió el cruce entre funk, hip hop, rap y rock en la escena local. Desde entonces, el artista construyó un universo propio, sin perder ese pulso original, pero llevando su música hacia un terreno cada vez más personal.

Siempre fui músico. Siempre tuve una conexión muy fuerte con el ritmo, que es innegable, y por ahí empezó todo para mí”, dice en conversación con Clarín, ya entrada la tarde, en un clima relajado que lo lleva a repasar su historia.

Dante Spinetta lanzó "Día 3", su octavo disco solista. Foto: Fernando de la Orden

Entre gigantes del rock, nació su pulso rapero

Se formó en silencio, mirando. Dice que era de esos “que aprenden observando y escuchando”.Y cuando llegó su turno de hacer música, “ya entendía un montón de códigos por haber crecido en ese ambiente, dando vueltas en estudios y salas de ensayo”, cuenta.

Esa escena cotidiana incluía cruzarse en el living con íconos del rock argentino como Charly García o Fito Páez, y absorber todo: “Ver cómo manejaban una banda, cómo la armaban, cómo ensayaban, desde dónde arrancaban, cómo resolvían una versión o cambiaban el tiempo de una canción… Hoy, ser productor y tener algo de obsesivo tiene que ver con haber crecido rodeado de esos gigantes, que también eran productores”.

Con apenas 14 años y un llamado previo de su padre, tocó la puerta en la casa de Andrés Calamaro para proponerle producir el primer disco de Illya Kuryaki. “Mi viejo le dijo: ‘Che, va Dante, que quiere hablar con vos’ y yo fui. Me recibió increíble, me habló horas, me tiró un montón de data”.

El plan no se concretó -Calamaro estaba por irse a vivir a España-, pero el encuentro dejó marca que aún hoy recuerda: “Me regaló dos discos clave, uno de Run-D.M.C. y otro de LL Cool J (ambos de rap estadounidense). Me volví a mi casa con eso y me explotó la cabeza. Fue un empujoncito, como tener un secreto que me hizo querer ser más rapero que nunca”.

Ese aprendizaje también convivía con una cara menos visible. En los ’90, cuenta, el panorama para el rock nacional era inestable, con excepción de Charly que tenía otra llegada, y eso se sentía en casa. “No nos faltó la comida, pero había momentos en los que había que ajustar mucho”, recuerda.

Dante Spinetta confiesa que mucho de la crianza de su padre, Luis Alberto Spinetta, lo aplica hoy con sus hijos. Foto: Archivo Clarín/ Martín Bonetto

Los Spinetta vivían como nómades, pasando de etapas más cómodas, como cuando estaban en Castelar, manejaban un Mercedes y colegio privado, a otras más austeras, con escuela pública, sin auto y hasta sin muebles. “Nos mudábamos todo el tiempo. No tuvimos casa propia hasta bastante más adelante”. Mientras tanto, la música de su padre trabajaba sin descanso, sacaba discos todos los años y sostenía la vocación incluso en medio de esa inestabilidad.

De ese cruce entre abundancia artística e inestabilidad material también se fue moldeando su carácter. Más adelante, esa resiliencia le sería propia. “Yo también tuve momentos difíciles. En la época de El apagón (segundo disco como solista en 2007), ningún sello me quería firmar. Pero ya tenía dos bebés y no me alcanzaba la plata. Entonces recuerdo que me puse a hacer radio, DJ sets… lo que fuera para comprar pañales y pagar los jardines”.

Esa voluntad de seguir adelante, afirma, la aprendió de la casa donde creció: “Vi ese esfuerzo desde chico. Entendí que hay momentos en los que sólo queda seguir creyendo en uno. Si tenés un sueño y sabés que podés, hay que darle para adelante”.

Lo vivido, convertido en música

Ese recorrido desemboca hoy en un presente más reflexivo. Día 3 no nació como lo que terminó siendo. “Cuando empecé el disco, iba a ser otro, más funkero. Pero apareció la canción ‘Pensando en ella’ y me abrió otra puerta. Ahí entendí que no era por ahí”. Y entonces, cambio de rumbo: “Arranqué con 13 temas y terminé grabando 26. Después necesité alejarme, no escucharlos por dos meses y volver con la cabeza fría para elegir”.

