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“Y querés viajar con ella…”: la historia de “Suzanne”, el poema de Leonard Cohen que cantó Serrat

Cada 21 de marzo, Día Mundial de la Poesía, invita a lo mismo: volver a una palabra que todavía resiste. Pero a veces la poesía no está en los libros sino en una canción. O, mejor dicho, en una canción que antes fue poema.

Y qué mejor que “Suzanne”, la canción que impulsó, catapultó la obra y el reconocimiento de uno de los artistas más singulares del siglo XX. Poeta antes que cantautor. Mejor: un hombre que hizo de la palabra su único oficio: Leonard Cohen.

Cohen: más que cantar, narraba. Durante años fue más reconocido por sus canciones que por su voz.

Este año, además, se cumplen diez años de su muerte y sesenta de aquella primera aparición de “Suzanne”. Ese origen cabe en pocas cosas que contienen todo: una mujer medio loca, el río, los harapos del Ejército de Salvación como un vestido, un té con pedacitos de naranja. Y con eso, Cohen armó un mundo.

El poema antes que la canción: cómo nació “Suzanne” en los libros

La canción es, en cierto sentido, la revancha de la poesía. La vuelve inmensamente popular. Y pocas historias lo ilustran mejor que esta.

Porque “Suzanne” nació como poema.

Cohen sostenía el mismo pulso que en sus poemas: imágenes simples, una cadencia hipnótica y una forma única de decir.

A mediados de los 60, Cohen ya había publicado novelas y libros de poesía. Estaba lejos de ser un compositor. Pero sí era un escritor que pensaba en imágenes, en ritmo, en tono.

Un poeta capaz de mezclar lo sagrado y lo profano con naturalidad, como si no hubiera frontera entre ambos. Una fascinación laica por las melodías cristianas y judías que, con los años, decantaría en joyas como “Hallelujah” o “You Want It Darker”.

El texto apareció primero en Parasites of Heaven y empezó a circular como una pieza distinta: íntima, visual, con pulso de cine, que después marcaría toda su obra.

La historia real detrás de Suzanne Verdal, la mujer que inspiró la letra

Sí, Suzanne existió. Y no.

Se llamaba Suzanne Verdal, pareja de un amigo cercano de Cohen, el escultor Armand Vaillancourt. Vivía cerca del río San Lorenzo, en Montreal.

“Me servía un té con pedacitos de naranja”, recordó Cohen en el libro de entrevistas Cohen por Cohen. De ahí salió uno de los versos más reconocibles de la música popular.

Pero como en toda su obra, la realidad es apenas una chispa. O una llama, para decirlo en sus propios términos.

“La gente se desprende de las canciones”, decía. “Te dan una semilla. Después, la canción toma otro camino”.

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Esa mujer. Y el río. Y el té con naranjas.

La Suzanne de la letra es también el paisaje: el puerto, los barcos, la iglesia de los marineros. Una forma de ver e iniciación a una discografía asombrosa.

Cohen trabajaba así: juntaba imágenes hasta que algo revelaba sentido. Como en ese otro verso suyo —una grieta en todo, por donde entra la luz—, acá también hay una revelación, pero más íntima y silenciosa.

Y entonces aparece ese verso:

“Y querés viajar con ella

y querés viajar a ciegas…”

Judy Collins y la versión que llegó antes que la de Cohen

El mundo escuchó “Suzanne” antes en otra voz: en 1966, Judy Collins la grabó en su disco In My Life. Esa versión llamó la atención del ambiente musical y dejó a Cohen en el mapa del mundo musical.

Recién después llegaría su propia grabación, en Songs of Leonard Cohen (1967), su disco debut. “Suzanne” sería su carta de presentación y uno de sus primeros grandes clásicos, junto a “So Long, Marianne”, “Sisters of Mercy” y “Hey, That’s No Way to Say Goodbye”.

Durante años, Cohen fue más reconocido como compositor que como intérprete. Su voz —de terciopelo y papel de lija al mismo tiempo, de un sótano donde uno se refugia— no busca imponerse. Narra.

De Cohen a Serrat: cómo la canción cruzó idiomas y se expandió

La canción encontraría nueva vida con Joan Manuel Serrat que versionó “Suzanne” en catalán en 1996, dentro del álbum Banda sonora d’un temps, d’un país.

Un proyecto donde Serrat volvió sobre canciones que lo marcaron —propias y ajenas—, ligadas a la memoria, la identidad y una idea de resistencia cultural.

No es solo una traducción: es una lectura.

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Serrat ordena lo que en Cohen es deriva, acerca lo que en el original es misterio. Pero la canción resiste esa operación.

Porque su núcleo —esa mezcla de deseo, misticismo y escena cotidiana— permanece intacto.

Un poema que se volvió canción: té y naranjas que vienen desde China

Suzanne te lleva a un lugar junto al río

Puedes oír pasar los barcos

Y sabes que está medio loca

Pero por eso quieres estar ahí

Serrat en escena: su versión de “Suzanne” —en catalán— volvió más cercana una canción nacida del otro lado del río.

Y te da té y naranjas que vienen desde China

Y justo cuando quieres decirle que no tienes amor para darle

Ella te mete en su clima

Y deja que el río responda

La poesía, todavía

Este año se cumplen diez años de la muerte de Cohen. Y de “Suzanne”, casi sesenta.

Pero las fechas dicen poco frente a lo que la canción sigue logrando.

Porque lo que hay en “Suzanne” no es solo historia o melodía. Es una forma de mirar. Esa capacidad —tan suya— de reunir cosas que antes no estaban juntas y hacerlas vibrar.

El Indio Solari escribió que Cohen le reveló “una belleza desconocida” y lo llevó hacia un lugar al que no iba.

“Cuando un grupo de palabras alcanza una resonancia, es porque hay una verdad ahí”, dijo Leonard Cohen.

A eso llamamos poesía. Y a veces, también, una canción.

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