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La nueva historia de Marcelo Birmajer: Ragú Taburete, detective primario, parte 5 y última

El caso de la figurita falsificada

Resumen del episodio anterior: El único sospechoso de falsificar la figurita más difícil es el propio jugador: Joaquín El Cuate Verdú. Ragú Taburete viaja a Villa Pereza para conferenciar.

La llegada de un niño a caballo, en Villa Pereza, la localidad de la pampa bonaerense, no llamó más la atención que de haber aparecido el mismo niño a pie, como ya hubiera ocurrido en el colegio Cornelio Saavedra, cuando cabalgando de noche ingresó Ragú Taburete montado en su fiel Corcován, matungo rescatado de un sulky de la puerta del zoológico de Plaza Italia, carruaje en el que era maltratado por la esposa del cochero. Ahora niño y caballo campeaban por sus fueros en aquella llanura poco poblada, apacible, quizás con algo de olvidada. Era mediodía.

Los tamberos hacían literalmente su agosto. Los peones azuzaban al manso ganado. Los niños correteaban del colegio a la casa del almuerzo, o desenvolvían sus viandas los que comían en el comedor de la jornada completa, o recibían el plato de fideos los que confiaban en la cocina de la cooperadora. Terminado el campeonato -con la magra cosecha futbolística de aquel año-, el Cuate Verdú oteaba el triste horizonte luminoso del día vacío, sentado en un banquito de madera de tres patas, cebándose un mate desganado y frío. Ocioso. A su alrededor el campo parecía desmoronarse.

Ragú Taburete bajó del caballo y saludó a la manera gauchesca:

-Ansina la nueva.

-Serán dadas -replicó siguiendo el rito, Verdú-.

Ragú Taburete fue directo al punto. La crisis del mercado de figuritas no admitía prolegómenos ni dilaciones.

-La sospecha es que usted, apreciado cuate, es el falsificador de la figurita difícil. ¿Fotos carnet? ¿Una plancha de veinticinco? Con una falsificada hubiera alcanzado.

-Soy zaguero -explicó al Cuate, quitándose la bombilla de ese mate ya gastado de la boca, sin atinar a defenderse, paradójicamente-. No falsificador. No lo hubiera intentado de saber que me investigaría Ragú Taburete.

El niño detective apagó como pudo el rubor de presunción que le subió por las mejillas al escucharse así elogiado. También calmó con una leve caricia en los morros un relincho inquieto de Corcován.

-No quería que se me recordara por los tiempos de los tiempos como el maleta que fue figurita difícil. El jugador desastroso, el gran perdedor, en ridículo y acartonado, en millones de álbumes, completos o incompletos, hazmerreír de la posteridad. No. No quería.

-Lo entiendo perfectamente -replicó Ragú Taburete-. No sé resolver una ecuación. No entiendo química. No logré completar mi tarea de Trabajos Plásticos. También en la clase de francés leo el Patoruzú de Oro, porque nada entiendo. Pero esto que usted me cuenta, señor Cuate Verdú, eso sí lo entiendo.

Una mueca de alivio pareció cruzar el rostro derrotado del zaguero de Sportivo Sucursales.

-Pero hay cosas más importantes que su recuerdo, señor Cuate, y que mi escolaridad. No es admisible un mundo sin figuritas. La guerra, la maldad, el canibalismo… podrían desatarse, incontrolados, si no regresan el punto, la tapadita, el espejito… El intercambio. El premio de Tiki Taka, Zizi poing y Chocolandia, a cambio de un álbum lleno. O la ilusión pendiente del álbum incompleto.

El Cuate Verdú observó a Ragú Taburete, convencido pero indeciso a la vez.

Ragú Taburete, de común parco, supo que debía esforzarse hasta el extremo de su capacidad de transmisión. No poseía las artes de la telepatía, como Tomás; ni lo asistía una cultura tres veces milenaria, como a Lin Pía; ni los probables poderes del Más Allá de Estefanía. Pero era Ragú Taburete, nacido en la pobreza y convertido por sus propios medios en detective primario.

-Señor Cuate -lo convocó-, no tengo manera de eliminar del rumor del alumnado su caricatura cuando, pasados los meses, se lo recuerde a usted como figurita difícil y frustrado defensor. Es cierto. Así se hablará del Cuate Verdú: se comió siete goles, se llevó el equipo a la B; fue la figurita difícil. Si retorna la normalidad, ese será su lugar en la Historia. Pero eso ocurrirá de todos modos. Usted puede impedir que sigamos intercambiando figuritas. Pero no conseguirá que se borre lo ya ocurrido…

-Sin embargo -siguió Ragú Taburete-, si usted me colabora en retirar del mercado las falsificadas, y me ayuda, por medio del periodista Berni Danguto del diario La Mañana, a tranquilizar a los usuarios respecto a que ya no hay peligro de impostura… Usted y yo sabremos, señor Cuate Verdú, que usted salvó al alumnado argentino de la mayor ola de aburrimiento que lo haya amenazado nunca. Y ese conocimiento, no lo dude, señor Cuate Verdú, también constará en las grandes ligas del tiempo. No será un rumor, no será leyenda, quizás lo sepamos sólo usted y yo. Pero será verdad.

Por primera vez desde que había comenzado aquel penoso trance, el Cuate Verdú se puso de pie, dispuesto a manufacturarse un mate nuevo. No sin antes darle la mano, en señal de acuerdo, a Ragú Taburete.

Así terminó el caso de la figurita falsificada.

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