Entretenimiento

Gilberto Gil: el muchacho tropicalista se despidió para siempre de los escenarios argentinos

No hubo un solo momento de las dos horas y media de Gilberto Gil en el Movistar Arena porteño en que se haya ido de Brasil. Ni cuando habló del Festac, el mayor festival de arte negro de la historia, celebrado en Lagos (NIgeria) en 1977 y donde se codeó con el prócer musical de aquel país, Fela Kuti, Stevie Wonder y una “adherente informal” (sic) argentina que no nombra, pero fue la Negra Sosa.

Ni cuando armó un set de cuatro temas de reggae, incluida su versión de No Woman No Cry de Bob Marley (Nao Chore Mais), porque es un género que ama desde que lo conoció en su exilio británico de principios de los ‘70 y lo llevó años más tarde a moverse hasta Jamaica a grabar con los Wailers, la banda del propio (y ya fallecido) Bob Marley.

Ni cuando se despide para siempre del público local con su clásico Toda Menina Baiana para demostrar que el tropicalismo que fundaron con Caetano Veloso, Tom Ze, Os Mutantes y Gal Costa a mediados de los ‘60 -la sobreimpresión de la modernidad, incluso la “extranjerizante” de The Beatles, el cine de autor del mundo y la arquitectura de Oscar Niemeyer diseñando Brasilia sobre la rica tradición de Brasil- es una revolución permanente. Una gesta estética, que sólo se hace polémica por añadidura, y poética por el talento acumulado. Zumbona, pícara y pegadiza, desafía y contagia, aunque esta vez se trate de un adiós.

Gilberto Gil vive en Brasil, de Brasil, y Brasil vive de él. Difícil creer que él se autoperciba como patriota, no hay arengas alrededor de un show que se propuso ser de antemano el último que brindará en la Argentina. Porque a los 83 años, la misma edad que hoy acusa un Mick Jagger, decidió que es la hora de parar, de seguir haciendo música en otros términos, aunque todavía se le siga dando tan bien como un poco menos de diez mil personas atestiguaron el miércoles a la noche.

Elegante camisa clara con motivos de palmeras, pantalón de lino granate y calzado cómodo. Barba canosa y la sensación de que los tres sacos que usó en otros tantos casamientos todavía le deben quedar pintados.

El ex detenido por la dictadura militar brasileña, el ex exiliado europeo, el ex Ministro de Cultura de su país está a pocos conciertos de ser un ex ejecutante de música en vivo. Una pena, por lo oído y visto al frente de una banda multirracial de 14 músicos y músicas, entre los que cuentan cuatro de sus ocho hijos.

Las pantallas verticales, en formato símil IMAX, flanquearon un fondo de pantalla con proyecciones que fueron de lo sublime a lo cursi, de lo lúdico a lo testimonial. Por sobre la cabeza de los músicos, una pantalla en forma de cinta caracol también dejó proyectar imágenes y palabras.

En el primer cuarto de show, Chico Buarque deja sus saludos grabados y pone el contexto de la próxima canción, Cálice, una de las obras más emblemáticas de la música popular brasileña contra su dictadura- Co-escrita por Buarque y Gil, es un prodigio de creatividad antes que una queja solemne, de la misma manera que El agente secreto, la película de Kleber Mendonça Filho que el domingo competirá por los Oscar y que se puede ver a pocas estaciones de subte B del Movistar Arena, es más un manifiesto sobre la memoria y el tiempo que otro recordatorio de la sombra militar.

En un concierto que fue desperezándose de a poco, tuvo en su último tercio lo más destacado, donde fascinó con un set acústico donde Esotérico resultó la joya de la corona. Un clásico con cadencia reggae, con las coristas acompañando al frente, arreglos de viento a lo Van Morrison y su oximoron interpretativo en la guitarra: disonancias suaves y progresiones complejas.

En un tramo final y más rítmico, Expresso 2222 traza el viaje transatlántico entre África y Brasil, con esas guitarras que maridan con el estilo High Life nigeriano, a la que les pegó Andar com Fé y su gloriosa samba/bossa Aquele Abraço, una página de 1969 que hacen bailar a todo el estadio.

En algún momento del tema final, dijimos que Toda Menina…, Gilberto Gil se fue perdiendo por el costado derecho del escenario, como aquellos que se escabullen de una fiesta para no molestar ni tener que saludar a todos. Se fue, acaso, a estar con él mismo, en ese Brasil donde vive y no puede ni quiere soltar. En los camarines, se saludó con Charly García, un fanático más del brasileño.

Related Articles

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back to top button