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Las confesiones de Martín, el eliminado de Gran Hermano que hizo llorar desconsoladamente a la ex vedette Yanina Zilli: “Es una mujer hermosa, me partió verla así”

Las apuestas para la definición de la placa del lunes estaban divididas, no sonaba a resolución cantada entre los tres nominados de Gran hermano (Telefe): muchos iban por la eliminación de La Maciel, que curiosamente fue la primera en zafar, pero de todos modos a los pocos minutos abandonó la casa. Y, luego, en el mano a mano entre dos jugadores de bandos rivales, el público decidió que Nazareno siguiera adentro y que Martín se fuera con su valija de mano, bañado por las lágrimas de la Zilli.

Hubo sorpresa en la casa, porque si bien no era el típico participante picante, explosivo o de mayor exposición, oficiaba de “cerebro” del grupo que venía ganando en las definiciones.

Martín Rodríguez tiene 46 años, un pasado de dolor –murió una hija y él se sobrepuso a un cáncer– y una calma oral que no pinta como pasiva. En charla con Clarín, del otro lado de la línea llega la voz de un tipo sereno. No un sereno de tímido o cortito, sino un sereno reflexivo y analítico que lo lleva a buscar las palabras justas para hacer buen uso del lenguaje.

No está ahí el típico eliminado enojado que se consuela con la gira mediática que se le viene o que sueña con una silla de panelista o un bolo en la temporada de Carlos Paz.

-¿Te sentías el cerebro de tu grupo? Al menos se te veía así.

-No tanto, pero convengamos que Zilli (Yanina, la ex vedette) y Brian (Sarmiento, ex futbolista) son muy efusivos y yo tengo la capacidad de equilibrar estados, de buscar armonía para no descarrilarnos, de escucharnos, de contener. Con ellos y con Zunino (el más joven de la casa) armamos una banda divina, que ahora se desarticuló, pero no se rompió.

-Sí, pero desde el momento en el que pasé por esa puerta empecé a hacer campaña. Quiero volver para el repechaje, pero no por calentura, sino para poder seguir desarrollando mi juego. No nací para abandonar en la vida. Nunca me bajo de nada un escalón antes.

-Siguiendo con tu figura narrativa, ¿alguna vez te cortaron la escalera?

-Varias veces y las peleé lo más que pude. Mirá, una vez, cuando trabajaba en una empresa que prestaba servicio en los shoppings, me calificaron con una marca excepcional: 98 sobre 100, y me premiaron. Y al poquito tiempo me despidieron sin justa razón. Y no me lo banqué. Hice lo que pude, pedí todo tipo de explicaciones, pero no alcanzó. Te peleo todas las que puedo. No tolero la injusticia en nada.

-Siempre fuiste así ¿o se acentuó con los años?

-Siempre y en todo, en lo laboral y en lo personal. En otra época laburaba en otra empresa vendiendo cosas a domicilio. Y yo decía, de diez timbres que toco tengo que meter al menos una venta. Sabía que habría nueve “no”, pero yo tenía que ir por un “sí”.

-¿Y se te daban esos números?

-Casi siempre. Y hubo días de diez “no” y otros de dos “sí”. Pero para eso hay que meter cuerpo y cabeza.

-Eso se empezó a ver de vos varios días después de iniciado el juego, porque al principio estabas como desdibujado.

-Te confieso algo: los primeros cuatro días me preguntaba permanentemente ‘¿Qué hago acá, para qué me metí en esto?’. Y yo sabía para qué: quería probarme, me gustan esos desafíos, pero también soy lento para adaptarme. Me costó arrancar, pero una vez que entendí los pro y contras de esa convivencia masiva, y una vez que empecé a sentir empatía con algunos, le encontré el gustito. En general, lo más lindo suele estar después del dolor, después del desconcierto, después de lo oscuro. Y, salvando las distancias con los dolores verdaderos de la vida, al tiempo de sentirme descolocado empecé a disfrutar. Por eso te digo que me quedé con ganas de volver.

-Cuando Santiago del Moro anunció tu nombre se te vio como en shock. ¿No te la esperabas?

-Siendo dos en el versus imaginaba cualquier cosa. Pero cuando escuché el “Martín” me pasaron tres cosas al mismo tiempo: tardé unos segundos en asumir que se trataba de mí, no me gustó perder y no podía soportar el llanto de la “Tanita” Zilli.

-En “el afuera”, como marca la jerga del programa, se decía que entre vos y Yanina Zilli podía formarse una pareja.

-También, la Tana es bárbara, es bonita, tiene polenta, tiene calle, sabe jugar, no tiene caretas, me gusta. Es una mujer hermosa, me partió verla así, llorando desconsoladamente cuando me fui. Y ayer (por el martes) vi cuando en el confesionario dijo que me amaba. Veremos. Lo que pasa es que una vez dijo que le gustaría estar con un hombre de 55 años para arriba (ella dice que en la casa cumplió los 60 años). Pero acordarte que no me bajo nunca un escalón antes.

-En la final y ganándola. Entre los que están hoy, mi podio se completaría con Manuel y Titi.

Pero no descarta que su nombre se cuele ahí gracias al repechaje. Ya lo dejó en claro: no es de los que bajan una parada antes.

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