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El Ballet del Colón comenzó su temporada con El lago de los cisnes: un clásico que siempre tiene algo nuevo para revelarnos

El Ballet del Colón, que dirige Julio Bocca, inició su temporada con El lago de los cisnes, originalmente creado por Marius Petipa y Lev Ivanov y estrenado en San Petersburgo en 1895. La versión actual fue creada por Raúl Candal, primer bailarín del Teatro Colón entre 1973 y 1994.

¿Qué más se podría decir de El lago de los cisnes que no se haya dicho ya, o que no se haya escrito? Sin ir más lejos, el gran coreógrafo ruso-estadounidense George Balanchine, en su libro 101 Stories of the Great Ballets, dedicó trece páginas a esta obra.

Sin duda, como todos los grandes clásicos de la literatura, el cine o el teatro, también Lago… (como se lo llama en el mundo del ballet), puede revelarnos aspectos que quizás antes habíamos pasado por alto cada vez que volvemos a verla.

Esto, por supuesto, solo puede ocurrir si la versión, entre la infinidad de puestas en escena que existen, reúne todo lo necesario para que el espectáculo se despliegue en todo su esplendor y en todo su misterio; ambas cosas.

Y es lo que efectivamente ocurre en la puesta en escena coreográfica de Raúl Candal. Con un gran respeto por el legado original y por los elementos fundamentales de cada escena y de cada situación, introdujo algunos cortes y unió los que tradicionalmente eran cuatro actos; es decir el primer acto en continuidad con el segundo, y el tercero con el cuarto (es cierto, sin embargo, que esta última sección del ballet, donde culmina la tragedia de los amantes, quedó un poco comprimida).

Como fuera, este es un espléndido Lago… y puede entenderse como el resultado de algo que no siempre es tan visible. Es decir, no sólo el gran trabajo de Raúl Candal, sino otros elementos para tener en cuenta: todo el dinero del mundo no serviría para montar esta obra si no existiera una gran compañía, un gran teatro y una gran tradición. Todas esas cosas que no pueden inventarse de un día para el otro.

Una historia universal

"El lago de los cisnes" se ve en el Colón, en la versión de Raúl Candal. Foto: Carlos Villamayor

Vayamos al argumento de El lago de los cisnes: el joven príncipe Sigfrido, que ha alcanzado la mayoría de edad, celebra su cumpleaños. Lo festeja acompañado, entre otros invitados, por su amigo Benno y por su viejo tutor -el siempre fantástico Julián Galván en los roles de carácter-. La reina madre le regala una ballesta para sus incursiones de caza y le pide -con una complicada serie de gestos pantomímicos- que siente cabeza y elija esposa.

Un pequeño desvío: los gestos pantomímicos para ilustrar una determinada situación de un ballet, fueron codificados a lo largo del siglo XIX y los balletómanos solían estudiarlos para comprender su significado.

En la partida de caza, Sigfrido descubre a un cisne, en el momento en que transitoriamente recobra su forma humana, y que ha sido el efecto de un hechizo del malvado brujo Von Rothbart.

Amor fulminante entre ambos y promesa de amor eterno y de fidelidad por parte de Sigfrido, única manera de que se quiebre el hechizo.

Fiesta en el palacio: la reina madre ha invitado a princesas de países lejanos para que su hijo elija esposa. Pero aparece Von Rothbart con su propia hija Odile, tan maléfica como su padre, y a la que Rothbart le dio la apariencia de Odette. Así engañado, el príncipe reitera su juramento y desencadena la tragedia: su amada ya no recuperará la forma humana.

En la última escena, los amantes se arrojan al lago, pero se reencuentran en el más allá.

En "El lago de los cisnes" se luce el Ballet del Colón. Foto: Carlos Villamayor

Qué hizo cada uno de los creadores

Muchas veces se han comentado las diferencias entre los actos creados por Petipa y los creados por Ivanov; las escenas coloridas y plenas de variaciones de danza brillantes son de la autoría de Petipa; los actos más líricos y espirituales, de Ivanov.

Así, las escenas del cumpleaños de Sigfrido y de la fiesta en el palacio tienen todo ese precioso despliegue coreográfico, esos divertissments que tanto amaba Petipa, interpretados estupendamente por primeros bailarines y por bailarines solistas de la compañía. Es una pena no poder nombrarlos uno por uno.

Y en cuanto a los protagonistas, en la función de estreno Ayelén Sánchez hizo el doble rol de Odile-Odette y el artista invitado Emmanuel Vázquez, Sigfrido. David Juárez interpretó al siniestro Von Rothbart.

Volviendo a Balanchine, él decía que triunfar en el complejo rol femenino de El lago de los cisnes es como para un actor triunfar en una obra de Shakesperare.

Odile y Odette son personajes difíciles, llenos de matices, muy diferentes entre ellos y que se encarnan en una única intérprete. Ayelén Sánchez es una excelente bailarina, pero quizás le faltó un plus de emoción en el sublime segundo acto, cuando es descubierta por Sigfrido hacia quien inicialmente siente terror. Su Odile en cambio fue mucho más lograda y el regreso a Odette en la última parte, más aún.

"El lago de los cisnes", un clásico de la danza al que el Ballet del Colón le dio una nueva lectura. Foto: Carlos Villamayor

Emmanuel Vázquez hizo un muy convincente Sigfrido, debatido entre sentimientos confusos; lo mismo que el Von Rothbart de David Juárez. Excelentes el vestuario de Aníbal Lápiz, la escenografía de Christian Prego y el diseño de luces de Rubén Conde. La australiana Nicolette Fraillon estuvo al frente de la Orquesta Estable del Teatro Colón para dirigir la bellísima partitura de P.P. Tchaikovski.

Ficha

El lago de los cisnes

Calificación: Excelente

Compañía: Ballet del Colón Director: Julio Bocca Coreografía: Raúl Candal sobre el original de Petipa e Ivanov Sala: Teatro Colón, Libertad 621, CABA Funciones: hasta el 22 de marzo.

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