"Día 3" es el fin de una trilogía que incluye los discos "Mesa dulce" y "Puñal". Foto: Fernando de la Orden

El resultado es un disco de 12 canciones que mezcla lo íntimo con lo colectivo. “Mi manera de trabajar hace que mi vida se transforme en un álbum. Y no puedo dejar de sentir lo que pasa alrededor. Este no es sólo un disco personal; también es un reflejo de lo que observo”. Y describe que su última entrega habla de “la ansiedad, de la soledad, del exceso de información, de cómo los algoritmos nos condicionan. Y de cómo dejamos de mirarnos a los ojos. Cada vez es más difícil conectar de verdad”.

En lo musical, esa búsqueda se traduce en un cruce de géneros que incluyó en el disco que también cuenta de dónde viene. “Me interesó llevarlo al bolero, al tango y al R&B. Son sonidos con los que crecí -mi abuelo cantaba tango todo el día- y que comparten algo: ese dolor cuando el amor duele”. Cuando escucha el resultado, le parece que “quedó muy Buenos Aires”, dice orgulloso.

Y si hay un terreno donde esa exploración se vuelve inevitable, es en lo íntimo. “Las historias de amor y desamor te marcan. El Reset habla de soltar todo, no sólo una relación, sino las ideas, los planes”. Y, otra vez, la vida se cuela en la música: “Mientras hacía el disco me separé, volví y me volví a separar. Es loco cómo la música termina siendo la banda de sonido de lo que te pasa”.

En ese contexto, incluso reivindica la importancia de tener una idea y “darle para adelante, porque es clave que los proyectos tengan personalidad”. Para él, ahí está la diferencia. “Hoy, en la nueva industria, muchos discos pierden personalidad porque hay demasiada gente metida. Se busca que todo sea un hit, pero no hace falta. Lo importante es hacer un buen disco. Algo real, hecho con amor. Porque si no, te quedás sin nada: ni hit… ni disco”.

El orgullo de ser un Spinetta

Reflexivo. Dante Spinetta resalta los fuertes valores familiares. Foto: Fernando de la Orden

Cuando habla de su identidad, no esquiva el apellido, pero lo resignifica. “Para mí, ser un Spinetta es un orgullo en todo sentido. Vengo de una familia con valores muy fuertes y crecí rodeado de música, viendo a mi viejo componer, con acceso a un mundo que me formó. Por eso estoy profundamente agradecido. A veces me preguntan si el apellido pesa, y yo siento todo lo contrario: es lo que me dio alas. Es un plus enorme, una herencia que valoro y que me impulsa”.

Esa herencia también se traduce en lo que transmite a sus dos hijos, quienes ya son mayores de edad: “Intento enseñarles a confiar en sus decisiones, a actuar desde el corazón”.

Y cuando la charla se vuelve más íntima, la figura de su padre aparece desde una escena que él mismo imagina. “Si pudiera volver a zapar con él, nos colgaríamos las guitarras con distorsión y tocaríamos Hendrix”. No hace falta mucho más. “Aunque siento que está presente con mi mamá como ángeles guardianes, le hablaría de la familia, de mis hijos, de sus nietos y que los extraño mucho. Al final, todo vuelve a eso”.

Después de décadas de recorrido, hay algo de ese pequeño Dante que cantaba El mono tremendo que no cambió. Él mismo lo resume que “ese cosquilleo de nervios antes de salir a tocar o de sacar un disco sigue intacto”.

Y mientras procesa su carrera, ya planea sacar el disco del estudio y llevarlo al escenario. Tiene ganas de exteriorizarlo. “Me muero de ganas de salir a tocar, es lo que más quiero: subirme al escenario con la banda. Además, son los mismos pibes que grabaron el disco, así que va a sonar re picante”.

La energía no queda sólo en la intención. La gira ya está en marcha. “Estamos armando algo fuerte para julio: vamos a estar en Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Santa Fe, Rosario, y también en Chile, Perú, Colombia, México, España y quizás los Estados Unidos”. Un cierre que, en realidad, suena más a punto de partida.

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